• 12-dic-2019

La ventana de Batres en Teotihuacan. Una reja del siglo XVI en los subterráneos

Daniel Schávelzon

Al restaurar el conjunto de edificios que se llamaba Los Subterráneos –en Teotihuacan–, Leopoldo Batres, al parecer, usó parte de una reja de hierro proveniente de un balcón del siglo XVI. Pero como es un caso único y para todo lo demás usó hierro de su tiempo, desde hace tiempo ha llamado la atención.

 

Al revisar con detenimiento los sitios arqueológicos intervenidos muchas veces y por diferentes personas a lo largo del tiempo, especialmente en los tiempos en que no se dejaba suficiente documentación al respecto, a veces se presentan curiosidades o preguntas sin respuesta. Cada uno de quienes trabajaron el sitio tomó decisiones en función de sus posibilidades e intereses, las que no siempre quedaron bien registradas. Los datos que tenemos de lo hecho por D. Charnay, L. Batres, L. Rodríguez y M. Gamio en Teotihuacan, estado de México, por ejemplo, pese a todo lo escrito, muchas veces siguen en la nebulosa por los conflictos en que se vieron envueltos, en una época compleja por cierto. Desde luego, a veces no son temas graves, finalmente nuestra interpretación del sitio es la actual, pero en ocasiones aparecen datos curiosos.

Leopoldo Batres, al restaurar el conjunto de edificios que se llamaba Los Subterráneos –hoy es más habitual hablar de los Edificios Superpuestos, a propuesta de Ignacio Marquina–, al parecer usó parte de una reja de hierro proveniente de un balcón del siglo XVI. Pero como es un caso único y para todo lo demás usó hierro de la época en que se hacían los trabajos, incluso a pocos centímetros de distancia –es decir que no necesitaba reusar cualquier cosa–, desde hace tiempo ha llamado la atención.

En realidad, nos preguntamos si no habría otras explicaciones posibles de la presencia allí de semejante metal, incluso si no lo habrá puesto D. Charnay o cualquier otro predecesor que hubiera excavado en ese mismo sitio. O si ya estaba allí desde mucho antes.

 

Los Subterráneos

Optamos por esta denominación porque expresa con toda claridad el sentimiento que despertaron en su verdadero descubridor, Batres, esas estructuras superpuestas, una encima de otra, al excavar y al notar que había una secuencia de etapas constructivas sobrepuestas en el lugar. Si bien él mismo aclaró que eso, la superposición, lo había observado desde sus trabajos de 1884, nunca logró terminar de entender que no era una exótica forma de construir, sino resultado de una secuencia en el tiempo. Lo intuyó, lo dijo en cierta manera, pero no pudo, ni podía, explicarlo: fue una de sus grandes limitaciones interpretativas.

Quien encontró el sitio fue Désiré Charnay, en 1880, y lo llamó Palacio Tolteca por sus similitudes con otro que había hallado en Tula, Hidalgo, poco antes. Por lo que sabemos, trabajó sólo en el nivel superior, despejando un pórtico de acceso con sus pilares y un patio, algunas construcciones que abrían hacia ese punto y los basamentos de montículos cercanos; asimismo, encontró lo que consideró dos tumbas debajo de sendas losas de piedra. Las abrió, encontró escaleras descendentes, pero su explicación no fue más allá de que eran entierros, jamás se le hubiese ocurrido que eran construcciones anteriores, o al menos eso creemos.

