• 7-ago-2020

El juego de pelota en el septentrión mesoamericano

Marie-Areti Hers

En vista de la inmensidad y de la diversidad geográfica que cubrió dicho septentrión, no podríamos dar testimonio en este corto espacio de la presencia del juego de pelota en cada una de las múltiples culturas. Para apreciar dicha diversidad, daremos solamente algunos ejemplos de sitios abiertos al público, antes de detenernos en la parte más al norte de ese vasto espacio.

 

Al recorrer los sitios de Ranas y Toluquilla en la abrupta Sierra Gorda de Querétaro, el visitante puede apreciar con claridad la relevancia del juego de pelota en la planeación de tales asentamientos. En un relieve sumamente accidentado, las construcciones se distribuyen a lo largo de las estrechas crestas que tuvieron que ser aplanadas con una sucesión de terrazas. Gran parte de esos espacios ganados con tantos esfuerzos fueron dedicados a las diversas actividades que giraban alrededor del juego: las numerosas canchas, los temazcales y también las grandes salas para las reuniones asociadas a dicha práctica. Los mismos templos levantados sobre basamentos piramidales se integran plenamente a las canchas, sirviendo de cabecera. Al recorrer esos bellos lugares, el visitante puede percibir la importancia capital que tuvieron los encuentros alrededor del juego de pelota, en todos los aspectos de la vida de esa región, cuya economía estaba marcada por la explotación de las minas de cinabrio. A menudo, una espesa neblina envuelve esas zonas arqueológicas y recuerda al visitante que la región está íntimamente ligada con el Golfo: de ahí llegan las nubes dadoras de vida, y su arquitectura ceremonial atestigua los estrechos lazos que los pobladores tenían con los pueblos del oriente.

 

Plazuelas, Guanajuato

Cientos de kilómetros al oeste, en el Bajío, en la proximidad de la ciudad actual de Pénjamo, el visitante puede recorrer el sitio de Plazuelas y detenerse en su museo local. El asentamiento está dividido en varios conjuntos separados entre sí por barrancas. En ellos se puede apreciar una arquitectura singular heredada de dos tradiciones muy distintas: la de los patios hundidos cuadrangulares del Bajío, que caracterizó el centro norte, y los llamados guachimontones de planta anular, originarios del Occidente. La convivencia de esas tradiciones ha sido interpretada como el fruto de una marcada diversidad étnica en la conformación del asentamiento y, por ende, la arqueología de ese lugar puede aportar mucho para entender la complejidad de la historia antigua del Bajío, que estuvo densamente poblado durante el Epiclásico. Por ahora los trabajos de exploración y consolidación se han centrado en el conjunto central, conocido localmente como las Casas Tapadas.

El asentamiento contaba con dos canchas de juego de pelota, orientadas de norte a sur, con una planta en I delimitada por banquetas laterales de dos cuerpos, cuya elevación varía entre 1.8 y 2.5 m de alto. Una de estas canchas se encuentra en una zona habitacional por explorar y está afuera de la parte accesible al público; su área de juego mide 50 m de largo por 10 de ancho. La otra, algo mayor (63 por 15 m), forma parte del conjunto abierto al público. Está unida por una calzada al espacio ceremonial de las Casas Tapadas. Entre los escombros de la construcción se recuperaron diversos fragmentos de esculturas en piedra, entre los cuales destaca lo que habría sido uno de los marcadores, en el que se ve la cabeza emplumada de un animal híbrido que ha sido identificado como lagarto-serpiente. No lejos de ahí se observa una pequeña habitación con drenaje que podría haber sido un temazcal.

Lo llamativo del lugar es que los constructores del centro ceremonial no solamente modificaron las formas de los edificios a lo largo de la historia del sitio, sino que plasmaron sus ideas sobre el noble arte de la arquitectura en cientos de piedras grabadas. Aprovechando los afloramientos rocosos que rodean las Casas Tapadas, en alto y bajorrelieve, se representaron múltiples formas arquitectónicas propias de las dos tradiciones presentes en Plazuelas. Estos grabados podrían referirse en algunos casos a lugares concretos con los cuales los pobladores de Plazuelas mantenían contacto. Por ahora, la primera de esas maquetas que ha podido ser identificada es precisamente la que ofrece una fiel imagen de una de las fases constructivas de las Casas Tapadas. Por la presencia reiterada de canchas de juego de pelota en estas representaciones arquitectónicas, es legítimo suponer que el juego tuvo relevancia en la vida de los pobladores de Plazuelas pero también de toda la comarca. Tal fue el caso, por ejemplo, del cercano sitio de Zaragoza, en el municipio de La Piedad, Michoacán, también abierto al público, que cuenta con una cancha similar a la de Plazuelas y donde, entre muchos grabados rupestres, destaca un grabado que parece representar el plano del centro ceremonial del lugar.

 

Marie-Areti Hers. Investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Especialista en el septentrión mesoamericano, realiza trabajos arqueológicos y sobre arte rupestre en el marco de diversos proyectos interdisciplinarios.

 

Hers, Marie-Areti, “El juego de pelota en el  septentrión mesoamericano”, Arqueología Mexicana núm. 146, pp. 70-75.

 

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