• viernes, 14 de junio de 2019

De cuerpos floridos y envolturas de pecado

Mario Humberto Ruz

 

                                                        Mi corazón está brotando flores en la mitad de la noche.

“Canto del Atamalcuayolan”

Quitaos vuestras ropas, desatad vuestras cabelleras;

quedaos como llegasteis aquí sobre el mundo,

vírgenes, mujeres mozas.

                                                                                                    “Ka y nicté. Canto de la flor”

En el universo mesoamericano, el cuerpo como componente de la persona fue concebido elemento primordial para el mantenimiento de un cosmos que incluso prefiguraba en sus partes; en los centros y entidades anímicas que albergaba encontraban asiento funciones motrices y sensitivas que se concebían de manera distinta a la europea. Tras la conquista, el cuerpo adquirió significados diversos, casi siempre permeados por la idea de pecado, pero incluso hoy es posible vislumbrar ecos del pasado antiguo en la manera en que los mexicanos conciben su corporeidad.

 

Del gozo prehispánico

Incontenible, el cuerpo mesoamericano se desborda proyectándose a la naturaleza completa. Contenido, se imagina y vive como minúsculo cosmos, condenado a desaparecer y reaparecer en un ciclo interminable de renovaciones y reverberaciones: “En yerba de primavera venimos a convertirnos: llegan a reverdecer, llegan a abrir sus corolas nuestros corazones, es una flor nuestro cuerpo: da algunas flores y se seca”, cantó el poeta nahua. Por su parte, embriagado ante el placer del gozo carnal -que su cultura simboliza con la Plumeria o flor de mayo-, declaraba el maya campechano en el umbral de una boda: “Alegría cantamos porque vamos al recibimiento de la flor. Todas las mujeres mozas [tienen en] pura risa y risa sus rostros, en tanto que saltan sus corazones en el seno de sus pechos... darán su virginidad femenil a quienes ellas aman”.

Historias del cuerpo, antropologías del alma. Cincelados, esculpidos en jade, piedra, hueso o madera; modelados en yeso, estuco o barro; pintados o sencilla y magistralmente esgrafiados, se asoman en estelas, espían a través de los murales. Se yergue majestuosa por hierática la deidad, se hinca el jugador de pelota, gira el danzarín, se agazapa un rostro pícaro brotando de caracoles o corolas de flores, mientras a otro le estallan flores cuatripétalas en las mejillas. Las cortesanas parecen tender el oído a las intrigas palaciegas a la vez que escancian las bebidas rituales; la mujer del pueblo se afana frente al telar que urde la manta tributaria. Torsos desnudos, ropajes coquetamente deslizados sobre el hombro frente a senos que caen flácidos. Señores cubiertos de ricos atavíos que mal ocultan el orgullo de cuerpos donde palpita sangre pretendidamente divina; cuerpos de propaganda brutalmente contrastantes con la desnudez del cautivo en ocasiones vuelto escabel de su captor.

Imágenes y figuraciones gigantescas o diminutas, contenidas o desenfadadas, que traslucen formas específicas de imaginar y vivir una peculiar corporeidad, cuyos centros rectores ubicarán los nahuas en una tríada de entidades anímicas -tonalli, teyolía, ihíyotl- vinculadas con el espacio cósmico (cielos superior e inferior e inframundo, respectivamente), el tiempo astrológico y la vida cotidiana; fuentes del vigor y la valentía y, por ende, de la fama y el prestigio social; o de la pasión, el deseo y otros sentimientos, incluidos la codicia, el aborrecimiento y la ira, cuyas emanaciones hepáticas podían dañar a los otros. Raíces de la interioridad, la sensibilidad y el pensamiento que al mismo tiempo relacionaban al hombre con las deidades y con el espacio físico y social (López Austin, 1980, passim).

En el mundo maya, en cambio, el sitio privilegiado parece haber sido aquel del corazón, centro primario del yo; lugar donde se suponía el origen de la mayor parte de las funciones corporales y los sentimientos. Lenguas como la tzeltal mostraban sin ambages tal preeminencia del otan, “corazón”. Así, de acuerdo al Vocabulario de Domingo de Ara (ca. 1560), un hombre pensativo era llamado ghatal otan (“el corazón que piensa muchas veces”); en quien poseía un corazón bravo, ardiente, radicaban fortaleza y valentía; aquel capaz de enfriar o amansar corazones sería un pacificador, muy distante del coghotan, el de “corazón empalagoso”, que “da en rostro”, provocando enfado. Arraigarse algo en el corazón, yal otan, equivale a estar enamorado, pero querer entrar en el corazón de otro haciéndolo '”bajar” vale por “hacerse codiciar hombre o mujer” y “componer” el corazón de alguien podía usarse como un método mágico para lograr su amor. Mientras que lo que el corazón mira puede quedar en él y tentarlo (ylyotan), lo que de él se aparta (yanigh otan) y lo abandona es aquello de lo que uno se arrepiente. Flores (nichim) y juego (loil), elementos placenteros para el hombre, sirven para denotar a un ser alegre (loyotan, nichim yotan), alguien cuyo corazón florece…

