• 19-nov-2019

Tenochtitlan: procesiones y peregrinaciones mexicas en la Cuenca de México

Johanna Broda

Las fuentes del siglo xvi –principalmente Sahagún y Durán– proporcionan información acerca de las procesiones y peregrinaciones que se efectuaban en la Cuenca de México a partir de Tenochtitlan. Los ejemplos que se abordan demuestran cómo los mexicas, mediante estas procesiones, se posesionaron simbólicamente de territorios de entidades políticas que conquistaron en la cuenca, y cómo adoptaron los antiguos lugares de culto de estos señoríos y los transformaron en santuarios propios, al reinterpretar su significado y advocación tutelar.

 

La historia temprana de los mexicas, su migración y la búsqueda de un asentamiento definitivo en la isla de Tenochtitlan-Tlatelolco, son periodos envueltos en el mito y motivados por la justificación retrospectiva de condiciones políticas posteriores. Tenochtitlan alcanzó la categoría de señorío (tlatocáyotl) cuando Acamapichtli fue elegido tlatoani de la pequeña ciudad-Estado que dependía entonces de Azcapotzalco.

Los orígenes del Estado mexica están íntimamente ligados a este último Estado tepaneca, que en el siglo xiv había expandido su territorio mediante la conquista militar. Por otra parte, los mexicas lograron relacionarse de manera específica con Colhuacan, otro centro político importante de la parte sur de la Cuenca de México, considerado de vieja raigambre tolteca. A esta alianza política se refieren de manera simbólica varios mitos que destacan el triunfo del dios Huitzilopochtli sobre los colhuas y el ascenso al poder de los mexicas.

Se trata de una justificación retrospectiva de relaciones de poder que en este momento histórico apenas se empezaron a delinear. La historia “imperial” de los mexicas inicia en 1428, con su cuarto tlatoani, Itzcóatl. Bajo su gobierno se realizó la derrota de Azcapotzalco, apoyado por los ejércitos aliados de Tenochtitlan, Tetzcoco y Tlacopan. Se trata de un hecho bien conocido. Esta victoria marcó el ascenso a la hegemonía de la cuenca de la nueva confederación de ciudades-Estado que se habían liberado del dominio tepaneca. En la segunda mitad del siglo xv, el poder fue acaparado en forma creciente por los mexicas, a costa de sus aliados.

Los mitos del origen del pueblo mexica que relatan su salida de Aztlan –una réplica de Tenochtitlan como isla en medio del agua– o de Chicomóztoc –cueva en el interior de un cerro– también relatan la migración mexica y su asentamiento definitivo en Tenochtitlan. Estos mitos creados de manera retrospectiva nos hablan de la toma de posesión simbólica del territorio. Así, el paisaje se concretiza mediante el uso de topónimos, hermosas pictografías que aluden a nombres de lugares en lengua náhuatl (fig. 1). Por otra parte, mediante la arqueología y la etnohistoria, se ha podido reconstruir que los mexicas, en su expansión sobre la Cuenca de México, al ocupar los territorios de otros grupos étnicos y centros de poder anteriores a ellos, construyeron sus propios santuarios encima de antiguos lugares de culto. En esta reinterpretación del espacio conquistado, el paisaje simbólicamente construido adquiere vida propia como escenario de los acontecimientos míticos. Mediante los ritos y procesiones que formaban parte del culto del Estado mexica, éstos tomaban posesión del paisaje de la cuenca. Las crónicas y los relatos, desde luego, no dan cuenta de que esos santuarios eran el producto de complejos procesos históricos de conquistas y ocupación del territorio. Así surgió el paisaje ritual de la cuenca, escenario de los ritos estatales mexicas (fig. 2).

 

Las fiestas del calendario mexica

 

El culto del Estado mexica se componía de varios ciclos festivos, algunos de los cuales incluían procesiones y circuitos rituales de diferente índole. Dado que la base económica de la sociedad prehispánica era el cultivo del maíz, el culto giraba en torno a esta planta sagrada y se relacionaba con las ceremonias de la lluvia y los cerros. Este último culto en particular se proyectaba en el paisaje, en los cerros que rodeaban el lago y en las islas en medio de éste.

 

Los sacrificios de niños: meses I atlcahualo (febrero) a IV huey tozoztli (abril)

 

Estos sacrificios se relacionaban de manera especial con los cerros sagrados de la cuenca. Los niños eran concebidos como seres pequeños, al igual que los tlaloques o servidores del dios de la lluvia; personificaban a los cerros mismos, pero también guardaban una relación especial con el maíz. Estos ritos se realizaban desde el mes de XVI atemoztli (diciembre) hasta IV huey tozotztli (abril) para provocar la caída de la lluvia y fortalecer el crecimiento de la planta del maíz.

