• martes, 19 de junio de 2018

Edzná, Campeche

Antonio Benavides C.

 

A la manera de un singular palimpsesto, la antigua ciudad de Edzná pareciera haber sido borrada y vuelta a inventar muchas veces, al menos tantas como los vuelcos que han dado las distintas hipótesis y versiones sobre el origen, esplendor y caída de la civilización maya. Este sitio ha guardado en capas, como una cebolla pétrea, la historia de su principio y de su fin, la cual va ofreciendo lentamente a la paciencia reservado aún numerosos secretos.

 

En el occidente de la península yucateca, a unos 50 km tierra adentro, una pequeña comunidad tomó posesión de las tierras de un amplio valle en forma de herradura, alrededor del año 600 antes de nuestra era. Sus habitantes practicaban la agricultura y la alfarería, aprovechaban los numerosos recursos de la selva y compartían una misma tradición cultural con muchos otros asentamientos tempranos de lo que se convertiría en el mundo maya.

El poblado creció paulatinamente y con él la complejidad de su estructura social. Una familia se hizo cargo de la organización, supervisión y control del trabajo colectivo. Esa familia, origen del linaje o dinastía gobernante, afirmó mantener fuertes vínculos con os fenómenos naturales y con los seres invisibles que todo disponían.

Quienes tuvieron habilidad para observar el paso de los astros y llevar cuenta de ello, para proporcionar salud con el adecuado uso de la flora, para elaborar implementos útiles o bellos, para comerciar productos y artículos exóticos o de difícil acceso, formaron otros grupos familiares no dedicados expresamente a la producción de alimentos y de materias primas.

Se formó así una sociedad estratificada, en la que el parentesco y la especialización del trabajo, normados por un rígido y complejo sistema religioso, marcaban el acceso del individuo a los bienes y a los servicios. La organización del trabajo comunal llevó a construir grandes edificios para beneplácito de las deidades, al igual que amplias viviendas de mampostería para quienes gobernaban. Un gran porcentaje de la población se dedicaba a producir alimentos y manufacturar objetos de uso cotidiano, así como a proporcionar los servicios y los materiales que fuesen necesarios para construir obras públicas y para su mantenimiento.

 

Un admirable sistema hidráulico

Además de las construcciones monumentales, los antiguos habitantes de Edzná crearon un ingenioso sistema hidráulico que permitió la captación de agua pluvial, facilitó el drenaje de grandes sectores inundables y coadyuvó a obtener una mayor producción agrícola. El sistema contaba con 13 canales principales de varios kilómetros de longitud, 31 canales alimentadores, 84 depósitos y un eficaz juego de desniveles que facilitaba la distribución del agua.

El núcleo de esa antigua ciudad creció, aglutinamiento numerosos edificios a lo largo de varios siglos, hasta formar un gran grupo arquitectónico que hoy llamamos Gran Acrópolis. El término “acrópolis” fue tomado en préstamo desde los años treinta, aludiendo a la ciudadela de la antigua Atenas en cuanto que es el punto más elevado de la zona, mas no por el hecho de estar fortificada. Además, existes otros 20 grupos arquitectónicos como el de la Pequeña Acrópolis o el de La Vieja Hechicera, que están distribuidos en una superficie aproximada de seis kilómetros cuadrados.

 

Antonio Benavides. Arqueólogo de la ENAH con maestría en antropología. Investigador del Centro INAH-Campeche.

 

Benavides, Antonio “Edzná, Campeche”, Arqueología Mexicana núm. 18, pp. 26-31.

 

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