• 20-jul-2019

Los caminos prehispánicos y la estrategia de la conquista

Bernardo García Martínez

Cortés inició formalmente su campaña  político-militar en la Villa Rica de la Vera Cruz. Los españoles se acomodaron bien en ese lugar porque era un punto conveniente en la red marítima que amarraba su dominio sobre el Caribe y el Golfo de México. La Vera Cruz (por entonces un simple campamento en la playa) había de mudar de asiento un par de veces en las inmediaciones, pero seguiría siendo punto privilegiado para el enlace entre Nueva España y Europa. Hacia el interior, el camino tendido para unir a la Vera Cruz con México -por Puebla y tocando Xalapa (o, alternativamente, Huatusco y Orizaba)- había de convertirse en una de las rutas troncales de la colonia. Aún después de la independencia, y hasta el presente, los caminos entre México y Veracruz siguen figurando entre los más transitados del país.

Pero en el mundo mesoamericano la Vera Cruz no existía y, comprensiblemente, ningún camino llevaba a ella. El sitio donde se habría de establecer, por entonces deshabitado, pertenecía al señorío de Zempoala (el primero en que los españoles se hicieron presentes), pero éste era poco relevante y por ello estaba desligado de las principales rutas de comunicación prehispánicas, Cuando los españoles decidieron avanzar hacia el interior tuvieron que iniciar su marcha por senderos de segundo orden, de haber tenido un  mapa moderno se hubieran podido ubicar sobre uno de esos caminos equívocos que se marcan con línea punteada y suelen guardar sorpresas.

Las redes prehispánicas de comunicación obedecían a las circunstancias y necesidades del mundo mesoamericano. Fuera del hecho de que la ciudad de México ya era desde entonces el punto dominante del conjunto, los caminos que unían a regiones y localidades eran distintos en trazo y sobre todo en jerarquía a los que hubo después y que subsisten hasta nuestros días. Esto se debía, entre otras razones, a que la distribución demográfica y la organización regional formaban un mapa diferente y a que las principales poblaciones y áreas productivas eran otras.

Además, las circunstancias políticas imponían restricciones. Por ejemplo, la frontera entre los señoríos independientes tlaxcaltecas y los tributarios de la Triple Alianza (México-Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba) era zona de guerra y los caminos se cortaban al llegar a ella. Esto afectaba a las líneas de comunicación entre el valle de México y las regiones a su oriente. Entre dicho valle y el mar la ruta  principal y más transitada corría por Tulancingo y Huauchinango, con su extremo en Tuxpan, porque éstos eran señoríos de importancia situados dentro de la esfera de poder de México y ricos en productos que la gran ciudad demandaba, Además era la vía más corta al mar: era por allí que, a paso veloz, se hacía llegar pescado fresco (más o menos) a la mesa de los reyes de México.

Pero Cortés no entró por la  puerta grande de Tuxpan, de modo que no tuvo ante sí ningún camino definido e inequívoco. Para avanzar dependía de la información (o desinformación) que obtuviera. Suplía su falta de conocimiento con un cierto olfato militar que, como relata en sus  cartas, le hizo evitar ciertos caminos a pesar de que se le sugirieron como los mejores. No ha de haber tardado mucho tiempo en darse cuenta de que estaba en un sitio marginal y de que las regiones más importantes y mejor comunicadas andaban por otra parte. Cuando alcanzó la orilla del altiplano (en un punto entre el Pico de Orizaba y el Cofre de Perote) vio materialmente esfumarse los tenues caminos que venía siguiendo, y no era para menos pues había llegado a una zona despoblada, la cuenca del Seco, carente de aguas superficiales y que no se ocupó ni cultivó sino hasta años después, cuando los españoles perforaron pozos profundos. Su relato llama la atención: "desde aquí anduve tres jomadas de despoblado y tierra inhabitable a causa de su esterilidad y falta de agua y muy grande frialdad que en ella hay, donde Dios sabe cuánto trabajo la gente padeció de sed y de hambre". Pero pasada esta etapa llegó a un escenario bien distinto en la muy poblada cuenca del río Apulco, por el rumbo de Zautla, en donde torció llamativamente la dirección de su marcha para seguir su camino hacia la región Tlaxcalteca. En lo sucesivo la ruta de los conquistadores estaría más definida, pues seguirían caminos relativamente más conspicuos y transitados, especialmente después de su salida de Tlaxcala. Aun así no pisarían ninguna de las rutas troncales dela época sino hasta su entrada al valle de México,

E1 paso de Cortés por la cuenca del Seco fue un punto crítico en su ruta, e incluso lo ha sido para los historiadores, que se han hecho cruces tratando de interpretar esta etapa tan difusa del trayecto de los conquistadores. Por eso se ven en los mapas versiones diferentes y equivocadas. Tal vez Cortés no las tenía todas consigo, pues parece excesivo que se haya bloqueado tres días en un zona tan franca y abierta. Seguramente le hizo daño la altura. Pero la cuestión de fondo radica en la elección que tomó al llegar a la cuenca del Apulco, ya que de desde allí tenía modo de enlazarse, a través de zonas muy pobladas (vía Zacatlán y Tulancingo), con los caminos más importantes de la época prehispánica. Pero eso fue lo que Cortés no hizo, En lugar de ello optó por reorientar su marcha remontando la cuenca del río por un camino semiabandonado, parte de la antigua ruta de Hueyotlipan. Esta había sido muy transitada tiempo atrás, pero ahora se internaba en zona de guerra y se hallaba cortada por una barda defensiva, Fue por este rumbo que los españoles entraron a Tlaxcala y enfrentaron la  primera (aunque breve) resistencia militar con que se toparon en el altiplano.

 

Bernardo García Martínez (1946-2017). Doctor en historia; profesor de El Colegio de México. Autor de obras sobre historia de los pueblos de indios, historia rural y geografía histórica. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista.

 

 

García Martínez, Bernardo, “Los caminos prehispánicos y la estrategia de la conquista”, Arqueología Mexicana, núm. 49, pp. 44-47.

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