• 20-sep-2019

Máscaras de Teotihuacan. Una tipología preliminar

Jane MacLaren Walsh, Timothy R. Rose

Se presenta un panorama general de los materiales, métodos y herramientas que se emplearon en la producción de las máscaras de piedra teotihuacanas registradas, resultado de examinar una gran selección procedente de colecciones más o menos documentadas. Mediante la creación de una línea de base de datos, se establecieron criterios para juzgar la autenticidad de máscaras de piedra en colecciones de museos de procedencia desconocida.

 

Las máscaras de piedra de Teotihuacan se han coleccionado al menos desde el siglo xiv, los aztecas lo hacían, y se les ha recuperado como ofrendas en las excavaciones del Templo Mayor de Tenochtitlan en la ciudad de México (López Luján, 1989, y en prensa; Walsh, 2003). El coleccionismo de máscaras comenzó en forma a fines del siglo xviii y se acentuó durante los siglos xix y xx, cuando las máscaras se convirtieron en una mercancía muy valorada, que trataron después de obtener coleccionistas y curadores de museos. En la actualidad, sólo pueden documentarse unas cuantas docenas de máscaras en contextos arqueológicos, en tanto que cientos de ellas se encuentran en museos y colecciones particulares. Esto implica las preguntas: ¿De dónde provienen todas? ¿Quién las hizo? ¿Cómo y cuándo fueron hechas?

El estudio empezó en la ciudad de México, con las máscaras de piedra que se conservan en el Museo Nacional de Antropología, y más tarde con la colección de máscaras mejor documentada en el Museo de Sitio de Teotihuacan. Se examinaron también máscaras en los museos de Washington, D.C., París, Francia, y Viena, Austria. Las máscaras en Washington, París y Viena se adquirieron principalmente a mediados del siglo xix, cuando las falsificaciones, al menos en piedra, eran mínimas.

Hasta ahora, han sido objeto de estudio 139 máscaras en seis museos –51 en el Museo Nacional de Antropología (mna), 29 en el Museo de Sitio de Teotihuacan (mst), 12 en el Museo Regional de Puebla, 16 en el Musée du Quai Branly (mqb), 16 en el Museum für Völkerkunde (mv), 15 en el Smithsonian’s Museum of Natural History y Museum of the American Indian (si). De este grupo, varias máscaras anómalas no documentadas –unas pocas cabezas de figuras, dos máscaras de cerámica y un corto número que parecían ser modernas– se eliminaron del estudio, reduciendo la colección tipo a cerca de 120.

En colaboración con los colegas Sue Scott (que lamentablemente falleció en noviembre de 2012), Sofía Martínez del Campo Lanz, Ricardo Sánchez Hernández, Josefina Bautista y Matthew Robb, las máscaras fueron fotografiadas, medidas y determinado el tipo de roca mediante métodos no destructivos, entre ellos una inspección visual y pruebas de magnetismo. Adicionalmente, se hicieron moldes de silicona de marcas de herramientas y pulido. En unas cuantas máscaras, una pequeña cantidad de material externo –tizne o abrasivos– fue removido incidentalmente con los moldes de silicona de las aberturas o las perforaciones. Esas partículas se examinaron químicamente en el Smithsonian usando un NovaNanoSEM 600, que es un microscopio electrónico de barrido o sem (Scanning Electron Microscope). Las muestras de tizne y abrasivo se analizaron mediante un espectroscopio de rayos X de energía dispersiva o eds (Energy Dispersive X-Ray Spectroscopy). Los moldes de silicona fueron cubiertos con oro para observar, también por medio del sem, las marcas de herramientas y pulido.

Se registró el tamaño de cada máscara, la forma de la parte posterior, el tipo de punzones empleados, el número de aberturas y perforaciones, si los lóbulos de las orejas y las fosas nasales estaban horadados, y la petrografía de la piedra. La parte posterior de las máscaras tiene forma de U, producida por un grueso borde, o de V, que generalmente está abierta en la parte inferior con delgados bordes a cada lado. Unas cuantas son simplemente cóncavas o planas sin ningún borde.

