• 25-ene-2020

El muerto al hoyo y el vivo al pollo

Elisa Ramírez

Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida,
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?

Xavier Villaurrutia, “Décima muerte”

 

En todas las Es el tránsito más duro e inexplicable para los hombres –con la sola excepción tal vez del nacimiento-, y la separación del culturas y en todos los tiempos, la muerte ha sido objeto de reflexión, ceremonias y rituales. mundo de los vivos y el de los muertos requiere minuciosos cuidados y es motivo de rigurosos tabúes. Las religiones se han preguntado e intentado responder acerca del destino de los muertos, y prometen una vida posterior o el retorno a nuestro mundo. El impacto de la muerte sobre los vivos y su actitud ante la pérdida llena miles de libros de psicología, escatología y demás. Todas las mitologías narran el viaje de los muertos al inframundo y las peripecias que se deben enfrentar allá; sacerdotes, chamanes y héroes son los únicos que logran franquear las fronteras entre ambos mundos.

 

El arte y la muerte

También el arte se ocupa de este tema: teatro, danza, poesía, plástica y artes populares. La muerte y el duelo son tema obligado prácticamente para todos los escritores y poetas. Sobresalen en nuestra literatura “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, poema que Jaime Sabines escribió tras el fallecimiento de su padre, y Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia. Ante el carácter absolutamente misterioso de la muerte, la literatura borda sobre el oscuro fin de toda vanidad, sobre la brevedad e incertidumbre de la vida, sobre nuestro breve tránsito por el mundo, al que sólo llegamos prestados: “Muerte sin fin”, de José Gorostiza, sería el ejemplo moderno más representativo de este tipo de poesía.

En las artes plásticas mexicanas sobresalen los retratos mortuorios de la Colonia: las monjas coronadas. Ricamente ataviadas, muestran una muerte plácida. Para las monjas, casadas místicamente con Cristo, la muerte es el momento de celebrarlos verdaderos esponsales en la Santa Gloria. También los niños muertos (y bautizados) van directamente al cielo; no sólo hay retratos mortuorios de los “angelitos” sino también fotografías, que hacen las veces de recordatorio para la familia y presentación ante los seres divinos –el duelo aunado a la religión, necesariamente nos hace recordar la resurrección y, sobre todo, a la Virgen María, que no hubo de esperar al fin de los tiempos para ascender con su Hijo.

A finales del siglo pasado, a través de las hojas volantes, el grabado sale a las calles y las “calaveras” se convierten en  parte de la imaginería popular colectiva. Casi todo el arte posterior acudirá a los íconos –religiosos, tremendistas y caricaturescos- nacidos del taller de Antonio Venegas Arroyo, que resume y recrea la vida cotidiana durante casi 50 años.

Más tarde, tras la Revolución , la muerte adquiere otro cariz en la pintura mural: es símbolo de denuncia, de entrega a las causas y luchas nacionales. Más adelante la muerte pierde su carácter épico y vuelve a ser sinónimo de desasosiego, la obsesión y presencia mórbida en la plástica. La muerte, así vista, suele ser solemne y lúgubre.

 

Elisa Ramírez Castañeda. Socióloga, poeta, escritora para niños y traductora. Colaboradora permanente de esta revista.

 

Ramírez, Elisa, “Mitla, pueblo de almas”, Arqueología Mexicana núm. 40, pp. 62-65.

 

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