• 30-nov-2021

Los territorios de los pueblos originarios

Alicia M. Barabas

En la época prehispánica las comunidades territoriales, parentales, rituales y políticas se consideraban fundadas y protegidas por una deidad tutelar, que solía ser un ancestro divinizado, y eran conocidas como altépetl en náhuatl del altiplano central; su símbolo gráfico es el cerro y el agua, y alude a la tierra y la fuerza germinal. En Oaxaca existen conceptos similares, como nashinandá para los mazatecos y ñu’u para los mixtecos. Lo que interesa resaltar es que la deidad tutelar daba origen al linaje con su identidad, lengua y costumbres, le entregaba un territorio marcado y delimitado, protegía a ese pueblo de diversos males, prometiendo en ciertos casos retornar para ayudarlo, y le brindaba lo necesario para el sustento y la reproducción. En los mapas de los siglos XVI y XVII el emblema cerro-agua fue siendo reemplazado por la iglesia, o la campana y la iglesia, para designar la comunidad.

Antes de la conquista los asentamientos humanos eran dispersos y se ubicaban en laderas o barrancas cercanas a los cultivos de maíz. Sus pobladores asistían a los centros ceremoniales donde vivían los gobernantes y sacerdotes en ocasión de fiestas religiosas y de días de mercado. Los españoles vieron que esos asentamientos no eran convenientes para sus propósitos y ordenaron que se construyeran en lugares llanos y accesibles, desarraigando y fragmentando a muchos altepeme. La corona dividió étnicamente a la población en repúblicas o pueblos de españoles y repúblicas o pueblos de indios sin presencia de mestizos, blancos o afrodescendientes, y en la segunda mitad del siglo XVI se iniciaron las congregaciones de pueblos en toda la Nueva España. Se trataba de reasentamientos dirigidos de población indígena con el múltiple propósito de establecer control sobre ella, favorecer la evangelización al prohibir los rituales en los cerros, obtener una matrícula de tributarios, facilitar la adjudicación de trabajos y el cobro de tributo, someter a los rebeldes y tenerlos en “buen gobierno y policía”.

Imagen: Peregrinación wixárika. Iztaccíhuatl, estado de México. Foto: D.R. Lorenzo Armendáriz / Fototeca Nacho López, INPI.

 

Alicia M. Barabas. Licenciada en ciencias antropológicas por la Universidad de Buenos Aires. Maestra y doctora en sociología por la UNAM. Profesora investigadora emérita del INAH. Investigadora nacional nivel III, SNI-Conacyt.

Esta publicación puede ser citada completa o en partes, siempre y cuando se consigne la fuente de la forma siguiente:

Barabas, Alicia M., “Los territorios de los pueblos originarios”,  Arqueología Mexicana, núm. 171, pp. 50-56.

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