• 13-sep-2019

El Popocatépetl y la legendaria lluvia de fuego

Patricia Plunket Nagoda, Gabriela Uruñuela Ladrón de Guevara

Tras muchos años de relativa calma, en 1994 el Popocatépetl entró en una nueva fase eruptiva, y desde ese momento ha sido cuidadosamente vigilado por autoridades y científicos. Su actividad en el pasado, que incluye dos erupciones de gran magnitud documentadas por geólogos y arqueólogos, proporciona información que nos ayuda a entender la compleja relación entre la montaña humeante y las comunidades prehispánicas que pueblan sus faldas y los valles de ambos lados de la Sierra Nevada.

 

Al pasar por Cholula en octubre de 1519, Hernán Cortés (1940, pp. 67-68) se maravilló de la gran montaña que emanaba “…tan grande bulto de humo como una casa, y sube encima de la sierra, hasta las nubes, tan derecho como una vira; que según parece, es tanta la fuerza con que sale, que aunque arriba en la sierra anda siempre muy recio viento, no lo puede torcer”. Intrigado, envió entonces a diez de sus hombres con guías locales a subir a la cima para “…saber el secreto de aquel humo de dónde y cómo salía”, y, al acercarse, “…dicen que salía con tanto ímpetu y ruido, que parecía que toda la sierra se caía abajo”. Éste constituye el primer relato español sobre el Popocatépetl, la “montaña humeante”, pero las comunidades indígenas conocían una tradición más larga basada en su propia experiencia con el enorme volcán, que, como ahora sabemos gracias a investigaciones geológicas y arqueológicas, tuvo numerosos estallidos antes de 1519, que en ocasiones provocaron formidables desastres ecológicos para los habitantes de los alrededores de la Sierra Nevada (Plunket y Uruñuela, 2008). En la Leyenda de los Soles (1558), voces nahuas relatan la historia de cuatro creaciones (o soles) que fueron destruidas por distintas fuerzas naturales. Ahí se narra que el tercer sol fue extinguido por una lluvia de fuego:

 

Su signo era 4-Lluvia. Se decía Sol de Lluvia [de fuego]. Sucedió que durante él llovió fuego, los que en él vivían se quemaron. Y durante él llovió también arena. Y decían que en él llovieron las piedrezuelas que vemos, que hirvió la piedra tezontle y que entonces se enrojecieron los peñascos (en León-Portilla, 1964, p. 39).

 

La descripción no deja duda de que el mito hace referencia a una erupción volcánica de proporciones monumentales, no igualada por ninguna que haya habido en tiempos históricos en el altiplano, pues en ningún texto de los últimos cuatro siglos se describe un evento que pudiera ser de magnitud mayor al nivel 3 en el índice de explosividad volcánica (IEV, calculado con base en la masa expulsada y la altura de la columna eruptiva en una escala de 0-8). De hecho, los geólogos sólo han registrado cuatro o cinco sucesos catastróficos del Popocatépetl en los últimos 5 000 años (Delgado y Trilling, 2008, p. 1). Desafortunadamente para las poblaciones prehispánicas del Centro de México, pero afortunadamente para la arqueología, dos de estos acontecimientos tuvieron un notable impacto sobre el paisaje de la Sierra Nevada y dejaron clara evidencia de su violencia en los asentamientos cercanos.

La erupción del siglo I

El primero de esos dos eventos tomó lugar a mediados del primer siglo de nuestra era, cuando el volcán emitió una columna eruptiva que alcanzó entre 20 y 30 km de altura y cuyo colapso depositó 3.2 km3 de piedra pómez sobre el flanco nor-oriental de la montaña (Panfil et al., 1999). Cientos de casas en las laderas fueron sepultadas por el material piroclástico, y la evidencia arqueológica enseña que, aunque la población escapó del cataclismo, tuvo que abandonar buena parte de sus bienes al huir. Este tipo de erupción pliniana frecuentemente se acompaña de aguaceros intensos y tormentas eléctricas espectaculares, lo que seguramente provocó aún más miseria y pánico entre los habitantes de las faldas del volcán. Poco después, un masivo flujo de lava cubrió otros 50 km2 del fértil pie de monte y creó un voluminoso pedregal que alteró la hidrología del occidente del valle de Puebla y exacerbó la destrucción y los problemas que enfrentaban las comunidades.

 

Plunket Nagoda, Patricia, y Gabriela Uruñuela Ladrón de Guevara, “El Popocatépetl y la legendaria lluvia de fuego”, Arqueología Mexicana, Núm. 95, pp. 59-63.

 

Patricia Plunket Nagoda. Doctora en arqueología por la Tulane University. Catedrática, investigadora y jefa del Departamento de Antropología de la Universidad de las Américas en Cholula, Puebla. Ha publicado sobre el ritual doméstico, desastres naturales y procesos de abandono.

Gabriela Uruñuela Ladrón de Guevara. Doctora en arqueología por la UNAM. Catedrática e investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad de las Américas en Cholula, Puebla. Directora del Museo de la Ciudad de Cholula. Sus publicaciones abordan la bioarqueología, las prácticas mortuorias, la arqueología de desastres y la organización doméstica.

 

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