• viernes, 14 de junio de 2019

Las enfermedades llegan a América

Así pues, las enfermedades se dispersaron en donde hubo población susceptible de contagiarse y adquirieron carácter de brote epidémico cuando se difundieron en espacios muy definidos, y el de pandemias cuando abarcaron un área mayor. Por ejemplo, los nativos caribeños que Cristóbal Colón llevó al regreso de su primer viaje para presentarlos ante los reyes de Castilla y León fueron población “virgen” ante la viruela, ya que en las islas y en parte del continente americano no había ganado mayor, de modo que sirvieron de huéspedes transmisores. Así, cuando se embarcaron en Cádiz, en 1493, ya estaban infectados de viruela, y la transmitieron, primero a los habitantes de las Canarias y posteriormente a todos los de las Antillas, provocando el primer y más grande despoblamiento del mundo conquistado por los europeos, lo que obligó a sustituir la mano de obra nativa por negros esclavos y dio lugar al tráfico de éstos entre las islas y este continente apenas 28 años después de su “descubrimiento”.

Los continuos viajes desde Europa y África provocaron que se dispersaran por América, casi cada diez años, por lo menos cinco de las enfermedades infectocontagiosas de mayor mortalidad: viruela o hueyzáhuatl (1521), sarampión o tepitonzáhuatl (1531), paperas o quechpotzahualistli (1550), tos ferina o tos chichimeca y la peor de todas, la peste o matlazáhuatl (1545, 1575); todas ellas eran consideradas cocoliztlis, es decir, enfermedades generalizadas que actuaron violentamente sobre la población nativa americana.

Las cuatro primeras dejaron en los sobrevivientes una huella inmunológica imborrable que los defendió posteriormente, siempre y cuando los microbios que las produjeron no mutaran, pues incluso en nuestros días no hay curación para ninguna de ellas; sólo la prevención por medio de las vacunas y la inoculación natural o adquirida de los mismos microbios por nuestros cuerpos nos defienden de contraerlas.

Sin embargo, este procedimiento (la vacunación) no sirvió contra la peste. Como los de la gripe, el sida, el cólera y otras muchas enfermedades, sus microbios mutan muy rápidamente y son distintos en cada ataque, así que la memoria de los sobrevivientes no tiene defensa alguna contra la nueva invasión (como sucede ahora con la vacuna de la gripe de 2008, que no cubre a la AH1N1 de 2009).

Cabe señalar que la sintomatología en la población “virgen” registró marcadas diferencias con la de otras poblaciones que ya habían domesticado el mal por siglos. Los nativos se comportaron frente al contagio como si fueran recién nacidos, pues como explicó el pediatra e infectólogo ruso S.D. Nosov, cuando éstos se enferman su organismo actúa como si fuera atacado en su totalidad, sin diferenciar una parte u órgano; bruscamente se vuelven septicémicos y terminan con severas hemorragias por todos los orificios del cuerpo; así sucede actualmente con los humanos infectados por ébola, fiebre aviar, hanta, dengue y otros padecimientos relativamente nuevos o sus mutantes.

 

Tomado de Elsa Malvido, “La primera gran pandemia de viruela (1520)”, Arqueología Mexicana 101, pp. 22-27.

 

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