• 20-nov-2019

El Lienzo de Jucutacato. La historia sagrada de los nahuas de Jicalán, Michoacán

Hans Roskamp

En el Lienzo de Jucutacato se muestra la visión que la gente de Jicalán tenía respecto del origen de sus antepasados, la fundación de su asentamiento y el inicio de los principales oficios de sus pobladores. Se trata de una historia sagrada que constituye una compleja combinación de datos históricos y míticos que no solamente servían para legitimar sus reclamos de minas y recursos naturales, sino que también expresaban su identidad colectiva frente a los grupos de vecinos tarascos.

 

Minerales en disputa

En la época prehispánica, la Tierra Caliente era altamente apreciada por sus abundantes recursos naturales: oro, plata, cobre, sal, cacao y algodón, entre otros. En el Posclásico Tardío, los tarascos del centro de Michoacán tuvieron acceso a ellos mediante el comercio y ocasionales incursiones militares. No obstante, a partir de la segunda mitad del siglo XV lograron tomar el control directo de la mayor parte de la Tierra Caliente e impusieron un sistema de tributos que les aseguraba el flujo constante de los mencionados recursos. Especialmente deseado era el cobre, que –en aleación con otros minerales– permitió elaborar una amplia diversidad de herramientas y de objetos suntuosos: hachas, palas (como la coa), puntas de lanza, ganchos para pescar, amuletos, cascabeles, brazaletes y pinzas, entre otros. Tras la llegada de los españoles en 1522, los indígenas siguieron trabajando sus minas y fundiciones, pagando una parte de su producción como tributo a los encomenderos y corregidores. Al mismo tiempo, hubo españoles que descubrieron y explotaron nuevos yacimientos minerales o bien lograron apoderarse de antiguas minas abandonadas. La posesión y explotación de esos recursos pronto fueron motivo de múltiples conflictos, no solamente entre indígenas y españoles sino también entre los propios nativos. Las partes involucradas generalmente intentaban resolver los desacuerdos ante las autoridades establecidas, presentando testimonios orales y escritos para apoyar sus respectivos puntos de vista. 
En agosto de 1565, las autoridades del pueblo nahua de Jicalán acudieron al teniente del alcalde mayor de Pátzcuaro para quejarse de que los tarascos del asentamiento vecino de Urecho habían invadido sus minas de cobre y de matiz, un mineral con que pintaban sus jícaras. Los supuestos invasores replicaron que los únicos dueños legítimos de los minerales eran los antiguos reyes tarascos y sus descendientes coloniales, don Antonio y don Pablo Huitzimengari, quienes le otorgaron un permiso a Urecho para explotar esos recursos a cambio de tributos en especie. Los representantes de Jicalán insistieron en que tenían derecho a los recursos desde que sus antepasados los habían descubierto hacía mucho tiempo. La detallada historia de este descubrimiento, directamente ligada a la fundación del propio pueblo, se encuentra representada en un gran lienzo de algodón de 2.63 por 2.03 m, que actualmente se conserva en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (ciudad de México).

 

Roskamp, Hans, “El Lienzo de Jucutacato. La historia sagrada de los nahuas de Jicalán, Michoacán”, Arqueología Mexicana núm. 123, pp. 47-54.

 

 Hans Roskamp. Doctor por la Universidad de Leiden y profesor-investigador de El Colegio de Michoacán.

 

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