• 19-sep-2019

Bioarqueología de las prácticas funerarias

Grégory Pereira

A pesar de su extraordinaria variabilidad, los ritos funerarios tienen como objetivo común asegurar el destino de los componentes materiales (el cadáver) e inmateriales (el o las almas, el recuerdo) de los difuntos por medio de protocolos más o menos elaborados. La bioarqueología de las prácticas funerarias, que también ha sido llamada arqueotanatología, estudia los tratamientos que se daban a los difuntos. Procura reconstituir los distintos tiempos de la secuencia funeraria analizando la disposición de los restos humanos en los contextos arqueológicos donde fueron descubiertos.

 

Las sociedades humanas han elaborado un sinnúmero de costumbres y ritos para sus muertos. Complejos y altamente variados, los ritos funerarios obedecen a la lógica propia de la sociedad que los elaboró y de sus circunstancias históricas. La cosmovisión en general, pero también aspectos relacionados con la ideología social, influyen en cada etapa del comportamiento funerario.

A pesar de esta extraordinaria variabilidad y de la dificultad que implica decodificar una expresión altamente simbólica, existen denominadores comunes que tienen que ver con la función de aquellas prácticas. La antropología de la muerte ha señalado que los ritos fúnebres se estructuraban en torno a algunos propósitos fundamentales: 1) asegurar el destino de los componentes materiales (el cadáver) e inmateriales (el o las almas) del muerto por medio de protocolos adecuados y 2) manejar las relaciones entre éste en la sociedad de los vivos (mantener o borrar su recuerdo, reivindicar los lazos entre él y los descendientes, etc.). Se ha observado también que los ritos funerarios forman una secuencia que se asemeja a lo que Arnold Van Gennep designó como un “rito de paso”. Su propósito es asegurar la separación de la persona muerta del mundo de los vivos y su integración, al cabo de la secuencia ritual, al de los muertos. Robert Hertz, por su lado, ha insistido en un aspecto que es fundamental para nuestro propósito: dicha transición de orden simbólico es, a menudo, una metáfora de las transformaciones físicas sufridas por el cuerpo muerto. De hecho, según Louis Vincent Thomas, las prácticas funerarias son una respuesta tanto material como simbólica de las dramáticas transformaciones sufridas por el cuerpo ante la putrefacción.

 

Arqueotanatología y bioarqueología de los comportamientos funerarios

 Si bien parece evidente que el muerto es el elemento central de los ritos funerarios, es sorprendente constatar que, hasta hace poco, el contexto de los vestigios humanos recibía poca atención por parte de los que exploraban y estudiaban los entierros. Los arqueólogos se interesaban sobre todo en la arquitectura de las tumbas y en los objetos bien conservados que contenían, mientras que los antropólogos físicos se enfocaban en reconstituir la características biológicas de la población viva, con base en el análisis de los esqueletos en el laboratorio. Como consecuencia, la interpretación de los tratamientos que se daban a los muertos se basaban en observaciones poco rigurosas y a veces erróneas. Ignoraban a menudo indicios importantes que los trabajos de Henri Duday han puesto de manifiesto: la conservación y disposición de los restos óseos en el sepulcro son la consecuencia de procesos tafonómicos, es decir, de las alteraciones naturales y culturales que ocurren desde la muerte hasta el momento en que se encuentran los vestigios. La descomposición del cadáver y su transformación en osamenta es un proceso natural que depende de las condiciones ambientales. Aunque influye también el manejo cultural del cadáver: el lugar donde se coloca el cuerpo y los tratamientos que favorecen la conservación (momificación, protección) o la destrucción (exposición, cremación, descarnado, etc.) del organismo. La arqueotanatología busca, en la forma en que aparecen los huesos en el contexto arqueológico, indicios para reconstruir la secuencia funeraria; para lograrlo es necesario registrar con detalle las condiciones en que se encuentran, así como los elementos que los rodean.