De acuerdo con fray Bernardino de Sahagún, en I atlcahualo (febrero) los mexicas hacían sacrificios de niños en siete lugares de la cuenca; los niños, adornados con los atavíos de los dioses de la lluvia, eran llevados en procesión a los santuarios de los cerros. Además de los niños, los sacerdotes de Tláloc cargaban los amatetéhuitl o estandartes de papel salpicados con gotas de hule líquido: “Por medio de estas tiras sagradas (tetéhuitl) y varas largas (cuenmantli)… se producirá el verdor, el retoño y el crecimiento” (Sahagún, Códice Florentino, lib. II, cap. 20).  Estas varas con las tiras sagradas eran el símbolo del mes de I atlcahualo según el Calendario de Tovar (fig. 3a).

Por otra parte, la procesión con los niños está representada en los Primeros Memoriales de Sahagún, que constituyen una fuente pictográfica de primera mano y complementaria a la Historia general (fig. 3b); la figura central de la  pictografía representa a uno de estos niños llevado a cuestas por un sacerdote. El templo del cerro a donde se dirige la procesión tenía un patio cuadrado rodeado por un muro, donde se encontraban los pequeños ídolos de los cerros, los tepictoton. El texto señala que los amatetéhuitl y los niños eran llevados a los santuarios de los cerros en una sola peregrinación. Los niños eran llamados “las tiras humanas” (tlacatetéhuitl) por analogía con “las tiras de papel” (amatetéhuitl).

Los sacrificios de niños continuaban hasta el mes IV huey tozoztli, cuando se celebraba la fiesta de la siembra que invocaba la caída de las primeras lluvias. El Códice Borbónico, al igual que Sahagún, se refiere a las fiestas mexicas celebradas en la Cuenca de México. Este valioso documento contiene en relación con IV huey tozoztli una pintura reveladora que muestra la procesión, con los niños y los amatetéhuitl, que se dirige al santuario de Tláloc sobre el cerro (fig. 4). El códice representa al cerro con el templo de Tláloc en la cumbre, curiosamente acostado; de esta manera, la procesión con el niño se dirige en forma directa a las fauces abiertas del cerro, es decir, hacia el interior de la Tierra, el Tlalocan. Al ser sacrificados en los cerros, los niños se incorporaban a este espacio al interior de la Tierra donde en la estación de lluvias germinaba el maíz; así, los infantes sacrificados se identificaban no sólo con los tlaloques sino también con el maíz. Los niños, en cierta manera, eran el maíz.

Existía un importante vínculo ideológico entre estos sacrificios y la nobleza mexica; según algunas versiones, las víctimas eran sus propios hijos. Los nobles participaban en las procesiones en que los niños eran llevados a los cerros para su sacrificio; ellos, los señores, eran los únicos participantes en la fiesta de la siembra que se celebraba durante huey tozoztli en el Cerro Tláloc. Así, los reyes de la Triple Alianza efectuaban los ritos que daban inicio al año agrícola en lo alto de la montaña sagrada. Los vestigios de este santuario se han conservado hasta hoy en la cumbre del Cerro Tláloc, a 4 120 msnm. Si bien éste fue el santuario más grande y elevado al que acudían los mexicas en los siglos xv y xvi, los antecedentes del sitio parecen remontarse a los toltecas y muy probablemente a la época teotihuacana (fig. 5).

Al concluir los ritos en lo alto de la montaña, los reyes y la nobleza bajaban hacia el lago, donde se embarcaban en unas canoas, y con los sacerdotes que llegaban desde el Templo Mayor acudían al Pantitlan, el temible sumidero en medio de la laguna. En este lugar sacrificaban a una niña que representaba a la laguna, junto con muchas joyas y vasijas preciosas (fig. 6). Iban acompañados por mucha gente del pueblo que, con música y cantos, también acudían en canoas. De esta manera, la peregrinación hacia lo alto de la montaña se complementaba con los sacrificios al sumidero, la entrada al interior de la Tierra llena de agua que conectaba con el mar.

