• jueves, 17 de enero de 2019

Joyería prehispánica

Enrique Vela

Adornar el cuerpo es uno de los rasgos distintivos del hombre. Seleccionar un material, fabricar un objeto, atribuirle un significado, son todas acciones que están ligadas a la capacidad humana de crear y abstraerse, de saberse distinto de los demás y a la vez de entender la necesidad de identificarse. En este sentido, la joyería ocupa un lugar especial; la fabricación de objetos hechos con materiales específicos –la mayoría de las veces con un valor especial– y con formas que atienden a utilidades y significados concretos es uno de los aspectos más universales de las sociedades humanas.

Las prácticas asociadas al adorno del cuerpo –con ropas, pinturas y joyas– son universales y se remontan a las primeras etapas del desarrollo del hombre moderno. Desde entonces se han utilizado para señalar la individualidad, para hacer patente la pertenencia a una comunidad, para indicar la edad, el género, la posición social y hasta el estado civil. Una secuencia posible en el desarrollo de la joyería en las sociedades humanas iría de un primer momento en que es utilizada básicamente como adorno –e incluía sencillos sartales que tal vez, cuando mucho, tenían el único propósito de lucir algo acorde al género– a las complejas y múltiples atribuciones de los llamados materiales preciosos y a los distintos objetos portables que con ellos se fabricaban. En ese transcurso se diversificaron los usos de esos objetos; se elaboraban lo mismo adornos de uso más o menos común y otros destinados a la elite, así como elementos como amuletos, insignias, cetros, instrumentos para el sacrificio, etc.

Sin duda el factor principal en esta transformación tiene que ver con la complejidad de las sociedades, que pasaron de ser esencialmente igualitarias a unas divididas en grupos jerarquizados. La consiguiente variedad de papeles sociales que devino de esta complejidad hizo necesario contar con elementos que a la vez que reafirmaban la existencia de esa estructura sirvieran como medio de identificación entre sus distintos miembros. La apariencia, derivada del uso de ropajes, adornos y objetos específicos, fue uno de ellos.

Las joyas se elaboraban de acuerdo a pautas de uso y en el marco de tradiciones artesanales bien establecidas y eficientes. Nada era casual, la selección de las materias primas, y frecuentemente su combinación, la forma, el tamaño, los diseños tenían los propósitos de cumplir una función social y de transmitir significados específicos. Es por ello que las joyas deben verse como un elemento cultural que permite no sólo maravillarse ante sus cualidades estéticas evidentes o ante la maestría técnica detrás de su elaboración, sino acercarse a la organización de una sociedad, a sus creencias y hasta a su economía, por citar algunos aspectos.

Del mismo modo en que hubo un desarrollo en el uso y las formas de los objetos que adornaban el cuerpo debió haberlo respecto a los materiales y las técnicas utilizadas. La tradición de fabricar objetos de piedras preciosas se remonta por lo menos al Preclásico Medio entre los olmecas. Entonces las piedras se elegían principalmente por su brillo y color, aunque la dureza e incluso su rareza también eran consideradas. Al ser elementos que se asociaban al prestigio, a la ostentación de un rango social, se apreciaba el hecho de que no fueran de fácil obtención. Contra lo que comúnmente se cree, no fueron el oro y la plata los materiales más valorados sino las llamadas piedras verdes: el jade, la turquesa o la serpentina, a las que se atribuían propiedades mágicas y se les conferían simbolismos diversos.

 

 

Enrique Vela. Arqueólogo por la ENAH, editor, desde hace 30 años trabaja en el ramo editorial.

 

Vela, Enrique, “Joyería prehispánica”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 63, pp. 8-26.

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