Las perforaciones fueron hechas con punzones sólidos o huecos. Los punzones sólidos eran de una piedra áspera y más dura que deja una abertura de forma cónica o abombada, o tal vez de madera o hueso utilizados con algún abrasivo. Los punzones huecos, probablemente de bambú (otate) o hueso, dejaban por lo común una abertura recta cilíndrica cuando se perforaba la piedra. Las aberturas perforadas en ángulos exteriores de las esquinas de boca y ojos tienen un característico núcleo remanente en la base. Los punzones huecos son claramente de paredes gruesas y coinciden en dos tamaños distintos: el más grande mide cerca de 8 mm de diámetro en las paredes exteriores y 4 mm en las interiores; los otros punzones miden unos 6 mm de diámetro en la pared exterior y 3 en la interior. Las aberturas periféricas están por lo general perforadas a través del borde en U o V (fig. 2). Los patrones de perforaciones más comunes se encuentran en las sienes, los lóbulos y bajo las orejas; muchos se hacían  también al centro de la frente y bajo o al centro del mentón.

Sólo una tercera parte aproximadamente de las máscaras de la colección del mna tuvo datos de procedencia confiables, y apenas unas cuantas tenían ubicaciones específicas conocidas. Muchas aparecían simplemente enumeradas como del “Estado de México” o “Valle de México”. Había 15 máscaras de probable procedencia teotihuacana, y siete con ubicaciones específicas encontradas fuera de Teotihuacan, entre ellas Tetelpan, Tlalnepantla, dos de Azcapotzalco y Otumba. En contraste, casi todas las de la colección del Museo de Sitio de Teotihuacan tenían ubicaciones específicas dentro del sitio. Cinco de las 12 máscaras del Museo Regional de Puebla se encontraron en una cueva en Santa Ana Teloxtoc, al oeste de Tehuacán, Puebla. De cerca de una cuarta parte de las máscaras del Quai Branly se decía que eran provenientes de Azcapotzalco y Tetzcotzingo, y cerca de un tercio de las máscaras de Viena se habían recogido en Acatlán, Tetela, Tzicatlacoyan y Atencingo, Puebla. Una de las máscaras del Smithsonian está documentada en la colección del Conde de Peñasco, y supuestamente se le halló en Tlatelolco.

Dos máscaras se recuperaron de los estratos más antiguos de Teotihuacan, una tallada en piedra pómez y la otra en metadiorita. Estos aparentes prototipos se abordarán por separado. El resto de las máscaras se divide netamente en cuatro categorías consistentes y coherentes. El componente principal que define las categorías es la piedra con la cual se manufacturaron. Los materiales en bruto son serpentinita, travertino, piedra caliza y listwanita, un tipo de serpentinita alterada por carbonatos. Ninguna de esas piedras se halla disponible en la localidad; serpentinita, listwanita, travertino y piedra caliza se encuentran en Puebla, acaso en el área de Tehuitzingo-Tecomatlán (Ricardo Sánchez, comunicación personal). Guanajuato y Morelos, así como en otras entidades aún más lejanas. A pesar del hecho de que los talladores de piedra de Teotihuacan tenían abundante material en bruto disponible localmente, prefirieron tallar sus máscaras de material en bruto importado, o bien habrían simplemente importado las máscaras terminadas en talleres de cantería desde su lugar de origen. Un rasgo de particular interés en las cuatro piedras es que ninguna es una piedra dura: todas pudieron ser talladas y pulidas fácilmente con un surtido de herramientas disponible en la localidad.

Las máscaras se distribuyen en cuatro categorías principales: 36 de serpentinita, 31 de piedra caliza, 35 de travertino y 23 de listwanita. Aunque las máscaras de serpentinita y travertino son las mejor representadas en colecciones de museos de Estados Unidos y Europa, son las menos cabalmente documentadas en nuestro estudio, y en contraste, las máscaras menos representadas en los museos, de piedra caliza y listwanita, son las mejor documentadas.

