• 12-dic-2019

¿El Ángel caído?

A los caídos en los sismos de septiembre de 2017

No. No me refiero a Luzbel expulsado del cielo y echado a los recónditos infiernos. Me refiero al Ángel de la Independencia que corona el monumento del mismo nombre en el Paseo de la Reforma. Tenemos que remontarnos al siglo XIX cuando, allá por 1843, el presidente Santa Anna convoca para que en plena plaza de la Constitución (nombre asignado en honor de la Constitución de Cádiz de 1812) se erigiera un monumento a la Independencia. Sólo se hizo la base o zócalo del mismo, que quedó sin construirse por las vicisitudes de la guerra. Los restos de este zócalo se encontraron recientemente durante las obras de remodelación del Zócalo capitalino en 2017, los que no fueron dejados a la vista pública pese a que aquel fallido intento fue el que dio nombre a la Plaza Mayor de la Ciudad de México que desde entonces conocemos como Zócalo.

Pasamos ahora al 2 de enero de 1902. Porfirio Díaz coloca la primera piedra en el Paseo de la Reforma para construir un monumento a la Independencia. El concurso lo gana el arquitecto Antonio Rivas Mercado y la obra queda a cargo del ingeniero Roberto Gayol, y las figuras de los héroes, del italiano Enrique Alciati. Así las cosas, da comienzo la erección del símbolo patrio, pero ¡horror!, se descubre que hay una desviación que puede amenazarlo y se decide desmontarlo para, en 1906, emprender de nuevo su construcción. Ahora sí tiene éxito y el monumento es inaugurado por el anciano presidente el 16 de septiembre de 1910 como parte de la conmemoración del Centenario de la Independencia. En su parte alta vuela –o está a punto de hacerlo– la Victoria Alada, que porta un laurel para los héroes y una cadena rota como símbolo de libertad. Más tarde, en su interior se depositan los restos que se trasladaron de la Catedral al simbólico pedestal, que queda así como mausoleo que guarda los restos de varios héroes de la gesta independentista.

El 28 de julio de 1957 un sismo
derriba el Ángel y éste rueda por los
suelos. La escultura de alrededor de 6 metros de altura y 7 toneladas de peso queda
destrozada. Se restaura y es reinaugurada
años después. La figura de bronce luce espléndida y remata el ahora mausoleo de los
héroes. Los sismos de septiembre de 2017 le hacen lo que el viento a Juárez pero aquella caída aportó datos interesantes relacionados con el monumento. El común de la gente piensa que el rostro del Ángel fue copiado de una de las hijas del arquitecto Rivas Mercado, pero al parecer no fue así. Su hija menor, Alicia, sirvió para hacer un medallón que luce en la parte baja del monumento. Pero entonces ¿quién fue la joven que se representó en la alada figura? Aquí empieza una historia interesante que fue revelada por don Gerardo Mendive Michelini, quien reunió la documentación pertinente de especialistas en la Ciudad de México como Carlos Martínez Assad y Héctor de Mauleón (Mendive, 2014). Resulta que quien sirvió como modelo para las piernas y el rostro del Ángel fue la costurera Ernesta Robles, que por entonces tenía 23 años y que, según se dice, gustaba de los bailes de salón. Todo lo anterior lo confirmó la misma Ernesta al ser entrevistada después de la caída de la escultura cuando tenía 77 años de edad, aportando pruebas como fotografías y recortes periodísticos.

Pero no paró ahí el asunto. Don Gerardo nos sigue ilustrando al citar a Marcelo Yarza, quien cuenta una historia de amor inesperada. Resulta que el obrero Jaime Contreras fue testigo de la caída del Ángel aquella madrugada y se acercó al destrozado monumento. En la cabeza encontró una carta que había sido colocada por el fundidor de la pieza al momento de ejecutar la obra. El despechado operario había sufrido el abandono de su amada y acudió a tan peculiar manera para dejar constancia de su dolor.

Estos relatos insólitos son parte de la historia de nuestra ciudad. La necesidad de perpetuar un amor, el poder, la vanidad o cualquier otra extravagancia de la humana naturaleza busca caminos insospechados. Cuando don Porfirio puso la primera piedra del Ángel de la Independencia en 1902, se colocaron en un cofre los siguientes objetos: un retrato firmado por el mandatario; una copia del título del arquitecto Rivas Mercado; monedas de plata; ejemplares de varios periódicos, y el evento terminó con un poema recitado por Juan de Dios Peza, amigo que fuera del infortunado Manuel Acuña, quien dejara constancia de su amor por Rosario en el célebre poema dedicado a ella... Poco después se suicidó en su cuarto de la Escuela de Medicina.

 

Agradecimientos

Al doctor Alfredo López Austin por haberme sugerido que escribiera sobre este asunto.

 

Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.

 

Matos Moctezuma, Eduardo,  “¿El Ángel caído?”, Arqueología Mexicana núm. 150, pp. 86-87.

 

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