Las esculturas serpentinas en Templo Mayor

Leonardo López Luján e Israel Elizalde Mendez

Casi cincuenta años de excavaciones arqueológicas en el recinto sagrado de Tenochtitlan han dado nuevas luces sobre el papel fundamental que jugó la fauna en la vida religiosa de los mexicas. Proliferan allí sus imágenes escultóricas asociadas siempre a la arquitectura y sus restos biológicos como componentes esenciales de las ofrendas dedicadas a los dioses.

Las exploraciones del Proyecto Templo Mayor (1978-2025) del INAH han revolucionado nuestra comprensión sobre las intensas relaciones entre animales humanos y no humanos en la antigua capital insular de los mexicas y, en general, en los vastos dominios de la Triple Alianza. Sin lugar a duda, éste es uno de los tópicos en los que se han registrado mayores avances científicos en años recientes, tanto en el ámbito de la historia del arte como en el de la arqueología. Los contextos ceremoniales de los siglos XIV, XV y XVI exhumados en el Centro Histórico de la Ciudad de México sirven de base a este recuento general.

Es bien conocida la proclividad de los mexicas por las manifestaciones plásticas del mundo animal. Ellos, como ningún otro pueblo mesoamericano, trasladaron a la piedra, a la madera y a la cerámica su rico bestiario, habitado por creaturas primigenias y divinidades que adoptaban formas anatómicas de mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, moluscos, arácnidos, insectos y sus combinaciones fantásticas, en las que también entró en juego el ser humano.

En la actualidad nos sorprende la precisión con la que los escultores que residían en Tenochtitlan plasmaron ciertos detalles corporales –copetes, hocicos, glándulas, pieles, escamas, plumas, garras, aletas–, a partir de los cuales hoy podemos identificar los géneros e inclusive las especies biológicas tomadas por ellos como modelos. Tal fidelidad se deriva en parte de una escrupulosa observación directa de los animales, seguramente facilitada por la colindancia del célebre vivario “de Moctezuma” con los talleres artesanales dentro del complejo palaciego imperial.

En comparación con las efigies antropomorfas tanto humanas como divinas, las zoomorfas (y las antropozoomorfas) fueron representadas en una amplia gama de posturas y, sobre todo, con un mayor dinamismo. De manera notable, muchas de ellas son tridimensionales a cabalidad, pues ninguna de sus caras quedaba sin ser esculpida, comprendidas las que no eran visibles para los espectadores.

En el caso particular del Huei Teocalli o “Templo Mayor” predominan las imágenes pétreas de reptiles, aunque como veremos también están presentes algunas de anfibios y mamíferos. Recordemos en primera instancia que esta gigantesca pirámide, como tantas otras, era una representación genérica del Monte Sagrado de la cosmovisión mesoamericana. De ahí que sus constructores hubieran adjetivado varios de sus taludes con rocas irregulares saledizas que evocaban a los fieles las ásperas laderas de un terreno montañoso (-tépetl).

Pero eso no bastaba según el canon, pues el Templo Mayor debía recrear específicamente al Coatépetl o “Cerro de las Serpientes”, escenario mítico del nacimiento del dios solar Huitzilopochtli y de su contienda fratricida contra la Luna y las estrellas. Por ello, la plaza circundante y la plataforma sobre la que se desplantaba esa mole de piedra, cal, tierra y madera fueron adicionadas con toda suerte de serpientes (Cóa[tl]-). La porción baja de la pirámide (su coaxalpan y su apétlac) quedó así asimilada simbólicamente a las faldas del Monte Sagrado, donde los ofidios materializaban las corrientes de naturaleza eólica y acuática que, a través de cavernas, brotaban desde el gran reservorio interior para luego transformarse con su movimiento ascendente en vientos, nubes, lluvia y granizo.

Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Universidad de París Nanterre, director del Proyecto Templo Mayor-INAH y miembro de El Colegio Nacional.
Israel Elizalde Mendez. Doctorante en arqueología por la Universidad de Bonn y miembro del Proyecto Templo Mayor INAH desde 2009.

Tomado de Leonardo López Luján e Israel Elizalde Mendez, “Mar, tierra y cielo. El universo de los animales en el Templo Mayor”, núm. 196, pp. 22-32.