 

Del entierro a la secuencia funeraria

La arqueología suele estudiar las prácticas funerarias desde la perspectiva de los entierros. No obstante, estos contextos no representan más que una pequeña parte de una secuencia funeraria, la cual inicia con la muerte y acaba con las últimas conmemoraciones relacionadas con el difunto.

Los primeros ritos consisten en “retener” simbólicamente al muerto, tratándolo como si formara todavía parte de los vivos: es lavado, cuidado, vestido, arreglado de tal forma que sea presentado a sus familiares y conocidos (fig. 1a). Al mismos tiempo, se le prepara para el paso al otro mundo, que inicia en el momento del funeral (figs. 1b, 1c). Con aquellas ceremonias el cuerpo va a iniciar su transformación, siguiendo caminos a veces muy distintos. Puede ser directamente enterrado en la tierra o en cualquier lugar, donde se va a descomponer lejos de la mirada de los vivos. Pero, al igual que para los gobernantes mexicas y tarascos (fig. 1c), su destrucción también puede ser acelerada exponiéndolo por ejemplo a las llamas, antes de colocar los restos en una sepultura (fig. 1d). También puede ser inhibido usando técnicas de momificación, como se hacía con los cadáveres en Perú. En otras culturas, como la de los iroqueses de América del Norte, el cadáver puede ser expuesto en un lugar provisional, donde se llevará a cabo la descomposición y, después del tiempo necesario, se recolectan las osamentas para darles su verdadera sepultura. En Mesoamérica no es raro que las tumbas sean visitadas en varias ocasiones para seguir realizando rituales de homenaje al difunto, recoger alguna reliquia o ingresar un nuevo difunto.

Muchos de estos comportamientos dejan huellas, a veces muy sutiles, en el contexto arqueológico, y encontrar aquellos indicios es primordial para conocer la secuencia funeraria. En las líneas que siguen hablaremos de este aspecto mediante el ejemplo de una tumba que fue explorada en el sitio de Guadalupe, asentamiento prehispánico situado en las inmediaciones de la actual ciudad de Zacapu, Michoacán.

 

Cámaras funerarias y entierros múltiples en el Occidente de México

Las culturas del Occidente de México hicieron un énfasis especial en el culto a los muertos. El uso de elaboradas cámaras funerarias, así como los variados objetos que contienen, son elocuentes al respecto. Las famosas tumbas de tiro de Jalisco, Colima y Nayarit suelen contar con un pozo vertical que conecta la superficie con una o varias cámaras subterráneas cavadas en el tepetate. La región michoacana se distingue por contar con tumbas provistas de una entrada lateral a la que se accedía a menudo gracias a una escalera. Los ejemplares más tempranos se remontan al Preclásico Temprano (como tumbas excavadas en el tepetate de El Opeño, Michoacán). Casi dos milenios después, el uso de cámaras funerarias, esta vez construidas con piedras, se vuelve a presentar. Es difícil imaginar que estas tumbas del Epiclásico sean una herencia de El Opeño pero es cierto que cuentan con un sistema de acceso similar. Los hallazgos de Tingambato, Guadalupe (cuenca de Zacapu) y Uricho (cuenca de Pátzcuaro) ofrecen buenos ejemplos de estas cámaras.

Si bien la arquitectura de estas tumbas está bien documentada, los ritos funerarios que se llevaron a cabo en su interior son menos conocidos. Su entendimiento es complicado por el hecho de que incluyen a veces una cantidad muy elevada de esqueletos, a menudo dislocados y dispersos. Son, en realidad, el resultado de prácticas complejas que sólo se pueden entender si se recurre a observaciones bioarqueológicas adecuadas desde el momento de la excavación.

 

Grégory Pereira. Investigador en el CNRS (UMR 8096) y el CEMCA. Doctor en arqueología por la Université Paris 1. Maestro en antropología física por la Universidad de Bordeaux.

 

Pereira, Grégory, “Bioarqueología de las prácticas funerarias”, Arqueología Mexicana núm. 143, pp. 50-55.

 

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