 

El grupo de serpentinita

En nuestro estudio, el grupo de serpentinita va de un verde grisáceo brillante hasta el verde oscuro, y hay una piedra negra azulada con veteado de minerales serpentinos e inusualmente de minerales blancos carbonatados. Las máscaras más grandes van de los 12 a 22 cm de altura y de 12 a 22 cm de ancho. Cerca de 60% de las partes posteriores tiene forma de U, y 30% forma de V, además de unas pocas máscaras convexas o planas sin rebordes. La mayoría tiene entre cuatro y seis aberturas periféricas perforadas en las sienes y el mentón, y en ocasiones hay también horadaciones al centro de las partes superior e inferior de la máscara. De las 11 máscaras más pequeñas que examinamos, que fluctúan desde 3.9 cm hasta 11 cm de altura, es notable que más de la mitad estén talladas en serpentinita. Este grupo de miniaturas tiene en su mayoría la parte posterior en forma de U, pero a diferencia de las máscaras más grandes, contaba sólo con dos aberturas periféricas perforadas en las sienes (fig. 3).

Todos los punzones aplicados sobre estas máscaras eran sólidos, y dejaron depresiones de forma cónica o abombada; las aberturas a los lados, arriba y abajo se perforaban desde atrás y desde el frente de la máscara, lo que dejaba cavidades bicónicas. La mayoría tiene también perforados los lóbulos de las orejas y las fosas nasales. Ojos y bocas conservan aberturas perforadas en las esquinas. Al parecer, esta perforación se habría hecho inmediatamente después de la talla de esos rasgos, pues las aberturas no muestran rastro alguno de limadura horizontal, y podría haberse empleado como soporte para material incrustado. Unas pocas máscaras exhiben decoloración de óxido de hierro y erosión en los ojos, tal vez el remanente de una oxidación de pirita.

Algunas aparecen mejor pulidas que otras, aunque al analizarlas bajo el sem, se nota que el pulido es muy heterogéneo, con líneas de extensión, anchura y profundidad desiguales, corriendo en diversas direcciones. La diferencia del pulido puede ser un indicador de diferentes talleres o quizás de una reelaboración de época más tardía. Sólo de una tercera parte de las máscaras de serpentinita se tiene procedencia confiable, y se pueden asignar a Teotihuacan.

 

El grupo de travertino

Las 35 máscaras de travertino varían en color desde el amarillo blancuzco, el pardo amarillento y el naranja rojizo hasta un verde azulado. Algunas son translúcidas, aunque se hallan por lo común oscurecidas a causa del desgaste natural de la superficie. De acuerdo con sus características de la parte posterior, se dividen en partes iguales las de forma en U y en V, y algunas son ligeramente más convexas que otras. Fluctúan en tamaño desde 10 hasta 20 cm de altura y 10 hasta 22 cm de ancho. Como las máscaras de serpentinita, menos de la mitad tiene procedencia confiable. Todas se horadaron con punzones sólidos. En experimentos, encontramos que es muy fácil cortar y perforar esta piedra con navajas y puntas de obsidiana.

La mayor parte muestra los lóbulos de las orejas perforados, aunque sólo cerca de la mitad tiene aberturas en las fosas nasales. Tienen las orejas estrechas, las que en muchos casos se han erosionado. Una máscara en Viena, recogida por Philip J. Becker en la década de 1860 en Acatlán, Puebla, tiene los anteojos y colmillos que son comunes en las imágenes de Tláloc, el dios de la lluvia, y hasta donde sabemos, se trata de un caso único. Sólo una de las máscaras de travertino, uno de los ejemplares del Museo Regional de Puebla hallados en una cueva, muestra manchas en los ojos que indican la presencia de incrustaciones de pirita, y también tenía dientes de concha incrustados (figs. 4, 4e).

Una máscara de travertino recogida por Eugène Boban en la década de 1860, ahora en el Louvre, muestra elementos glíficos en relieve verde-azul sobre las mejillas. La decoración se conseguía cubriendo los diseños con cera o resina y al resto de la máscara se le daba un baño de ácido, quizás de vinagre, pulque o algún otro líquido. El resultado es que el color verde azulado pulido de la piedra real aparece en relieve, y el resto veteado y con un brillante color verde amarillento. 

Muchas de las máscaras de travertino examinadas se encontraban considerablemente desgastadas y veteadas, tal vez por la acción del agua y el tiempo (figs. 4a, 4c, 4e). El desgaste natural oculta el hecho de que muchas de esas máscaras eran translúcidas. Cuando una linterna iluminó de través el borde roto y amarillo cremoso de una máscara de travertino, resplandeció con un brillante verde azulado. Las cinco máscaras de la ofrenda en la cueva de Puebla son la excepción pues aún muestran superficies bien pulidas y translúcidas.

