• miércoles, 19 de septiembre de 2018

La vieja Casa de Moneda. Un bello recinto del siglo XVIII en el Centro Histórico de la ciudad de México

Guadalupe Lozada León

Para 1535 en el territorio novohispano no había más moneda que el real español y en algunas regiones aún se utilizaba el cacao como instrumento de cambio. La necesidad de contar con un medio de pago confiable y abundante propició la fundación de la Casa de Moneda, la primera de América, con el fin de facilitar las transacciones económicas y el comercio.

 

Una vez consumada la conquista de México, Hernán Cortés se dio a la tarea de fabricar monedas en la que había sido su residencia en Tenochtitlan, es decir, en las Casas Viejas de Moctezuma o Palacio de Axayácatl. De ahí, la Fundición o Casa de Moneda se trasladó a un costado del Palacio del Ayuntamiento, en la entonces llamada calle de la Monterilla, hoy 5 de Febrero. Pero una vez levantado el Palacio Virreinal, la producción numismática se realizó en uno de sus patios.

Las primeras monedas fundidas en la Nueva España tenían forma irregular y, a decir de don Artemio de Valle-Arizpe, eran bastante feas:

 Por su forma irregular, angulosa y sin cordoncillo, se le llamó macuquina  y también de cruz  por la tosquísima que tenía grabada. Monedas de menor valor fueron los tostones; para las transacciones en pequeño se hizo la moneda de vellón o de cobre. Pero con este sistema se originaban muchos fraudes y engaños, por lo fácil que era falsificar la moneda.

Durante dos siglos, la Casa de Moneda operó como una concesión de particulares, hasta que en 1733 se incorporó a la Real Hacienda. Andando el tiempo, se instaló en una nueva sede, en la vía que en su honor hoy se nombra calle de Moneda.

Construido hacia 1731 en lo que fuera parte del Palacio Virreinal y destinado específicamente para albergar a la Casa de Moneda, este magnífico edificio de tezontle y cantera ostenta en su portada principal una de las mejores muestras del preciosismo de la arquitectura civil novohispana y está flanqueada por columnas con cartelas enroladas. Un balcón señorial, propio de las construcciones dieciochescas, destaca al centro rodeado de relieves vegetales y conchas. En la parte superior, el escudo nacional suple al original medallón de Felipe V, quien fuera rey de España.

El inmueble fue testigo de la acuñación de las primeras monedas redondas que vieran la luz en suelo americano. Resultaba tan grande y su actividad interior tan imponente, que en 1777 Juan de Viera lo incluyó en su Breve y compendiosa narración de la ciudad de México:

 Dando vuelta por el Real Palacio en costado derecho está la Real Casa de Moneda [...]. En esta casa está el Real Tribunal de Moneda, Contaduría, Tesorería, y viven dentro todos los ministros del referido Tribunal, teniendo cada uno vivienda tan proporcionada que cada una de ellas parece un palacio, especialmente la del señor superintendente, que es tan magnífica que no la tiene el excelentísimo señor virrey en su palacio; es tanto el tráfago de esta casa en sus oficinas y fundiciones, que se aturde en ella el curioso más desembarazado. Decir a punto fijo la moneda que se acuña no es muy fácil, porque unos años sube y otros baja; pero sí puedo asegurar, que lo he sabido de la misma Casa de Moneda, que no baja del año de catorce a quince millares de plata y dos o tres de oro y el año pasado de [17]76 se acuñaron 16,518,935 pesos de plata y 796,602 pesos de oro. Trabajan en esta casa más de 300 operarios.

 

Guadalupe Lozada León. Maestra en Historia por la UNAM, en donde también es docente. Fue coordinadora de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la Ciudad de México. Entre sus libros destaca La Ciudad: sus gobernantes (GDF, 2000). También colaboró en Palacio Nacional, la sede del poder (2005). Actualmente es titular de Espacio Cautivo A.C., organización dedicada a la promoción y divulgación del patrimonio histórico de la ciudad de México.

 

Lozada León, Guadalupe, “La vieja Casa de Moneda. Un bello recinto del siglo XVIII en el Centro Histórico de la ciudad de México”, Relatos e historias en México número 69, pp. 16-21.

 

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