• jueves, 23 de mayo de 2019

III. Historia de la Arqueología en México. La época de los viajeros (1804-1880). El registro de las antigüedades

José Alcina Franch

Así como a lo largo del periodo anterior el descubrimiento del pasado precolombino contribuye a la configuración de la identidad de la aún no nacida nación mexicana, a partir del siglo XIX México se transformó en un nuevo territorio que, ignorado hasta entonces por casi todos los europeos, descorre sus velos de misterio ante la mirada curiosa de los intelectuales del viejo continente. El exotismo y el misterio del Oriente, que se habían abierto con la expedición napoleónica a Egipto, se dirigió entonces hacia esa América, tan fielmente cerrada tras las celosías levantadas por España frente a las grandes potencias de su tiempo. Por ello es imposible desconocer la importancia de la ideología de la Ilustración que inundó con su espíritu renovador y modernizador no sólo la España borbónica, sino también toda la América aún ligada a la metrópoli. La consecuencia inmediata fue la llegada de “viajeros” y curiosos a todo el continente, pero de un modo especial a lo que todavía se conocía con el nombre de Nueva España.

Humboldt y Dupaix

Alejandro de Humboldt representa sin duda el paradigma del viajero científico del siglo XIX. Este sabio alemán, que había viajado a Sudamérica por puro azar, vino a residir durante un año a la Nueva España, también por razones muy circunstanciales. Considerado el “padre fundador de la antropología y la arqueología americanistas”, supo en el escaso tiempo que residió en México recoger un apreciable cúmulo de información acerca de las antigüedades del país. Así, en su famoso y monumental libro de 1810, Vues des cordilleres et monuments des peuples indigènes de l'Amérique, reprodujo dibujos de algunas de las más bellas esculturas mayas y aztecas y varios planos de las ruinas ele Mitla, Cholula y Xochicalco. Entre las piezas reproducidas en su libro destaca el “busto de una sacerdotisa azteca”, que pertenecía a la colección personal de su amigo Guillermo Dupaix, sin duda el primer viajero-arqueólogo del México decimonónico. La figura de Guillermo Dupaix -capitán de dragones de la guarnición de México y originario de Luxemburgo, aunque se hallaba al servicio de la corona española desde hacía mucho tiempo- es la de un hombre de amplia cultura, interesado por las antigüedades del país en el que hiciera su carrera militar y que, por eso, aun antes de sus famosas tres expediciones a los antiguos monumentos de la Nueva España (1805-1808) ya había iniciado su colección arqueológica. Su fama como “conocedor” de las antigüedades mexicanas y sus muchas amistades en los medios intelectuales de la capital fueron, sin duda, algunas ele las razones por las que Carlos IV le encomendó la dirección de aquellas expediciones.

Los viajes de Dupaix por México crearon un modelo que se repitió en numerosas ocasiones: un “arqueólogo” y un “dibujante” viajando juntos por una región más o menos extensa en busca de ruinas arqueológicas. Mientras el primero describe las antigüedades descubiertas y reflexiona sobre ellas, el segundo dibuja esculturas y relieves o levanta planos de edificios conforme avanzan en su ruta. El dibujante compañero de Dupaix fue Luciano Castañeda, pensionado de la Real Academia y profesor de dibujo y arquitectura, quien a sus 31 años era, seguramente, uno de los mejores dibujantes de que podía disponer Dupaix para sus expediciones. Aunque su trabajo no era de una gran calidad artística, supo reproducir con ingenuidad y precisión las múltiples cerámicas, esculturas y relieves que su compañero le proporcionaba.

Estos viajes incluyeron estancias más o menos prolongadas en lugares como Tehuacán, Cholula, Xochicalco, Monte Albán, Mitla, Zaachila, Ocosingo, Palenque, Alvarado, entre otros. La obra resultante mereció numerosas ediciones: la primera en la monumental obra de Lord Kingsborough (Londres, 1831) y poco después en Antiquités mexicaines, del abate JT. Baradere (París, 1834 y 1844). En ambas ediciones, los dibujos de Castañeda fueron reelaborados por artistas de gran categoría académica pero de escasos conocimientos en la arqueología de la región.

Sin embargo, fue hasta 1969 cuando se publicó por primera vez el texto definitivo de la relación de Dupaix con los dibujos originales de Castañeda (ms. de 1820), en una edición preparada por el autor de estas líneas (Editorial Porrúa Turanzas, Madrid, 1969). De la obra de Dupaix puede decirse que es, junto con la de Antonio de León y Gama, el primer intento que conocemos de arqueología científica en México.

Palenque desde Europa

Al parecer, todos o parte de los documentos de Dupaix que estuvieron algún tiempo en el Palacio de Minería, institución fundada y dirigida por Faustino de Elhúyar -albacea y heredero de Dupaix y quien murió en 1817-, pasaron finalmente, tras la Independencia, al Musco de la Federación Mexicana, primer antecesor del actual Museo Nacional de Antropología. Por aquellos años, en los medios intelectuales de Europa se había popularizado de tal manera el nombre de Palenque, que esta ciudad resultaba ser más sensacional que las ruinas arqueológicas de Egipto. La publicación del informe de Antonio del Río, en 1822 y, posiblemente, de los dibujos de Castañeda en la edición de Londres de 1823, así como el libro de Humboldt de 1810, hicieron que la Sociedad de Geografía de París convocara en 1825 a un premio para el viajero que presentara documentos auténticos sobre la existencia de Palenque. Es probable que ésta fuera la causa principal del viaje del abate Baradere a México en 1828, donde obtuvo el permiso para hacer todo tipo de investigaciones y para retener la mitad de la colección de objetos arqueológicos que reuniera, dejando la otra mitad en el recién fundado museo. Fue así como, finalmente, la colección de dibujos de Castañeda y una copia del texto de los relatos de Dupaix llegaron a París, donde se publicaron entre 1834 y 1844.

En el contexto del mitificado esplendor de la ciudad de Palenque, y en general de las ruinas mayas, en los medios intelectuales de Londres y París de esos años hubo una figura que brilló como una luminaria con valor propio. Se trata del pintor Jean Frédéric de Waldeck, de vida tan extensa como extravagante, quien preparó todos o parte de los dibujos de Palenque de la colección Latour-Ailard y de la edición de 1827, y del que se publicó poco después un notable Viaje a Yucatán (París, 1838). Desde entonces, su interés por el arte maya fue en aumento hasta culminar en las ilustraciones realizadas para el libro de Brasseur de Borbourg, Monuments anciens du Mexique (París, 1866), en las que volcó toda su eficaz maestría y comprensión del arte antiguo de los mayas. El interés que se despertó en Europa por el arte maya, y en concreto por las ruinas de la ciudad de Palenque, fue tan grande, que pienso que, a mediados del siglo XIX, el arte de esta civilización vino a ser la contraparte del mundo egipcio, conocido a partir de la expedición de Napoleón y el descubrimiento de la Piedra Rossetta.

 

 

.José Alcina Franch (1922-2001). Fue catedrático de “Arqueología americana” de la Universidad Complutense de Madrid. Excavó varios sitios de

México, Guatemala, Ecuador y Perú. Autor, entre numerosísimos libros,

de Manual de arqueología americana (Madrid, 1965); L 'Arl Précolomhien

(París, 1978) y Arqueología antropológica (Madrid, 1989).

 

Alcina Franch, José,  “III. Historia de la Arqueología en México. La época de los viajeros (1804-1880). El registro de las antigüedades”, Arqueología Mexicana, núm. 54, pp. 18-23.

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