Arqueoastronomía mesoamericana

Jesús Galindo Trejo

La observación celeste en el pensamiento prehispánico

La orientación calendárico-astronómica

Durante el transcurso de una noche estrellada, un observador atento podría percatarse de que el movimiento aparente de la bóveda celeste describe una rotación natural en dirección este-oeste; perpendicular a ésta, la región norte se revela obviamente, al girar las estrellas en torno a un punto que hoy coincide aproximadamente con la Estrella Polar. Estas direcciones preferenciales en el espacio tienen trascendencia universal. El hombre mesoamericano percibió y reconoció estas direcciones cósmicas en forma de diseños que semejan una cruz de Malta, y asoció cada dirección con un color, una pareja de deidades, un árbol y un ave. En el centro aparecían deidades primigenias ligadas al tiempo. La singularidad de estas direcciones queda de manifiesto al imaginarse un cielo oscuro sin estrellas. En tal caso no habría forma de definir direcciones importantes, pues cualquier dirección sería equivalente a otra. El cielo introduce un orden en el paisaje. El Sol, la Luna y los planetas también señalan direcciones relevantes a partir de puntos particulares en su trayectoria aparente en el horizonte local. Estos puntos se refieren sobre todo a las posiciones extremas del Sol (solsticios), de la Luna (paradas mayores y menores) y de los planetas, así como a la posición media en la trayectoria solar (equinoccios) y la posición alcanzada por el Sol en los días en que éste alcanza el cenit; tales días dependen del emplazamiento del observador dentro de la franja intertropical.

Es posible que el hombre mesoamericano no hiciera distinción entre el ámbito del cielo y el situado en su entorno terrestre; más bien, su percepción de la realidad unificaba ambas regiones, en una única naturaleza. Reconociendo la importancia de algunas direcciones especificadas por el movimiento aparente de los astros, los sacerdotes astrónomos mesoamericanos idearon una manera muy peculiar de rendir culto a las deidades que habitaban en el firmamento. Así, se levantaron estructuras arquitectónicas orientadas hacia esas direcciones, para poner en armonía la obra humana con el cosmos. La salida y la puesta de algún cuerpo celeste señalarían la llegada de importantes fechas, en las que se realizarían suntuosas ceremonias religiosas, para obtener así el favor de los dioses en momentos cruciales señalados por la misma naturaleza. Podemos encontrar un magnífico ejemplo de esto en la Gran Pirámide de Cholula: en el ocaso del día del solsticio de verano, el Sol se alinea justamente con este impresionante edificio. Además, aquí se da el caso de que la traza de la ciudad colonial, y probablemente también de la prehispánica, comparte la orientación de la pirámide. En la pirámide del Preclásico de Cuicuilco se puede admirar otra alineación de este tipo. Ésta se forma por cuatro cuerpos circulares bisectados por dos rampas colineales de acceso, las que tienen una orientación este-oeste, de tal forma que el Sol se alinea con la pirámide en el amanecer del 23 de marzo y el del 20 de septiembre. En la madrugada de esos días, el disco solar se desprende de un cerro de aspecto redondo, que es conocido como Papayo. La diferencia de dos días respecto a los días del equinoccio nos permite concluir que los sacerdotes astrónomos de Cuicuilco orientaron su estructura hacia lo que podríamos llamar equinoccio temporal, es decir, a la salida del Sol en el día que divide en dos el intervalo de días entre el solsticio de verano y el de invierno.

 

Jesús Galindo Trejo. Licenciado en física y matemáticas por el IPN y doctor en astrofísica por la Ruhr Univelsitaet Bochum de Alemania. Investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM. Ha realizado investigación arqueoastronómica en varios sitios arqueológicos.

Galindo Trejo,  Jesús, “Arqueoastronomía mesoamericana”, Arqueología Mexicana, núm. 47, pp. 29-35.

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