 

El grupo de caliza

Las 31 máscaras de piedra caliza fluctúan en color desde el gris brillante, desvaído, hasta el gris más oscuro y el negro mate o pulido (el único ejemplo de una máscara de piedra caliza sumamente pulida está en el Musée du Quai Branly, y fue alguna vez propiedad de Diego Rivera y más tarde adquirida por André Breton; por nuestra parte, pensamos que el pulido es de algún modo de años más recientes que los de la máscara). En la mayor parte de esas máscaras, el pulido original ha sido alterado por los elementos naturales. Las máscaras de piedra caliza están bien documentadas, pues muchas se sacaron a la luz de excavaciones en Teotihuacan, tres de La Ventilla (fig. 1), y varias de las inmediaciones de la Pirámide de la Luna y la Calle de los Muertos (fig. 5). Cierto número fueron descubiertas en Azcapotzalco, al norponiente de la ciudad de México, por Eugène Boban a mediados de la década de 1860. Azcapotzalco se convirtió en un centro importante en el siglo vi, durante la declinación de Teotihuacan (Yoko Sugiura, comunicación personal). Casi todas las máscaras de piedra caliza tienen la parte posterior en forma de V, con aberturas bicónicas, situadas en las sienes y mentones. La mayor parte tiene los lóbulos de las orejas perforados con sólidos punzones, quizás para colocar un adorno; sólo unas pocas tienen perforadas las fosas nasales. Por lo general su forma es más larga que ancha, con medidas que fluctúan de los 15-20 cm de alto por 13-18 cm de ancho. Un poco más de la mitad de las máscaras de caliza están en museos fuera de México, la mayoría habrían sido excavadas por Eugéne Boban durante la Intervención Francesa.

Tres máscaras muestran elementos circulares tallados en las mejillas, dos provienen de las conocidas excavaciones en Teotihuacan (la segunda máscara es una de las tres que sacó a la luz Leopoldo Batres y que él mismo publicó en 1906, aunque no se encontró ninguna de ellas en el Museo Nacional ni en el Museo de Sitio) y la tercera ha estado en el mna al menos desde la década de 1880 (Desiré Charnay hizo un molde de esa máscara cuando visitó el mna en esa década; el molde se halla en la colección del Musée du Quai Branly). Dos máscaras tienen bandas transversales a lo largo de los ojos, la nariz y la boca. Tal trabajo está hecho muy toscamente, con muchos cortes visibles y ásperos, en contraste con la fina talla de ceja y nariz de la máscara. Una máscara (fig. 5f), parece ser una obra en proceso, y es excepcional entre las máscaras de piedra caliza por el uso de punzones huecos para remover material de boca y ojos, así como para perforar las aberturas periféricas. La remoción de piedra para crear esos rasgos ocurrió casi con certeza de manera subsecuente a la talla original. Una máscara de piedra caliza en el mna tiene tres melladuras en cada mejilla con restos de un material blancuzco, compuesto en su mayor parte de fosfato de calcio, probablemente hueso. Una máscara en Viena posee unas marcas de tres líneas semejantes, hechas con una coloración negra, quizás asfalto. Dos máscaras, una en Viena y otra en París, muestran elementos en forma de flor incisos en cada mejilla, y son casi idénticos a un fragmento procedente del Museo de Sitio de Teotihuacan. Una máscara de piedra caliza recogida por Boban en Azcapotzalco tiene decoraciones al fresco en las mejillas que consisten en una capa pulida de yeso con pigmento pardo, cubiertas con color verde sobre otra capa de yeso. Unas pocas máscaras de piedra caliza muestran decoloración y erosión a causa de incrustaciones de pirita en los ojos.

 

Jane MacLaren Walsh. Doctora en antropología. Trabaja en el Instituto Smithsoniano, Museo Nacional de Historia Natural. Especialista en arqueología y etnohistoria del Altiplano de México.

Timothy R. Rose. Maestro en geología. Jefe del Laboratorio de Análisis Geológico en el Departamento de Ciencias Minerales del Instituto Smithsoniano, Museo Nacional de Historia Natural.

 

MacLaren Walsh, Jane, Timothy R. Rose, “Máscaras de Teotihuacan. Una tipología preliminar”, Arqueología Mexicana núm. 126, pp. 78-85.

 

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