• 5-abr-2020

La indumentaria indígena

María Teresa Pomar

Los textiles

Desde tiempos remotos y en diferentes latitudes del mundo han existido los filamentos tejidos que llamamos textiles. Quizá su hechura se remonta a cuando el hombre trashumante torció las fibras vegetales que encontró en su entorno: bejucos, lianas, varas arbóreas flexibles, juncos, espadañas, etc., para atar sus escasas pertenencias y así facilitar su transportación.

Las cestas, trampas para caza y pesca (nasas), hamacas, petates, ayates y capotes de palma tejidos con fibras suaves o semiduras susceptibles de hilarse y entrelazarse, se consideran textiles, En un principio, estas se trabajaban con los dedos y con urdimbre suelta.

Algunos investigadores sitúan el surgimiento del  textil en fechas anteriores al de la cerámica, lo que lo ubicaría como la más antigua de artesanías. De acuerdo con su desarrollo, los grupos humanos requirieron proteger sus cuerpos de las adversidades climáticas o quizá a la escasez de pieles apareció vestido. Éste, conforme avanzaban las sociedades, evolucionó hacia el tejido de fibras más suaves como el pochote, el algodón silvestre, el ixtle, etc., para cuyo manejo se elaboró un telar rudimentario llamado “de marco”, que se transformó en el telar de cintura. Ambos se utilizan aún y merced a la capacidad y habilidad del ser humano se han podido realizar tejidos  de mayor tamaño y complejidad técnica.

La indumentaria prehispánica

Además de su sentido utilitario, la indumentaria permite la identificación étnica social, económica cultural de sus portadores  A su llegada al continente americano, los invasores europeos encontraron la elaboración de textiles en un estado impresionante de desarrollo. Los misioneros-historiadores y los viajeros del siglo XVI han dejado constancia de los atuendos de aquella época. Quizá los más acuciosos en sus descripciones sean fray Bernardino de Sahagún y fray Diego Durán. También en los códices, en los pictogramas y en la estatuaria encontramos gran información sobre los atuendos de las diferentes culturas que poblaban el continente. Es muy temprano, en el siglo XVI, cuando se producen un gran cambio en la indumentaria de los pueblos nativos, por razones moralistas propias de las concepciones religiosas y culturales de los conquistadores.  Como sabemos, la mayoría de los hombres sólo vestía un máxtlatl, especie de paño, de ixtle para uso popular y de algodón para las clases altas, que “cubría sus vergüenzas” -el cual se sujetaba a la cintura y pasaba por la entrepierna-, y un lienzo llamado tilmatli, confeccionado en los mismos materiales que el máxtlatl, que se ataba al hombro y servía para desempeñar diferentes actividades  como la pizca, el transporte de carga, etc.

Las mujeres del pueblo vestían una especie de falda llamada cueitl y generalmente llevaban el torso descubierto; en algunos casos usaban una faja para sujetar las enaguas. En muchas ocasiones usaban el  mamalli, prenda que servía tanto para cargar a los niños como para transportar todo tipo de objetos.

Sólo a personajes de las altas jerarquías militar, religiosa o social se les permitía vestir ropas de algodón más elaboradas y ricamente ornamentadas con plumas, pelo de conejo y filamentos de gusanos  como el de madroño. Las mujeres de las clases altas utilizaban huipiles y se dice que el llamado quechquémitl era un atuendo reservado a las divinidades y a sus servidoras. El uso indebido de estas prendas podía  costar la vida a los transgresores; por ejemplo, los macehuales no podían usar ninguna prenda elaborada con algodón, so pena de muerte.

Cambios en el virreinato

A partir de la llegada de los españoles a América se obligó a los indígenas a cambiar su indumentaria. A las mujeres se les cubrió el torso con blusas confeccionadas y comenzaron a utilizar las enaguas de pretinas y los delantales. La indumentaria indígena contemporánea, sobre todo la femenina, sigue conservando, más de 500 años después, sus  viejos cueitl, huipiles y quechquémitl, fajas y mamalli, algunos adornos para el cabello, collares y aretes, A los hombres se les impuso el uso de pantalones y camisas; se mantuvo el uso de la tilma, que se transformó en el gabán y en la faja -como derivación del máxtatl-, que se utilizaba como ceñidor o cinturón.

Miguel Othón de Mendizábal explica que a los conquistadores no les interesaba entrar a las humildes casas para descubrir ídolos y objetos de idolatría y de paso saquear objetos de oro, que no había, y por lo tanto pasaban por alto su modesto bagaje textil. De esta manera los viejos diseños y las antiguas jaculatorias labradas en sus huipiles y quechquémitl persistieron como una herencia transmitida de generación en generación, que encontró refugio en el vestido femenino y el humilde ajuar hogareño, así como también en las servilletas para las tortillas y en los manteles de compromiso. Así se explica que hayan llegado hasta nuestros días estos objetos en los que se siguen utilizando muchos motivos y diseños cuyo significado se ha perdido aun para las mismas tejedoras, pero que siguen vigentes en sus conceptos estéticos y tradicionales.

Todo ello, aunado a la escasez de telas importadas de España, de muy difícil y onerosa adquisición para que las  vistiera el pueblo, permitió a los indígenas seguir sembrando, hilando y tejiendo algodón y agave a la usanza tradicional, es decir, con el telar de cintura y de acuerdo con sus viejas técnicas y diseños, los cuales, en muchos casos, eran aplicados por las mujeres en la ropa que confeccionaban para los hombres.

Además, al terminarse las restricciones sobre el uso de algunas prendas de vestir y de varios materiales, el pueblo las hizo suyas con algunas modificaciones, según se puede ver en las pinturas de castas de los siglos XVII Y XVIII.

Confeccionado según las disposiciones asignadas para cada clase social, el xicolli se ha transformado en algunas regiones de los Altos de Chiapas y Guatemala en el llamado chuj, y en otras regiones de México, en la prenda llamada cotorina, muy usada por la gente del campo.

 

Maestra María Teresa Pomar. Presidenta de Populart y directora del Museo de Arte Popular de la Universidad de Colima. Miembro honorario de la CACREP, Guanajuato. Exdirectora del Museo Nacional de Artes e Industrias Populares del INI.

Pomar, María Teresa, “La indumentaria indígena”,  Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 19, pp. 32-39.

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