Tlatelolco y la epidemia de cólera: descubren entierros de madres con sus hijos

Miriam Angélica Camacho Martínez y Salvador Guilliem Arroyo

El hallazgo de tres mujeres inhumadas, cada una con un infante, en el Gran Basamento durante las excavaciones de 2022, 2024 y 2025, ofreció una oportunidad única para estudiar la manera en que se mantuvo el nexo entre madres e hijos después de la muerte, así como sus condiciones de salud y nutrición.

Entre 1991 y 1993 se iniciaron las exploraciones en el Gran Basamento (Estructura I), gracias a la propuesta del arqueólogo Salvador Guilliem Arroyo, con el objetivo de explorar el interior de la estructura y contrastarla con la Casa de las Águilas de Tenochtitlan, ya que ambos edificios presentan una ubicación análoga en cuanto a su respectivo Templo Mayor en su etapa IV. Las características del edificio llevan a plantear que se trata de un edificio consagrado a la élite militar tlatelolca, muy probablemente los guerreros jaguar (Guilliem, 2008, p. 51). Durante las excavaciones de 1993 se encontraron entierros coloniales. En 2007 fueron localizados otros entierros que fueron explorados hasta el año siguiente. Se exploró la cala II, situada al centro de la estructura, a todo lo largo de su eje mayor, de este a oeste, con 4 metros de ancho y una profundidad de entre 2.30 m a 2.60 m. El edificio tiene 37 m de largo y 4 m de ancho, y se depositaron simultáneamente y en un corto periodo entierros humanos en siete niveles sobrepuestos, con orientaciones norte-sur y sur-norte, con los pies al centro, delimitados por clavos y madera. Cada sujeto ocupaba un espacio de 2 m de pies a cabeza, con una separación entre ellos de 2 cm. Lo anterior indica que fueron depositados en ataúdes o que fueron amortajados acompañados por cruces, rosarios y botones (Guilliem, 2008, 2019).

La información histórica indica que en el ayuntamiento de la Ciudad de México se planeó la creación de un cementerio en Tlatelolco en 1821, bajo la ordenanza de depositar ahí a los muertos por cólera (fig. 1), en 1833 (El Museo Mexicano, 1843; Márquez, 1994; Morales, 1992). Se cree que la fosa común pudo ser creada durante esta epidemia, y quizá se siguió utilizando como cementerio hasta el cierre del convento en 1861 por las Leyes de Reforma. El espacio se usó después para instalar los ferrocarriles, desde la garita de Peralvillo hasta Buenavista, y los talleres estaban en Nonoalco (Guilliem, 1991, p. 50), lo que indica que la fosa estuvo funcionando durante 28 años o incluso más.

Los entierros 392, 385, 466, 471, 513 y 514 fueron localizados en el tercer nivel de depósito de la fosa común (fig. 2). Para determinar si las mujeres habían muerto embarazadas, en parto o poco tiempo después, se realizó una excavación meticulosa de ellas y su relación con los infantes. Si los restos esqueléticos hubieran estado en posición fetal dentro de la cavidad pélvica (superpuestos al sacro entre el isquion y la sínfisis púbica), es probable que las mujeres hubieran muerto mientras los fetos estaban en el útero, lo cual no fue el caso. El entierro 385 (de recién nacido) estaba encima y a la altura de la cavidad toráxica del entierro 392, con las piernas extendidas y el brazo derecho sobre el vientre, por lo cual es posible que haya nacido y luego fuera colocado sobre la madre. En los entierros 466 (infante 471) y 513 (infante 514), los infantes fueron depositados entre las piernas de las madres, con la cabeza orientada hacia la pelvis en decúbito dorsal extendido, con ambos brazos hacia el pecho (fig. 3).

Los entierros 392, 466 y 513 (mujeres) fueron depositados con la forma “cristiana”, en posición decúbito dorsal extendido, con las extremidades superiores flexionadas y yaciendo sobre el pecho (Hernández Pons, 1987, p. 222). Los entierros 392 y 466 tenían orientación sur-norte (cabeza-pies) y el entierro 513, norte-sur (cabeza-pies); los infantes coincidieron con la orientación de la madre, excepto el entierro 385, que fue norte-sur. La constricción de los cuerpos femeninos, así como el hallazgo de fragmentos de madera, denota que se encontraban en un espacio reducido (probablemente un ataúd).

Miriam Angélica Camacho Martínez. Arqueóloga por la UAZ. Maestra y doctora en antropología física por la ENAH. Profesora de la ENAH.
Salvador Guilliem Arroyo. Arqueólogo por la ENAH. Maestro en estudios mesoamericanos por la UNAM. Director del Proyecto Tlatelolco desde 1987.

Tomado de Miriam Angélica Camacho Martínez y Salvador Guilliem Arroyo, “Las madres del cólera”, Arqueología Mexicana, núm. 197, pp. 72-77.