• jueves, 19 de julio de 2018

Los idiófonos

Son instrumentos musicales cuyo generador de sonido es el propio cuerpo que vibra. El chicahuaztli es un idiófono que suena con un golpe indirecto de sacudimiento, descrito como “palo de sonajas”. Simbolizaba el rayo solar que fertilizaba la tierra. Era la insignia de Xipe Tótec, el dios de la fecundidad de la tierra. En los amoxtin (códices) está pintado con variantes de forma, tamaño y color, como atributo de otros dioses –los del maíz, la muerte, el viento, la vida y los de la lluvia, así como de la diosa de las aguas que corren, la medicina y el maíz tierno. Como símbolo de la fecundidad, se representa erguido entre la primera pareja humana bajo una manta. En las excavaciones del Templo Mayor se localizaron dos ejemplares.

El ayauhchicahuaztli, “sonaja o sonajas de niebla”, descrito como tabla con sonajas, procuraba mágicamente la lluvia en la fiesta deetzalcualiztli, “comida de maíz cocido”. En la fiesta de ochpaniztli, “barrido de caminos”, un sacerdote lo ejecutaba junto con un danzante y tres instrumentistas ante Xilonen, “la diosa del maíz tierno”. Con este instrumento “llevan a Acatonal al Tlalocan”, dice el himno a Tláloc. En el Templo Mayor se localizó la punta roja de un ejemplar asociado con Xipe Tótec.

El teponaztli es un idiófono de golpe directo, hecho de un tronco de madera ahuecado, con dos lengüetas en la parte superior que forman una H en sentido longitudinal. Se tocaba con dos baquetas con punta de hule llamadas ólmaitl. El teponazoani lo ejecutaba de dos formas: sentado en el piso, colocaba el instrumento sobre un rodete de zacate o tule trenzado; de pie, lo colocaba sobre un soporte de madera con o sin rodete. Los mayas lo nombraron tunkul; los mixtecos, qhu; los zapotecas, nicàche; los otomíes, nobiuy; y los tarascos, cuiringua. Su elaboración evidencia conocimientos musicales que rebasan un nivel primario, ya que las dos lengüetas de ejemplares conservados producen sonidos afinados con intervalos musicales de segunda mayor, tercera mayor o menor, cuarta o quinta. Hay quince ejemplares en el Museo Nacional de Antropología, con apariencia zoomorfa y humana. 

El teponaztli se tocaba en los honores que hacían los viejos, cantando y bailando, a los guerreros principales muertos en la guerra o capturados para el sacrificio, como el guerrero Huitznáhuatl en la derrota de los mexicas ante los tarascos. Marcaba el son de muchos cantos y danzas de la comunidad. Daba el nombre a una clase de cantos llamados teponazcuícatl, “canto al son del teponaztli”. Se utilizó como piedra de sacrificio de cautivos, después de una escaramuza en la fiesta de panquetzaliztli, “levantamiento de banderas”. También en el sacrificio de cautivos que ofrecieron reyes y grandes señores en el funeral del rey Ahuít zotl. Asimismo, en el sacrificio de un cautivo en el banquete de algún mercader, quien lo compraba en la plaza por ser el mejor cantor y danzante de un grupo de cautivos, que cantaba y bailaba al son del teponaztli  y de los cantores. En los naandeye (códices mixtecos) el qhu  acompaña la danza en el casamiento de un gobernante y determina el nombre de un pueblo, el Lugar del Qhu.

La áyotl  es un idiófono de golpe directo, hecho de concha de tortuga, que se tocaba con cuernos de venado. Se creía que los pueblos originarios habían venido del oriente sobre conchas de tortugas. La áyotl junto con la ballena y la sirena hicieron un puente para que el cantor de Tezcatlipoca, el “espejo que ahuma”, cruzara el mar hasta la casa del Sol y trajera cantores e instrumentos y le hicieran fiesta. En su interior habitaba Macuilxóchitl, dios de la música, el canto y la danza. Tenía relación con los nacimientos, la tierra y la fertilidad. En la fiesta de atemoztli , “el descenso de las aguas”, de las primeras lluvias, se ejecutaba junto con el teponaztli  y los coyolli , después de hacer imágenes de los montes. Los mayas la llamaron kayab . Los tarascos la tocaron en la procesión fúnebre de uno de sus gobernantes.

En los naandeye  es atributo de un sacerdote- nahual y del señor 8 Venado.

Los coyolli  u oyohualli  (cascabeles y campanillas) son idiófonos de golpe indirecto de sacudimiento. Están formados por un recipiente hueco con una abertura que algunas veces lleva adentro una bolita. Se fabricaron de diversos materiales, como oro, cobre y barro. Existen ejemplares de cobre con forma de armadillo, caracol y tortuga. En sartal eran atributos de dioses que los portaban en los tobillos, como los de la guerra, de la fertilidad, de los mercaderes, del pulque, de los otomíes, del viejo del fuego, de “aquel por quien vivimos” y la diosa de los mantenimientos, entre otros. Los coyolli  caracterizan a Coyolxauhqui, “la del afeite facial de cascabeles” al modo antiguo. En la poesía cantada la palabra Oyohualtéuhtl significa “el dios de los cascabeles” y se refiere a Huitzilopochtli. El sonido de los oyohualli  era  una metáfora del campo de batalla, en donde “se tiende el polvo entre los cascabeles”. En singular aludía al poeta cantor y al sabio como incoyoltótotl , “el pájaro cascabel” que ofrece flores y cantos. En los naandeye  el signo del cascabel significa además oro, es ofrenda y determina el nombre de objetos, ornamentos, lugares y personas.

La ayacachtli  (sonaja) es un idiófono de golpe indirecto de sacudimiento, constituido por un recipiente esférico, con orificios y provisto de un mango. Contiene un determinado número de cuentas (semillas o bolitas de barro o piedra), según la sonoridad que se quiera. Generalmente se fabricaron de frutos de guaje. Los mixtecos la llamaron doco . Algunas culturas las hicieron de barro con apariencia antropomorfa y zoomorfa. Es un atributo de Huehuecóyotl, dios del canto y la danza. Los oyohualli  y las ayacachtli  se tocaban a manera de diálogo, durante las reuniones de los poetas en la enramada. En los naandeye  la doco  determina el nombre de dos lugares. Junto con el teponaztli , acompaña el canto ceremonial al bulto mortuorio del fundador

de una dinastía.

El omichicahuaztli  es un idiófono de hueso con estrías paralelas talladas perpendicularmente, que producen sonido al rasparlas con una concha del género Oliva. Por lo general se confeccionó de fémur. Estaba vinculado al mundo de los muertos. En un contexto fúnebre se entonaban cantos mortuorios a los dioses, a las hazañas de los difuntos, a los deudos, y de lamentación. Se conservan omichicahuaztli de las culturas mexica y maya, y el de esta última es además corneta. En un naandeye el señor 9 Viento Quetzalcóatl lo raspa con un hueso y canta, en un ritual mortuorio durante el cual se ingieren hongos.

 

Gómez G., Luis Antonio, “Los instrumentos musicales prehispánicos”, Arqueología Mexicana núm. 94, pp. 38-46.

 

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