• miércoles, 19 de septiembre de 2018

Alimentación y desarrollo cultural

La alimentación era tan importante, que el desarrollo astronómico y matemático estaba íntimamente relacionado con la determinación de un calendario que permitiera predecir el clima, y por tanto el mejor momento para sembrar y obtener así los comestibles. En esto se basaba gran parte del poder de los sabios y sacerdotes.

La Historia general de las cosas de Nueva España es rica en información sobre la manera en que los antepasados indios se allegaban los ingredientes para cocinar, los utensilios de cocina –tanto del diario como de lujo–, y las vasijas, platos y vasos con los cuales presentaban la comida.

La dieta era muy variada, pues como apunta Sahagún en el prólogo del libro XI, México era “un jardín poblado de todos árboles fructíferos y de todas maneras de yerbas, donde hay fuentes y ríos de diversas maneras. Está lleno de aves, animales y peces de todo género...” La lista de vegetales y animales comestibles que registra la obra incluye varias decenas de especies.

En la medida en que la alimentación es salud, los antiguos mexicanos lograron mantener sana a una numerosa población, a través de una dieta equilibrada. Establecieron sistemas de regadío y cultivaron cuidadosamente sus campos con maíz, frijol, calabaza, chile, tomate, chayote, jícama, cebolla (xonácatl), chía y amaranto, entre otras muchas plantas.

Los mexicas supieron aprovechar estos bienes de la naturaleza y construir las herramientas necesarias para la caza y la pesca, así como para la recolección de especies como la hueva de mosco o el alga espirulina. Tuvieron animales domésticos como guajolotes, y variedades de perros comestibles.

Los informantes de Sahagún afirman que el buen labrador “era muy diligente en labrar la tierra y en sembrar todas maneras de semillas, y en labrarlas, y regarlas. Y ansí, abundantemente coge
de todas maneras de legumbres y hinche su casa de todas maneras de maíz,
y cuelga por todos los maderos de su
casa sartales y manadas de mazorcas
de maíz” (ibid., p. 272).

No todos los alimentos y utensilios de los mexicas eran producidos en la Cuenca de México. Algunos de ellos se traían de lugares lejanos, para lo cual había una extensa red de comercio y un sistema tributario. En sus recorridos, los mercaderes o pochtecas contaban con posadas para comer y dormir a lo largo de los principales caminos.

Las mercancías llegaban a los tianguis de diversas poblaciones. Destacaba el de Tlatelolco, uno de los mercados más variados, extensos y ordenados, que causó gran admiración no sólo a Sahagún, sino a todos los que lo conocieron.

En el tianguis se encontraban por orden los comerciantes que vendían productos comestibles: maíces y frijoles de diferentes clases, amaranto, chía, sal, guajolotes, codornices “y conejos y liebres, carne de venado y aves de diversas mane ras como son ánades, lavancos y otras aves de agua. También los que vendían miel de maguey y de abejas”. Se vendían diversos chiles: tonalchilli o chile de verano, chiltecpin, texyochilli y chile amarillo, así como tomates y miltomates. Asimismo, había papas, camotes, cebollas, turrones de chía, huauhzontles y otros quelites.

Podían encontrarse diversos recipientes, como “vasos de barro, platos... y lebrillos y ollas y tinajas y todas las otras maneras de loza”. Para servir el cacao se utilizaban gran variedad de jícaras. Las había decoradas con diferentes diseños y con tapas ricamente adornadas (tecontla-cuilolli) y con una cuchara de carey para revolver la bebida; otras estaban pintadas de negro, “con su rodero hecho de cuero de tigre o de venado para sentar y poner esta calabaza”. Había además unas agujeradas para colar el cacao. En otras jícaras, también pinta das, se lavaban las manos, y en otras más, “con ricas pinturas”, se bebía el atole.

Entre los productos foráneos había cacao de Oaxaca y Guatemala; maíz del valle de Toluca; pescado seco de Michoacán, y jícaras pintadas de Izúcar. De tierra caliente procedían diversos zapotes (amarillos, negros, anonas y mameyes); de los mares llegaban peces y mariscos, y de las zonas templadas ciruelas, capulines y guayabas.

Los mexicas cuidaban las maneras al compartir los alimentos. Comían en cuclillas y se lavaban las manos y la boca antes y después de las comidas. No eran glotones sino frugales en el comer, y eran comedidos con el resto de los comensales. Hay referencia a las dietas especiales que debían guardar los enfermos. Por ejemplo, debían consumir tortillas de granos de maíz cocido no muy lavados, tortillas tostadas, agua de cacao y cal, y abstenerse de “todas las carnes cocidas y asadas”.

 

Tomado de Cristina Barros y Marco Buenrostro, “La alimentación prehispánica en la obra de Sahagún”, Arqueología Mexicana 36, pp. 38-45.

 

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