• domingo, 24 de junio de 2018

Que trata de la extraña severidad con que castigó el rey Nezahualpiltzintli a la reina mexicana por el adulterio y traición que contra él se cometió

Fernando de Alva Ixtlilxóxhitl

La obra de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl es fundamental para comprender la historia de los pueblos del Centro de México. Descendiente de Nezahualcóyotl, su vasta producción ilustra con profusión de detalles la historia del linaje texcocano y da fiel noticia del esplendor de la ciudad de Texcoco y sus relaciones con otros pueblos. Sus prolijas relaciones permiten además atisbos de las costumbres en la corte y muestran el usual entramado de intrigas en las que las motivaciones amorosas y eróticas no están ausentes. El fragmento que aquí se presenta narra la historia de una hija del gobernante mexica Axayácatl y de Nezahualpilli, hijo y heredero directo de Nezahualcóyotl.

 

Al tiempo que al rey Nezahualpiltzintli le enviaron Axayacatzin rey de México y otros señores a sus hijas para que de allí escogiese la que había de ser la reina y su mujer legítima, y las demás por concubinas (para que cuando faltase sucesor de la legítima, pudiese entrar alguno de los hijos de estas señoras, la que más derecho tuviese a la herencia por su nobleza y mayoría de linaje), entre las señoras mexicanas vino la princesa Chalchiuhnenetzin su hija legítima, la cual por ser tan niña en aquella sazón no la recibió sino que la mando criar en unos palacios con grande aparato y servicio de gente como hija de tan gran señor como lo era el rey su padre, y así pasaban de dos mil personas las que trajo consigo para su servicio, de amas, criadas, pajes y otros sirvientes y criados; y aunque niña era tan astuta y diabólica, que viéndose sola en sus cuartos y que sus gentes la tenían y respetaban por la gravedad de su persona, comenzó a dar en mil flaquezas y fue que a cualquier mancebo galán y gentil hombre acomodado a su gusto y afición, daba orden en secreto de aprovecharse de ella, y habiendo cumplido su deseo lo hacia matar y luego mandaba hacer una estatua de su figura o retrato, y después de muy bien adornado de ricas vestimentas y joyas de oro y pedrería lo ponía en la sala en donde ella asistía; y fueron tantas las estatuas de los que así mató que casi cogían toda la sala a la redonda; y al rey cuando la iba a visitar y le preguntaba por aquellas estatuas, le respondía que eran sus dioses, dándola crédito el rey por ser como era la nación mexicana muy religiosas de sus falsos dioses; y como ninguna maldad puede ser hecha tan ocultamente, a pocos lances fue descubierta en este modo: que de los galanes por ciertos respetos dejó tres de ellos con vida, los cuales se llamaban Chicuhcóatl, Huitzilíhuitl y Maxtla, que el uno de ellos era señor de Tezoyucan y uno de los grandes del reino, y los otros dos caballeros muy principales de la corte.

 

Tomado de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca. Obras Históricas, UNAM, pp. 164-165, “Que trata de la extraña severidad con que castigó el rey Nezahualpiltzintli a la reina mexicana por el adulterio y traición que contra él se cometió”, Arqueología Mexicana núm. 104, pp. 56-57.

 

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