• 25-may-2020

Una vida en el Preclásico

 Luis Alberto López Wario, Francisco Javier 0rtuño Cos

 Recreación de la vida  de una mujer en la  época prehispánica,  con información basada  en datos y análisis  recuperados en trabajos  arqueológicos realizados en Ecatepec, estado de México, y con una buena dosis de  interpretación.

 

Comenzaba una nueva era para la humanidad. Para ella era lo mismo. Los cambios se perciben mejor a distancia. No sentía esta larga transición que más tarde unos especialistas llamarían del Preclásico Medio al Preclásico Tardío. Detrás de las montañas nevadas amanecía una vez más. A su avanzada edad las articulaciones estaban atrofiadas y necesitaba de un esfuerzo mayor para realizar sus labores cotidianas. Los múltiples partos, la escasa alimentación, la gran cantidad de actividades hacían que resintiera más este comienzo de la temporada de frío y humedad.

La bruma del lago no permitía ver el agua, ni a los primeros hombres que se afanaban en la pesca. A pesar de ello, el Sol iluminaba el fondo de su casa, en la que encendió un fogón para cocinar los alimentos del día. No habría mucha variedad: volverían a comer frijoles, maíz, chile y, si había suerte, algo de carne de un animal que se capturara en el cerro. Las lluvias de estos días asegurarían la cosecha y la existencia de los manantiales de agua fresca.

Poco más tarde sus hijos trabajaban la milpa, mientras sus nietos corrían hasta la orilla del lago y quizá atraparan algún animal acuático pequeño; sin embargo, principalmente recogerían algunas costras de sal.

Para el nixtamal usaba cal que obtenía por Intercambio; se ocupaba por horas en la molienda del maíz. Mientras machacaba los granos, su mente divagaba recordando aquellos momentos en que su cuerpo no mostraba aún los estragos causados por la vejez, cuando era joven y asediada por más de tres aldeanos. Recordaba también la vez en que conoció al que sería su compañero; quizá no era tan fuerte y soberbio como los otros, pero en cambio sus manos ligeras modelaban ágilmente el barro y producían ollas y figuritas especiales, casi mágicas. Además, la hacía reír constantemente, sobre todo cuando representaba con gesticulaciones a los diversos animales que pululaban en la zona. Al acordarse de estos momentos la invadió la tristeza. ahora que, enferma. deja y sola, evoca el día en que su pareja salió hacia otro rumbo, más al sur, en busca de nuevas ideas y de aquellos hombres que habitaban en otras aldeas que, según mencionan los que han regresado, tienen grandes lugares de reunión y veneración, casi del tamaño de un cerro.

Supone lo que pudo ocurrirle a su compañero, quizá un accidente, quizá al fin encontró el camino deseado, quizá una enfermedad. Se sentía más cansada que otros días; estar inclinada sobre el metate le ocasionaba dolores en la espalda y la cintura. Además, le dolían los dientes y cada vez le costaba más trabajo masticar, pues tenía caries profundas en casi toda la dentadura.

Salió de su casa; el Sol se encontraba en lo alto y ella vio hacia ese cerro redondo que otros pueblos que lo habitaron después llamarían del dios del viento o Ehécatl. Miró hacia el lago; la bruma había desaparecido y se percibían a lo lejos otros pueblos: Cerro Gordo, Tulpetlac y, mucho más lejos, Cuanalán.

Su estatura (equivalente a dos y medio pasos de ella) le permitía ver las milpas que crecían pero no pudo ver la casa vecina, situada en la terraza superior, pegada al muro al igual que la de ella. Caminar los cincuenta pasos hasta esa casa le permitía observar cómo, tres terrazas arriba, se reconstruían unos muros grandes que serían utilizados para la fiesta a los dioses. Si giraba hacia donde el Sol se ponía, encontraría la rampa de acceso, la que medía cinco pasos de ancho. Ella no conoció los primeros grandes muros, pues fueron hechos más de trescientos años atrás, los cuales servían para frenar el deslave del cerro. Eran semejantes a los que ella vio construir en todas las terrazas, pero esos muros eran más vastos, en algunos casos casi de su estatura e inclinados para soportar el peso de la tierra y ampliar el espacio que en un caso formaba una plaza.

Los bloques de piedra con los que se construía eran cortados de palmo y medio, y eran trasladados de la parte sur y norte del cerro. Ésa era la cimentación para las casas y se colocaban troncos que servirían para armarla; con lodo y ramas se formaban las paredes.

Los mismos hombres que construyeron los primeros grandes muros enseñaron a los antepasados de ella a excavar oquedades en la roca madre, lo que les permitió almacenar alimentos; generalmente se hacían cerca de sus viviendas y en algunos de esos huecos colocaron, en ocasiones, a un muerto. Caminó por la parte baja de la terraza, aquella que más tarde ocuparían los habitantes de un grupo llamado teotihuacano. Éstos pondrían pisos y renivelarían áreas, con distancias uniformes entre piso y piso. Aquellos habitantes, al igual que ellos, supieron que la tierra no era la mejor, pero el pueblo de ella luchaba por hacerla producir.

 

• Luis Alberto López Wario. Arqueólogo con maestría en historia por la ENAH. Director de Planeación y Evaluación de Proyectos de la Coordinación de Arqueología, INAH.

• Francisco Javier Ortuño Cos. Arqueólogo por la ENAH. Subdirector de la Dirección de Salvamento Arqueológico, INAH .

 

López Wario, Luis Alberto, Francisco Javier Ortuño Cos, “Una vida en el Preclásico”, Arqueología Mexicana 73, pp. 52-55.

 

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