• 22-ago-2019

La casa real de Tenochtitlan

María Castañeda de la Paz

 

Presentación

Con este breve artículo damos inicio a una serie dedicada a cada uno de los gobernantes de la casa real de Tenochtitlan, desde los tlatoque de época prehispánica, a los gobernadores indígenas coloniales, pasando por los cuauhtlatoque del periodo inmediato a la conquista. No obstante, este primer artículo de la serie abre con una introducción que permitirá contextualizar al pueblo tenochca y a sus señores.

 

Los códices y las crónicas más antiguas que tenemos indican que los tenochcas procedían de un lejano lugar, situado en un difuso norte, conocido como Aztlan, de ahí que en los primeros tiempos este pueblo fuera conocido con el nombre de aztecas. Las fuentes señalan, asimismo, que los aztecas salieron de Aztlan por orden de su dios Huitzilopochtli, quien en forma de águila o colibrí solía comunicarse con sus sacerdotes. Los aztecas iniciaron así un largo camino lleno de vicisitudes hasta llegar a Tenochtitlan, donde Huitzilopochtli volvió a manifestarse con el fin de indicarle a su pueblo que ése era el lugar por él elegido y su destino final. Todos sabemos que Tenochtitlan se fundó en un islote en medio del gran lago de Texcoco, que la mayoría de los documentos concuerdan en decir que le pertenecía a Azcapotzalco, capital del pueblo tepaneca. El islote recibió el nombre de Mexico, que se traduce como “en el lugar de Mexi o Meçitli”, otro de los nombres de Huitzilopochtli, de ahí que los peregrinantes recibieran después el nombre de mexicas. No obstante, como en una parte de la isla vivían los tlatelolcas y en la otra se asentaron los tenochcas, es necesario hacer la diferencia entre mexicas- tlatelolcas y mexicas-tenochcas.

Ahora bien, que fuera el dios el que señalase el lugar donde los tenochcas debían vivir, legitimaba por sí misma la nueva fundación, el establecimiento de una casa real y el derecho de sus miembros a gobernar. Es lo que explica la importancia de construir un templo que albergara a Huitzilopochtli, y que como era habitual entre los pueblos peregrinantes, no se trataba de una escultura de bulto redondo sino un envoltorio, generalmente hecho de mantas, en cuyo interior había una serie de objetos que representaban a la esencia de la divinidad (una espina, cuentas de piedras, cabellos, puntas de flecha, etc.). A este bulto sagrado se le conocía con el nombre de tlaquimilolli.

Durante su etapa migratoria, los aztecas estuvieron liderados por diferentes sacerdotes, aunque dicen algunas historias, que en Tzompanco (hoy Zumpango), una mujer mexica entabló relaciones matrimoniales con un noble de este lugar y que fruto de esa unión nació Huitzilíhuitl. Algo que debemos entender como un primer intento de los peregrinantes por entablar relaciones con las casas reales de la Cuenca de México, en busca de un líder político. No obstante, la vida de Huitzilíhuitl fue breve porque lo mataron durante su estancia en Chapultepec, motivo por el cual la vida de los migrantes volvió a estar en manos de los sacerdotes, de los cuales el más renombrado es Tenoch. Su nombre se traduce como “Tuna (noch-tli) de Piedra (te-tl)” y no es fortuito que evoque el nombre de Tenochtitlan, o que el glifo onomástico de uno sea idéntico al glifo toponímico del otro: una piedra con un nopal y sus frutos, o simplemente la piedra con la tuna (el nochtli).

Dos fuentes recogen de manera detallada, pero en planos muy diferentes, el entorno donde se fundaría Tenochtitlan. Por un lado está el relato de fray Diego Durán, quien señala que lo primero que los sacerdotes vieron fue paisaje sagrado, donde el ahuehuete, los sauces, las cañas, los tules o espadañas eran blancos y también todos los animales (ranas, pescados y culebras). Esa visión iba ligada a la siguiente, la imagen de Huitzilopochtli sobre el nopal, que nacía en una piedra, pronóstico de que allí debía fundarse Tenochtitlan. Fue entonces cuando el dios mandó dividir la tierra en cuatro parcialidades, cada una de las cuales recibió el nombre de un santo patrón en la Colonia, el cual hoy todavía se conserva: San Juan Moyotlan, San Pablo Teopan, San Sebastián Atzacualco y Santa María Cuepopan.

El otro relato es pictográfico, es el que está en el f. 1r del Códice Mendoza. Una lámina en la que se ensalzó el origen divino de su historia, pintando el pronóstico que señalaba a Tenochtitlan como la ciudad elegida por Huitzilopochtli, así como la toma de posesión del territorio, de ahí que bajo el topónimo estén los símbolos de la guerra (escudo y flechas), o que en el Teocalli de la Guerra Sagrada del Museo Nacional de Antropología veamos al águila al grito de guerra, a través de la convención pictográfica del atl-tlachinolli, representada por una corriente de agua y otra de tierra quemada saliendo de su pico.

Entre los diez fundadores de esta lámina está Tenoch, al que reconocemos por su glifo onomástico y una glosa sobre su tilma. Sin embargo, y a diferencia del resto, él es el único que aparece sentado sobre asiento de petate y con la vírgula de la palabra, en calidad de gobernante, pero no tlatoani. También es el único caracterizado como un sacerdote, por llevar la cara y los pies pintados de negro, y el cabello largo atado en la nuca. El resto son guerreros, lo que detectamos a través del peinado del temíllotl, una pequeña cola atada sobre la cabeza.

Se dejó por tanto claro que Tenoch era un líder político-religioso pero sin el estatus de tlatoani, de ahí que no lleve la diadema de turquesa (la xihuitzolli) ni esté en asiento de petate con respaldo (tepotzoicpalli). Si Tenochtitlan se fundó, como indica la lámina, en el año 2 casa (1325), tuvieron que pasar 52 años para que Acamapichtli llegara al poder. O sea, lo hizo en 1 pedernal (1376), considerando que los mesoamericanos contaban de manera inclusiva (contabilizando, entonces, el año de 1325 y el de 1376).

Lo que sabemos de este periodo de la historia es que los tenochcas iniciaron sus andanzas bajo el yugo tepaneca, pues como ya se dijo, en tierras de Azcapotzalco fue donde se asentaron. Por tanto, bajo sus órdenes hicieron las dos guerras, que se reflejan en la lámina: una contra Colhuacan (la capital tolteca) y otra contra Tenayuca (la capital chichimeca), los dos centros más importantes de la región en ese tiempo.

 

María Castañeda de la Paz. Doctora en historia por la Universidad de Sevilla, España. Investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Estudia la historia indígena prehispánica y colonial del Centro de México, y se especializa en la nobleza, la heráldica, la cartografía y los códices históricos indígenas.

 

Castañeda de la Paz, María, “La casa real de Tenochtitlan”, Arqueología Mexicana núm. 141, pp. 16-17.

 

Si desea adquirir un ejemplar: 

http://raices.com.mx/tienda/revistas-la-turquesa-AM141