• 22-oct-2021

La obsidiana en Mesoamérica

Es el material natural más eficiente para la elaboración de instrumentos de corte, como las navajas, y de penetración por impacto, como las puntas de flecha. Por sus particulares propiedades físicas, la obsidiana fue ampliamente aprovechada por las culturas prehispánicas en la elaboración de instrumentos como navajas de agudos y uniformes filos, para cortar fibras vegetales, plumas, maderas y pieles; raspadores de maguey; perforadores de cuero, hueso y madera. También se utilizó para tallar de dardo, de lanza y cuchillos de diversas formas. Guerreros, sacerdotes y dioses aztecas portaban varios objetos de obsidiana, como collares, orejeras, bezotes y cetros; asimismo, se elaboraban urnas y esculturas con ese material.

Entre las deidades del panteón mexica, se sabe de dos que tienen relación directa con la obsidiana: Tezcatlipoca (el que tiene el espejo humeante de obsidiana) e ltzpapálotl (la mariposa de obsidiana). La obsidiana estaba presente en diversos ámbitos de la cultura prehispánica del Centro y el Occidente de México, principalmente en la vida doméstica, la agricultura, las artesanías, el comercio, la guerra y la religión.

La obsidiana es un vidrio volcánico que se forma cuando las lavas incandescentes, a 600 °C, con alto contenido de sílice y aluminio se enfrían rápidamente. La obsidiana es clasificada por la mineralogía como vidrio, ya que sus átomos no con forman una estructura cristalina; es dura y frágil, de atrayente brillo, transparente y translúcida, pero su principal característica es su tipo de fractura, aguda, recta y muy cortante, que permite la elaboración de diversos tipos de instrumentos tallados y de preciados objetos pulidos. La obsidiana es generalmente negra o gris, pero también puede ser rojiza, café, verde o con visos de distintos colores; su transparencia, translucidez y brillo dependen del espesor del fragmento y de la luz bajo la que se observe.

Tomado de Alejandro Pastrana, “La obsidiana en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana núm. 80, pp. 49-54.

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