• 11-nov-2019

La conversión de los ídolos

Claude-François Baudez

Algunas grandes piedras mexicas y las estatuas mayas fueron todas reutilizadas como pilas bautismales, pero de forma muy diferente; en el primer caso, el agua bautismal corría horizontalmente con una ligera pendiente, mientras que en el segundo estaba cerca del escurrimiento vertical. Esos monumentos antiguos no daban solución práctica alguna al ritual del bautizo. No fue para ahorrarse la talla de una pila que los misioneros recurrieron a una piedra cilíndrica o a una estatua; tampoco fue por afán de estética. La finalidad de la operación era “bautizar” la piedra, otra forma de erradicar el paganismo y la obra de Satán.

 

No es de extrañarse que el Sol desempeñe un magno papel en la escultura monumental mexica por compartir con la Tierra la mayor parte de los beneficios del culto, y en particular de los sacrificios sangrientos. Así se manifiesta en tres aspectos principales. En forma “genérica” se representa como un conjunto de anillos concéntricos de anchura y contenido variables, dispuestos alrededor de un círculo central, interrumpidos a intervalos regulares por elementos radiantes, lancetas autosacrificiales y rayos solares, en alternancia, por lo que su estructura es a la vez concéntrica y radiante.

El Sol “específico” es el quinto y el último de una serie de eras universales sucesivas; la expresión 4 movimiento (o temblor de Tierra), formada por el glifo olin y cuatro puntos, lo representa en el centro de la composición. En su forma más compleja se colocan en sucesión los nombres de los cuatro soles precedentes, de forma que antecedan a 4 olin: 4 jaguar (océlotl), 4 viento (ehécatl), 4 lluvia (quiáhuitl) y 4 agua (atl).

 Lo que en este artículo llamamos piedras del Sol, son cilindros, discos, cubos y otros paralelepípedos, así como piletas de pequeño tamaño, con representaciones del Sol –en una de sus tres formas– como motivo principal. Con frecuencia su representación va acompañada, en las esculturas mayores, de una imagen del cielo (conformado por estrellas) y de la Tierra (retrato de Tlaltecuhtli o alusiones al descenso de los demonios tzitzimime).

La interpretación de las piedras del Sol de ningún modo es fácil, por tratarse de un conjunto a la vez reducido a una docena de ejemplares y muy variado. Las que por milagro llegaron hasta nosotros, escaparon a la sistemática empresa de destrucción de los conquistadores españoles. Por tanto, para comprender su sentido y su función, se debe completar el análisis de su morfología y de su iconografía con los textos e imágenes de las crónicas coloniales. En esos documentos se interpretan con frecuencia las piedras ya sea como recipientes de ofrendas sangrientas (llamados cuauhxicalli, jícara del águila), o como temalácatl, donde danzaba la víctima del sacrificio gladiatorio (tlauauanaliztli). Además, está la piedra sobre la cual se levantaba la estatua del Sol, el día de su fiesta en 4 olin.

 

Baudez, Claude-François, “La conversión de los ídolos”, Arqueología Mexicana, núm. 122, pp. 18-29.

 

 Claude-François Baudez. Director de investigación honorario del Centre National de la Recherche Scientifique de Francia. Ha realizado investigaciones arqueológicas en Costa Rica, Honduras y México.

 

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