• 17-abr-2021

Las palabras de las piedras

Juan Villoro

El diálogo de la literatura mexicana con la arqueología ha tenido variadas escalas. Me detengo sólo en algunas de ellas. El cuento “Chac Mool”, publicado por Carlos Fuentes en su primer libro, Los días enmascarados (1954), trata de una estatua del dios tolteca y maya que modifica la vida contemporánea. El mundo prehispánico regresa en forma de amenaza. El narrador hereda la pieza de Filiberto, amigo que muere ahogado en Acapulco y deja un diario sobre la perturbadora efigie que cobra vida al contacto con el agua. El narrador recoge el cadáver de Filiberto y lo lleva de regreso a su casa, donde le abre la puerta un “indio amarillo”, de aspecto repugnante, y le pide que conduzca el cadáver al sótano, el entorno subterráneo al que suelen relegarse las reliquias. El ritual se cierra: el amigo muerto por el influjo del dios que domina el agua ocupará el sitio que antes ocupó la estatua. En el cuento, la visión del pasado es ambivalente; el mundo antiguo ha sido mancillado, pero el contacto con él es terrible: Chac Mool regresa en pos de una venganza.

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La arquitectura, la escultura y la iconografía de Tula y Chichén Itzá comparten buena cantidad de similitudes, entre ellas las estatuas que representan a personajes recostados, normalmente con indumentaria guerrera, con un recipiente sobre el vientre, a las que se les conoce popularmente como Chac Mool. Esta forma escultórica se encuentra en otros sitios, incluso de épocas posteriores a Chichén Itzá, como Ihuatzio (Michoacán), Cempoala (Veracruz) y Tenochtitlan (Ciudad de México); es, pues, un elemento común en las sociedades mesoamericanas del Posclásico (900-1521 d.C.), muy posiblemente por su clara asociación con la guerra y el sacrificio, rasgos propios de las sociedades de la época. Proviene de Chichén Itzá, Yucatán. Museo Nacional de Antropología. Foto: Archivo Digital de las Colecciones del MNA, INAH-CANON.

 

Esta publicación puede ser citada completa o en partes, siempre y cuando se consigne la fuente de la forma siguiente:

Villoro, Juan, “Las palabras de las piedras”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 95, pp. 44-59.

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