 

La evidencia arqueológica

 

La geografía ritual de la cuenca reflejaba los procesos de conquista de los dominios políticos de otros grupos étnicos, y al ocupar los santuarios que antaño pertenecieron a otros pueblos, los mexicas tomaron posesión ritual de este paisaje. Los sacrificios de niños que, según hemos visto, tenían un importante significado ideológico y estaban vinculados con los nobles y los gobernantes, también expresaban esta conceptualización ritual del espacio.

Como ya mencionamos, Sahagún señala que durante el primer mes del año, I atlcahualo (febrero), los mexicas hacían sacrificios de niños en siete lugares de la cuenca ubicados en las orillas y en medio de la laguna, con Tenochtitlan en el centro.

Estos sitios, que pueden relacionarse con un cosmograma de las direcciones cardinales, o rumbos del universo, plasmado en la geografía de la cuenca, eran recorridos por los sacerdotes en sus procesiones con los niños que simbolizaban a los cerros mismos (fig. 7).

Sahagún describe estos lugares y proporciona sus nombres precisos. Lo importante es que estos lugares de culto han podido ser localizados (véase Broda, 1991, 2001). Se trata de: 1) Quauhtépetl, hoy Sierra de Guadalupe con el Pico Tres Padres, al extremo norte; 2) la montaña del Yohualtécatl, próximo al Tepeyac, al norte; 3) el Tepetzintli, la pequeña isla estratégica situada en medio de la laguna, al centro-este: 4) el Pantitlan, el sumidero en medio de la laguna, al centro-este; 5) Cocotitlan, el conspicuo cerrito situado cerca de Chalco, al extremo sur, y (6) el Yauhqueme, ubicado en la sierra occidental de la cuenca, cerca de Tacubaya.

No obstante que en la actualidad estos cerros están gravemente amenazados por la expansión urbana de la ciudad de México, aún conservan restos arqueológicos de construcciones, antiguas calzadas ceremoniales, petrograbados, relieves en roca y fragmentos de cerámica en abundancia. Lamentablemente, no se han realizado excavaciones en ninguno de ellos. Los reconocimientos de estos sitios que he podido llevar a cabo en los noventa del siglo pasado (Broda, 1991, 2001) sólo fueron de superficie, sin embargo, no dejan lugar a dudas de que se trata de los santuarios mexicas mencionados en las crónicas del siglo xvi.

 

La fiesta de los cerros en XIII tepeílhuitl (octubre)

 

En esta fecha al final del ciclo agrícola, los cronistas indican que la población de Tenochtitlan modelaba unas imágenes en miniatura de los cerros y de algunos dioses del culto de la lluvia; había una multitud de pequeñas imágenes que representaban a los cerros de la cuenca (fig. 8). Algunos de estos ídolos se conservaban en los mismos santuarios de los cerros, aunque la mayor parte se concentraba en el oscuro templo de Cihuacóatl, que se asemejaba a una cueva, ubicado al lado del templo de Huitzilopochtli. De allí los sacaban los sacerdotes en ciertas ocasiones, para llevarlos en procesión a los santuarios de los cerros y realizar el culto en aquellos lugares. De esta manera, hay que imaginarse el paisaje bajo la hegemonía mexica, cruzado por innumerables caminos por los que iban los sacerdotes con sus comitivas, que se ocupaban en llevar ofrendas de ídolos, objetos y seres humanos a los santuarios mexicas de la cuenca.

 

Procesiones de limosneros en II tlacaxipehualiztli (marzo) y VI etzalcualiztli (junio)

 

Sin entrar en mayores detalles, mencionaremos que en las calles de la ciudad de Tenochtitlan también había “procesiones de limosneros”. Durante la fiesta de VI etzalcualiztli (junio), algunos hombres del pueblo se ataviaban a la manera de Tláloc, con sus anteojos característicos; en una mano llevaban una caña verde de maíz y en la otra una olla con asa (fig. 9). Ataviados de esta manera, iban de casa en casa en grupos de cinco, seis o siete hombres. Entraban en los patios de las casas pidiendo limosna: comida de etzalli preparada de maíz con frijoles. Estas procesiones de limosneros, que personificaban al dios de la lluvia –festejado en este mes–, formaban parte de los ritos de fertilidad. Otra procesión similar se hacía en la fiesta  de II tlacaxipehualiztli (en marzo), cuando hombres que representaban al dios Xipe recorrían las calles de Tenochtitlan, pidiendo limosnas de productos agrícolas.