Mirada mesoamericana donde las referencias psico-corporales resultan indistinguibles de la vivencia, donde van de la mano sentir y pensar, simbolización y experiencia. Pero el cuerpo desborda su continente; es a la vez marcador de espacios y calendario que norma incluso el transcurrir del tiempo con sus cargas fastas o nefastas. Cuerpo, imagen microcósmica de un universo que el mesoamericano inventa, domestica y nombra a su imagen y naturaleza. Cosmos, espejo magnificado del cuerpo. ¿Cómo extrañarse que uno y otro requieran, para su supervivencia, de una interminable entrega, de una eterna correspondencia?

Una correspondencia que, obvio es, se expresaba entre otras múltiples formas en la ineludible obligación humana de perpetuar la existencia del cosmos a través de su propia reproducción. Labor embriagadoramente aligerada por el deleite sexual:

Oye bien, hija mía, niña mía: no es un lugar agradable la tierra.... [pero] para que no estemos viviendo en lloros por siempre, para que no fenezcamos de tristeza los hombres, él, Nuestro Señor, se dignó darnos la risa, el sueño y nuestro sustento, nuestra fuerza, nuestro brío. Y esto más: lo terrenal (el sexo), para que sea la reproducción. Todo esto embriaga la vida sobre la tierra para que nadie ande llorando (en López Austin, 1980, vol. I, p. 276).

Si su origen divino lo marca el mito, la lingüística hace obvia su naturaleza terrena: sexo se dice en náhuatl tlaltipacáyotl: “lo que pertenece a la superficie de la tierra”, por lo que su origen divino y su ser grato no lo hacían absolutamente perfecto y limpio; se consideraba que liberaba fuerzas de impureza dañinas y mancilladoras, dualidad que explica la existencia de diversas divinidades eróticas: Tlazoltéotl (diosa del placer sensual y la voluptuosidad), Xochiquétzal y Xochipilli (dioses de las flores y el amor). En tanto Xochiquétzal protegía a parteras y embarazadas, la primera lo hacía con las prostitutas y quienes tenían relaciones sexuales ilícitas, es decir, las actividades no relacionadas con la fecundidad.

Para normarlas se recurría a la amenaza de enfermedades buscando encauzar la sexualidad del pueblo:

... todos los pecados y excesos sexuales originaban daños al cuerpo: la enfermedad de pecado conducía a la locura; el pecador perjudicaba con emanaciones nocivas a sus inocentes prójimos; las muchachas que habían perdido la virginidad sufrirían el podrecimiento de sus genitales; el exceso sexual llevaba a la ruina física, a la consunción; el uso de afrodisíacos provocaba la eyaculación ininterrumpida y, con ella. la muerte (López Austin, 1993, p. 88).

Aunque cabe recordar que lo que se entendía por “impuro” variaba según el estrato social, el sexo y el estado civil. Así, se permitía mayor libertad a los plebeyos (quienes quedaban como disolutos e incapaces de gobernarse, amén de que se consideraba que la fornicación disminuía la fuerza del tonalli, del cual dependía en buena medida el poder de gobierno); no se consideraba adulterio la cópula del casado con una soltera, pero sí la de soltero o casado con mujer casada -que se castigaba con la muerte-, muestra de que no se buscaba tanto, en este sentido, defender la integridad del hogar sino el derecho del marido sobre la vida sexual de su mujer (López Austin, ibid.).

Es por tanto claro que las culturas mesoamericanas poseían reglas y preceptos relativos al ejercicio de la sexualidad, aunque diversos en algunos casos a los acostumbrados por los europeos y semejantes en otros, como lo muestra con claridad y belleza otro huehuehtlahtolli donde se insiste en la importancia de la templanza y la discreción, advirtiendo al mancebo:

“... aunque tengas apetito de comer resístete, resiste a tu corazón hasta que ya seas hombre perfecto y recio, mira que el maguey si lo abren de pequeño para quitarle la miel, ni tiene sustancia ni da miel, sino piérdese” (Sahagún, 1979, p. 358).

 

Mario Humberto Ruz. Médico cirujano (UNAM) y doctor en etnología (École des Hautes Érudes en Sciences Sociales de París). Investigador del Centro de Estudios Mayas del IIFL, UNAM, y profesor en esta misma Universidad y en la UAM-Iztapalapa. Divide sus intereses entre la historia colonial y la etnología de los grupos mayas contemporáneos de México y Guatemala

 

Ruz, Mario Humberto, “De cuerpos floridos y envolturas de pecado”, Arqueología Mexicana núm. 65, pp. 22-27.

 

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