• 14-dic-2019

Recordar y alimentar a los ancestros en Mesoamérica

Patricia A. McAnany

Las creencias y prácticas relacionadas con la muerte y la permanencia de un difunto en la memoria social de largo plazo son fundamentales en la herencia cultural mesoamericana. Se han encontrado evidencias de que entre los mayas se recordaba, se valoraba y se alimentaba a los espíritus de los ancestros en sitios como K’axob, Belice, del Preclásico, las capitales dinásticas del Clásico y los códices del Posclásico.

 

En Mesoamérica, desde el Tlatilco del Preclásico hasta el Tzintzuntzan de la actualidad, los muertos desempeñan un activo papel en la vida de sus descendientes. Se cree que gran parte de la arquitectura monumental y muchos de los contextos mortuorios encontrados a lo largo de toda Mesoamérica se relacionan con prácticas para rememorar a los ancestros a través de construcciones permanentes que incitaran a la memoria colectiva. Lo que nos muestran las costumbres de los Días de Muertos actuales es que el recuerdo de los ancestros no basta. El espíritu de los difuntos requiere ser alimentado con sustentos reales –ofrendas de comida y de bebida. Las prácticas para recordar y alimentar crean una triangulación entre el pasado y el futuro –un reconocimiento de la posición y de la fugacidad de la vida humana en aquello que el historiador Fernand Braudel llamó “el largo plazo”. La herencia filosófica de Mesoamérica es amplia y profunda, pero tal vez en ninguna instancia es más compleja y más estratificada que en las creencias y prácticas relacionadas con la muerte y el lugar que se da al difunto en la memoria social de largo plazo.

Las prácticas del culto a los ancestros tienen hondas raíces en Mesoamérica, y se materializan en las tumbas bajo los pisos de las casas, tumbas reales dentro de pirámides, bultos sagrados que contenían huesos de los muertos “reliquias”, representaciones iconográficas y textos jeroglíficos. El culto a los ancestros fue también parte integral de la cosmología y prácticas de Estado de la región andina. Aquí se aborda la evidencia arqueológica relacionada con el recuerdo, la valoración y el alimento del espíritu de los ancestros en Mesoamérica, en especial en K’axob, Belice, sitio maya del Preclásico, y las prácticas asociadas al recuerdo de los ancestros dinásticos en las sociedades mayas del Clásico.

 

El estudio de los ancestros

 

Hace más de una década publiqué Living with the Ancestors: Kinship and Kingship in Ancient Maya Society (1995, Universidad de Texas). En ese tiempo me interesaba la hermenéutica (marcos interpretativos) de la muerte en la arqueología mesoamericana. Los arqueólogos han analizado y publicado “perfiles científicos” de muertos encontrados durante excavaciones que incluyen mediciones de edad, altura, sexo, paleo-patologías, número de vasijas de cerámica asociada o de los objetos usados para adornarlo. Se prestaba poca atención, en cambio, a un contexto social más amplio –lo que los antropólogos han llamado “la ruta de los muertos”–, a la manera en que el difunto había vivido y fallecido, a cómo era recordado. ¿Cómo llevaban a cabo los pueblos antiguos los rituales mortuorios de sus parientes y miembros prominentes de sus comunidades, en el tránsito de la muerte biológica y social? ¿Por qué se enterraba a algunos de los miembros de la familia, pero no a todos, bajo los pisos de las casas donde vivieron? ¿Por qué algunas de las vasijas funerarias colocadas sobre las cabezas de los difuntos a veces están boca arriba y otras boca abajo? ¿Por qué volvían a abrirse con frecuencia tanto los pozos con entierros simples como las tumbas muy elaboradas para colocar nuevas ofrendas? Había pocos estudios de la zona maya que propusieran algo además de lo ya escrito en el importante texto sobre los rituales mortuorios de Alberto Ruz Lhuillier, publicado en 1968 (Costumbres funerarias de los antiguos mayas, UNAM, México). Si hubiera crecido sabiendo que mis abuelos vivían aún con nosotros, es decir, enterrados bajo el suelo de la casa familiar en San Luis, Missouri, y no en un lugar distante en el que los vivos entierran a sus muertos, mis conceptos acerca de la vida y la muerte habrían sido distintos.

 

McAnany, Patricia A., “Recordar y alimentar a los ancestros en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana núm. 106, pp. 26-33.

 

Verónica Hernández Díaz. Maestra en historia del arte por la UNAM. Investigadora en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la misma universidad. Trabaja en su tesis doctoral en historia del arte. Su área de especialidad es el Occidente prehispánico y virreinal.

 

Texto completo en la edición impresa. Si desea adquirir un ejemplar: http://raices.com.mx/tienda/revistas-el-culto-a-los-ancestros-AM106