 

XIV quecholli: ritos de cacería, la guerra sagrada y los orígenes chichimecas del pueblo mexica

 

Finalmente nos referiremos a otro aspecto del culto estatal mexica que vinculaba las procesiones en el paisaje ritual de la cuenca con ritos de cacería de índole guerrera. Se trata del santuario que los mexicas construyeron en el cerro Zacatépetl, al sur de la cuenca. Este pequeño cerro era en los siglos xv y xvi un territorio inhóspito ubicado en medio del paisaje de lava del Pedregal; al parecer evocaba para los mexicas su patria mítica, las tierras chichimecas situadas al norte. Escogieron ese lugar para organizar ahí anualmente, en el mes de quecholli (noviembre), una cacería ritual que simbolizaba la guerra sagrada del origen de los tiempos.

Sahagún relata que el día 10 de quecholli, una cacería ritual en honor a Mixcóatl tenía lugar en “Zacatepec, allá en Ixillan tonan” (“en el vientre de nuestra madre”). Zacatépetl era también el lugar de culto de una de la advocaciones de la diosa de la Tierra. Para esta ocasión, se preparaba un camino ceremonial de zacate que conducía de Tenochtitlan al santuario; sobre él se enfilaban los guerreros ataviados como cazadores chichimecas en honor a Mixcóatl (figs. 10a-10b). Los tenochcas y los tlatelolcas participaban en esta cacería ritual, a quienes se unían emisarios de las ciudades de Quauhtitlan, Quauhnáhuac y Coyoacan.

La cacería ritual terminaba en sangrientos sacrificios de venados y otras presas, así como de varias diosas de la tierra. De esta manera se representaba dramáticamente una referencia al pasado mítico de los mexicas como cazadores chichimecas del norte; estos ritos también hacían referencia al origen de la guerra sagrada. La nobleza mexica y el tlatoani en persona participaban en estas ceremonias y acudían en procesión desde Tenochtitlan. Debían haber cruzado el lago en canoas, antes de entrar al terreno inhóspito de lava que rodeaba al Zacatépetl. Este pequeño cerro, situado en la parte sur de la Cuenca de México, era territorio del antiguo señorío tepaneca de Coyoacan, con población otomí y chichimeca. El Zacatépetl constituye un ejemplo de cómo los mexicas se posesionaron de territorios de entidades políticas que conquistaron en la cuenca, y el modo en que adoptaron los antiguos lugares de culto de estos señoríos y los transformaron en sus propios santuarios, reinterpretando su significado y advocación tutelar.

Los ejemplos que hemos citado a partir de nuestra investigación monográfica del ritual mexica muestran cómo el culto involucraba a múltiples actores, que incluían gobernantes, nobles, guerreros, sacerdotes y la población en general, y la forma en que la participación de ellos en las procesiones y peregrinaciones reforzaba los reclamos políticos del Estado mexica de haberse convertido en los legítimos señores de la Cuenca de México, antaño territorio de otros señoríos y grupos étnicos. De esta manera, los casos analizados demuestran que en la sociedad mexica existía un estrecho vínculo entre las procesiones y el territorio, así como entre el culto y el poder.

 

Para leer más…

Broda, Johanna, “Las fiestas aztecas de los dioses de la lluvia”, Revista Española de Antropología Americana, vol. 6, Madrid, 1971, pp. 245-327.

_____, “The Sacred Landscape of Aztec Calendar Festivals: Myth, Nature, and Society”, en Davíd Carrasco (ed.), To Change Place: Aztec Ceremonial Landscapes, University Press of Colorado, Niwot, 1991, pp. 74-120.

_____, “Ritos mexicas en los cerros de la Cuenca: Los sacrificios de niños”, en Johanna Broda, Stanislaw Iwaniszewski y Arturo Montero (coords.), La montaña en el paisaje ritual, ena, inah/iih, unam, México, 2001, pp. 295-317.

Códice Borbónico, edición facsimilar, fce/seqc/adeva, México, 1991.

Sahagún, fray Bernardino de, Florentine Codex: General History of the Things of New Spain, trad. y ed. de Arthur J.O. Anderson y Charles E. Dibble, 12 libros en 13 vols., School of American Research and the University of Utah, Santa Fe, 1950-1982.

 

Johanna Broda. Doctora en etnología. Investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la unam y profesora de posgrado en la unam y la enah. Especialista en calendarios, ritual y cosmovisión mexicas, así como en temas de ritualidad agrícola en la etnografía actual.

 

Tomado de Broda, Johanna, “Tenochtitlan: procesiones y peregrinaciones mexicas en la Cuenca de México”, Arqueología Mexicana núm. 131, pp. 72 – 79.

 

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