Fue precisamente Leopoldo Batres quien en fecha no bien determinada (hacia 1889) se decidió a seguir ese trabajo en el Palacio y descubrió que por debajo del nivel del piso había un conjunto importante de restos de edificios. Éstos no eran muy diferentes de los superiores, por lo que consideró restaurar el conjunto como si fuese una plataforma, la que necesitaba sostener con hierros y columnas para continuar liberando la parte inferior y en especial el maravilloso templo pintado. La fecha no queda clara, no sólo porque trabajó allí muchos años y en forma esporádica, sino porque cita el hallazgo con claridad en varios artículos publicados en 1889 (Batres, 1889), y poco después, en su último y extenso texto sobre el tema, dice que “en el año 1907 descubrí…” (Batres, en Gallegos Ruiz y otros, 1997). Sin embargo, por el carácter del escrito, una defensa ante los ataques de Gamio, creo que esto no es más que un error en el borrador nunca impreso. Parecería también que algo hizo allí Francisco Rodríguez en su interinato de dos años, lo mismo que Manuel Gamio y su equipo, pero supuestamente no llevaron adelante tareas significativas ninguno de los dos, salvo que posiblemente Rodríguez en 1924-1925 haya liberado parte del Templo Pintado (Sánchez, 1991). La polémica terrible entre Batres y Gamio, política al fin y al cabo, llevó a que Gamio en su texto clásico sobre Teotihuacan, de 1922, describiera el conjunto y usara fotografías de tal forma y con tan pocas explicaciones, que sugiere un trabajo hecho por él y su gente (Morelos García, 1997 y 2000.). Era un truco habitual en Gamio no citar bien para aparentar que todo se iniciaba con su trabajo –hoy sería simplemente un plagio–, y este caso no fue una excepción; pero como lo mismo hizo hasta con la estratigrafía, apropiándose las ideas de otros, nada llama ya la atención. Eran otros tiempos y otros conflictos, y aún estaba muy lejana la idea del derecho de autor.

Con los años, todo lo hecho en Los Subterráneos quedó intocado y bastante olvidado, hasta que en épocas muy recientes y con métodos más cuidadosos se han hecho arreglos y mantenimientos, se ha liberado y consolidado gran parte del templo y sus pinturas, y el sitio es más accesible y cómodo para transitar.

 

Las descripciones e interpretaciones

Charnay exploró sólo la parte superior y accedió a las construcciones inferiores al levantar dos losas de piedra imaginando que eran tumbas. No había muchas evidencias de otra cosa ni se había encontrado con casos que pudieran apoyar la hipótesis de épocas superpuestas. Sí observó que existían construcciones una encima de otra, y por eso habla de “la cantidad de construcciones y subterráneos” que había en Teotihuacan, pero no las interpreta (Charnay, 1887, p. 151) y exigírselo es imposible.

Batres, al encontrar esa superposición, entró en una verdadera crisis intelectual, ya que no sólo nunca pudo resolver el tema, sino que fue enredándose una y otra vez durante años en lo mismo, y eso se ve en sus escritos: la evidencia material allí estaba –arqueólogo al fin–, pero no podía imaginar el propósito, que a sus luces positivistas era absolutamente irracional. Salvo que fueran eventos catastróficos o superposiciones de culturas muy diferentes; las hipótesis de la geología seguían firmes y sólo eran reemplazadas por la de pueblos o “razas” diferentes.

Su primera descripción detallada dice: “Entre los hallazgos que hemos llevado a cabo, uno de los de mayor importancia, es el de la ciudad subterránea que consolido con columnas de fierro y viguetas del mismo metal, a medida que voy vaciando los cuartos y corredores subterráneos” (Batres, 1908, p. 4).

Más tarde apuntaría que el proceso de obra fue más complejo de lo que había supuesto, y el asombro por lo subterráneo dio paso a dos épocas diferentes: “Luego sustituí los ademes provisionales de madera por una fuerte estructura de fierro con carácter ya permanente, que fue la que vino a asegurar en forma definitiva los monumentos descubiertos de la primera y segunda época” (Batres, en Gallegos Ruiz y otros, 1997, pp. 317-336.).

Poco más tarde trató de explicar la situación incómoda que le creaba esa superposición, llegando a la conclusión de que “la ciudad tolteca ha sido sepultada por la mano del hombre”, pero corresponde a dos “razas, la tolteca y la azteca”, ya que “encontré perfectamente marcadas las dos capas geológicas”. Con el tiempo, las épocas pasarían a ser tres.

