• 21-nov-2019

El individuo y la sociedad

Se tiende a contrastar los valores del individuo con los que son propios de la colectividad, ya que a menudo surge incompatibilidad entre derechos e intereses de uno y de otra. Con frecuencia esta oposición lleva a suponer como contrarios, y aun como antagónicos, los conceptos de individuo y sociedad. Tal apreciación distorsiona la percepción de nuestra propia naturaleza humana: ni es posible la existencia plena del individuo en solitud, ni las sociedades humanas dejan de estar formadas por individuos que encuentran en ellas la posibilidad de alcanzar sus más altas aspiraciones propias. El aforismo aristotélico “el hombre es un animal político” responde de la manera más precisa a nuestra condición: la vida humana está inexorablemente unida a un nicho social, y nuestra capacidad transformadora individual tiende a modificar permanentemente ese nicho en busca de nuestra máxima realización.
Es necesario reflexionar que la conformación de nuestra especie es producto de la vida social. Los antecesores homínidos ya eran grupales, y el grupo fue condición indispensable para la evolución que nos hizo como somos. La relación con los semejantes, la comunicación necesaria para ordenar y dirigir la acción colectiva, el valor que se dio a cada uno de los miembros para la obtención de los recursos de subsistencia y para la defensa común, los mecanismos de memorización colectiva y el paulatino perfeccionamiento de técnicas para la obtención de alimentos, junto a muchísimos otros factores, fueron modelando nuestra transformación anatómica y fisiológica, permitiendo con ella los cambios requeridos en la formación del sistema mental específico. Esto hubiera sido imposible en la soledad individual. La vida grupal misma fue transformándose, y en el proceso intervinieron de manera cada vez más decidida –y con mayor velocidad– las facultades mentales alcanzadas por la especie. Así, la voluntad de satisfacción de las aspiraciones comunales e individuales han modelado permanentemente las formas de vida social, convirtiendo la historia universal en un continuo experimento de adecuación entre el individuo y su colectividad.


Tomado de Alfredo López Austin, Arqueología Mexicana, especial 68, La cosmovisión de la tradición mesoamericana.

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