• martes, 18 de septiembre de 2018

Bernardino de Sahagún. Pionero de la antropología

Miguel León-Portilla

Es verdad que Sahagún inquirió motivado por su celo religioso. Diseñó así un método de investigación para conocer las cosas naturales, humanas, y sobre todo las que consideró execrables idolatrías. Pero también es cierto que llegó a admirar a tal grado la cultura indígena que, al transcribir las oraciones a Tezcatlipoca, afirmó que en ellas “se ponen muchas delicadeces en sentencia y en lenguaje”. Y al presentar los consejos del padre y de la madre a su hija, dijo que “más aprovecharían estas dos pláticas dichas en el púlpito, que muchos sermones, a los mozos y mozas”.

 

Vida larga, con muchos trabajos y frutos, fue la de Bernardino de Sahagún. De sus más de 90 años (1499 a 1590), el primer tercio lo pasó en su tierra natal, España, y cerca de 60 estuvo luego en México, su patria de adopción. Bernardino, al hacerse franciscano, tomó el nombre del lugar donde nació, la villa de Sahagún en el reino de León. Sus barrios de la judería y la morería; varias iglesias, excelentes muestras del arte mudéjar, y lo que se conserva del monasterio benedictino de los santos Facundo y Metodio, dejan ver la importancia que, en lo religioso, lo económico y aun lo político, alcanzó dicha villa.

Sobre la infancia y temprana juventud de Bernardino sólo pueden hacerse inferencias. Es probable que tratara a algunos franciscanos del convento que existía en su pueblo, conocido como de “La Peregrina” en razón del transitar de quienes iban con rumbo a Santiago de Compostela. También pudo acercarse a algunos benedictinos, entre ellos a fray Alonso Ruiz, que por ese tiempo preparaba una obra, espléndida aportación del renacimiento español: el Index locupletissimus in Aristotelis stagiritae opera, es decir, un monumental índice analítico acerca de las obras de Aristóteles, cuyos dos volúmenes publicó la imprenta del monasterio en 1540.

Algunos recursos debieron de tener los padres de Bernardino ya que lo enviaron a estudiar en la Universidad de Salamanca. Allí estuvo durante los años de 1520 y siguientes. Es probable que entre sus maestros se hayan contado juristas tan notables como Francisco de Vitoria, o quien poco después pasó a la Universidad de México, Alonso de la Veracruz. Sin abandonar sus estudios, ingresó en la orden franciscana. Debió de adentrarse entonces en el conocimiento de la historia, tanto la clásica como la de España, y asimismo en el del derecho canónico, la filosofía y la teología escolásticas.

Por ese tiempo Bernardino fue testigo de las grandes alteraciones que se dejaron sentir en España a causa de la rebelión de las comunidades de Castilla. El joven soberano coronado en 1520 como emperador Carlos V era sólo un año menor que Bernardino. Su agitada vida, sin embargo, sería mucho más corta que la del fraile, ya que murió en 1558.

 

El viaje a México

A fines de agosto de 1529, en San Lúcar de Barrameda algunos galeones se aprestaban a zarpar con rumbo a las llamadas Indias Occidentales. Una veintena de franciscanos, encabezados por Antonio de Ciudad Rodrigo, y algunos nobles nahuas llevados un año antes a España por Hernán Cortés y que ahora regresaban, se embarcaban entonces provocando la curiosidad de los andaluces.

Si damos crédito a lo que escribió después el cronista franciscano Jerónimo de Mendieta, la curiosidad debió de embargar de modo especial a las andaluzas que contemplaban a Bernardino, “varón de muy buen presencia y rostro, por lo cual, cuando mozo, lo escondían los religiosos ancianos de la vista común de las mujeres”. Fray Bernardino, entonces de cerca de 30 años de edad, justo en la plenitud de su vida y vigor, estaba a  punto de cambiar por entero el destino de su vida.

Llegado a México, inició su labor de evangelizador entre los nahuas de Xochimilco, Tlalmanalco, el valle de Puebla y Santiago Tlatelolco. En este último lugar se abrió en 1536 el que se conoció como Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco. Los maestros fueron fray Andrés de Olmos, fray Juan de Gaona, el propio Bernardino y otros. En el colegio se enseñaba a los jóvenes indígenas gramática española y latina, música, historia sagrada y universal, literatura clásica y filosofía. La presencia de algunos maestros indígenas permitió a los frailes y estudiantes adentrarse en la farmacología tradicional, la historia, el calendario, los antiguos códices y los textos que contenían la sabiduría moral de Mesoamérica.

Hacia 1546, al tiempo que la gran cocoliztli o peste azotó la Nueva España, Sahagún, en conversación con algunos ancianos en el colegio, verosímilmente inquirió sobre lo que los nativos hacían en caso de pestilencias como ésa. Los ancianos recitaron entonces una oración de gran dramatismo dirigida a Tezcatlipoca. Con la transcripción de ése y otros textos, conocidos como huehuehtlahtolli, testimonios de la antigua palabra, dio Sahagún principio a sus investigaciones sobre la cultura nahua. Años después, hacia 1554, obtuvo de hombres que  acerca de la misma. Ese relato constituye el núcleo principal de los textos que integran la visión de los vencidos.

 

La magna investigación antropológica

 Refiere Bernardino que en 1558 recibió de su superior la orden de emprender aquello mismo que tanto le interesaba. Debería investigar sobre las que describió como “cosas naturales, humanas y divinas” de los antiguos mexicanos. Para ello se trasladó al pueblo de Tepepulco con varios de sus antiguos discípulos: Antonio Valeriano, Alonso Bejarano, Martín Jacobita y Pedro de San Buenaventura. Llevaba consigo un cuestionario que abarcaba los campos sobre los que buscaba información. Se entrevistó con varios principales indígenas ancianos, que aceptaron informarle por medio de pinturas, es decir, valiéndose de sus libros o códices, que iban comentando delante de él. El franciscano se adaptó así al modo indígena de comunicar sus conocimientos, en forma oral y utilizando sus manuscritos con pinturas y signos glíficos. Quiso proceder como el médico que, para curar al enfermo, debe conocer los males que lo afligen. Los frailes, para devolver la salud a los indígenas, debían identificar su más grave enfermedad, la idolatría con sus ritos, que consideraban en servicio del demonio. Este proceder suyo debe ser visto en el contexto de su época.

Con el paso del tiempo Sahagún se interesó directamente, y por ella misma, en la cultura indígena. El filósofo Luis Villoro ha mostrado esto en un trabajo que intituló “Los límites del conocimiento y el aprecio del Otro”. Tanto llegó a estimar Bernardino la cultura indígena, que expresó acerca de algunos de los discursos que transcribió que más aprovecharían a los jóvenes que los sermones predicados por los frailes.

 

Miguel León-Portilla. Miembro de las academias mexicanas de la Historia y de la Lengua, del Colegio Nacional y de la National Academy of Sciences, E.U.A. Autor de numerosas publicaciones y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

León-Portilla, Miguel, “Bernardino de Sahagún. Pionero de la antropología”, Arqueología Mexicana núm. 36, pp. 8-13.

 

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