Seguiría aclarando, aunque oscureciendo a la vez: “debo advertir a M. Charnay que la superposición de pisos de que habla no marca las distintas épocas de las diferentes construcciones de Teotihuacan, sino que esa superposición de capas no es más que el sistema que emplearon los antiguos constructores de aquella ciudad para dar estabilidad a los pisos” (ibid., pp. 330-331).

Estos escritos muestran las dudas en que Batres se debatía por comprender esa evidencia, pero también los esfuerzos por preservarla. Era el suyo un momento interesante en la historia de la estratigrafía y de la conservación patrimonial americana.

Con los años y los cambios Ignacio Marquina y Manuel Gamio, quienes trabajaron con otro paradigma, el estratigráfico, las cosas se leyeron de forma diferente. De todas maneras, llegar a las ideas modernas sobre los procesos de cambio en el sitio no fue fácil. Sin embargo, en tiempos de Gamio era claro que se trataba de épocas separadas de un mismo pueblo: “En ellos pueden analizarse mejor que en otros edificios los vestigios arquitectónicos que caracterizan a las dos grandes épocas de la arquitectura teotihuacana” (Ignacio Marquina, en Gamio, 1922, vol. I, pp. 140-143 y láms. 27 a 30).

En realidad, el primero que trabajó los dos niveles del conjunto fue Francisco Mujica, ya que entre sus láminas figuran ambos niveles (Schávelzon y Tomasi, 2005), pero sólo como liberación de las estructuras, sin la restauración. En el libro de la Dirección de Arqueología sobre los monumentos de México, cuya información fue recabada entre 1926 y 1927 (Reygadas Vértiz, 1928, pp. 65-73, foto 7), aparecen también en ese estado, e incluyen la protección hecha por Batres mediante un techo de chapa y aun las primeras columnas de madera, posiblemente usando fotos ya viejas. El trabajo de Mujica resulta interesante pese a su tendencia a rectificar ángulos, y en este caso tiene en ambos casos los niveles de superposición inferior y superior con mayores detalles que los publicados incluso más tarde, como por Marquina en 1951 (Marquina, 1951, lám. 26 y pp. 96-99). El conjunto inédito de Mujica es de once láminas muy poco conocidas, con detalles de medición del basamento del templo, todo muy meticuloso y levantado en el lugar. Existen de su mano otros dos dibujos (las almenas y la planta del edificio de acceso en la parte superior) y cuatro fachadas del templo policromado, en gran tamaño, con la reconstrucción de los motivos pictóricos: lo que representa una evidencia documental importante para el registro del arte teotihuacano. Al compararlas con las muy buenas reproducciones hechas para Gamio (1922, vol. I, pp. 140-143 y láms. 27 a 30), hay para Mujica un crédito notable. Quizás eso fue parte de la polémica que distanció a Mujica de Marquina y por lo tanto de México durante gran parte de su vida. Años más tarde, Marquina escribió en su libro que el sitio: “fue reconstruido por Batres; el escombro que abundaba en los patios y las primitivas habitaciones fue retirado y las construcciones más recientes levantadas sobre lo que parecía ser una plataforma, fueron sostenidas por columnas y vigas de acero, de tal manera que después de estos trabajos la construcción tomó el aspecto de un subterráneo” (Batres, 1908).

 

Daniel Schávelzon. Doctor y maestro por la UNAM. Se ha dedicado a la arqueología urbana; radicado en Buenos Aires, es fundador del Centro de Arqueología Urbana de la Universidad de Buenos Aires y otras instituciones en el país y el exterior. Ha publicado cerca de 50 libros sobre temas de arqueología y patrimonio cultural de América Latina.

 

Schávelzon, Daniel, “La ventana de Batres en Teotihuacan. Una reja del siglo XVI en los subterráneos”, Arqueología Mexicana núm. 128, pp. 82-85.

 

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