En uno de los deliciosos textos que explicaban su afición por novelar la historia, Umberto Eco afirmó que “el lenguaje puede hablar tanto de las cosas desaparecidas como de las inexistentes”. Se refería entonces al abigarrado mundo imaginario medieval, cargado de teologías, supersticiones y leyendas, pero también de arquitecturas de geometría exacta y esculturas espléndidas, de manuscritos que eran lecciones bíblicas apocalípticas o traducciones árabes de los antiguos sabios griegos inventores de la duda, de manufacturas que se desdoblaban en tesoros y sus cargas simbólicas.
Sin duda, Eco tenía razón: el pasado real, el ya olvidado y el imaginado se trenzan en los léxicos del arte. La frase de Eco, por supuesto, aplica perfectamente al lenguaje de las cosas que guardan los objetos de un museo como el Nacional de Historia, que cumplió 80 décadas de existencia en el Castillo de Chapultepec. Voces que por igual se escuchan como susurros o estridentemente, siempre que haya voluntad de hacerlo. Historias ya idas, sobrevivientes del olvido, cuyas huellas pensamos que se explican en las colecciones que acopia, cuida, investiga, conserva y difunde el Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Tomemos un ejemplo: el retrato al óleo que se exhibe en la sala 3 del Castillo y en nuestro libro tiene el número 20. El lenguaje de la pintura nos lleva a una vida desaparecida en un entorno fantástico, inexistente, vecina a otros objetos que jamás tuvo cerca. Los ojos de la joven mujer se clavan directamente en los nuestros. Cierta dulzura nos aleja de la mirada inquisitiva o beligerante: lo suyo son las letras… y el alma humana.
La imagino preguntándonos, como Octavio Paz, si hoy le entendemos. No reclama, su gesto es amable. Está quieta pero sabemos por sus biógrafos que el tiempo le corrió de prisa. Podemos imaginarla por haberla visto con seguridad centenares de veces. Se trata del retrato de Sor Juana Inés de la Cruz, de la mano del pintor oaxaqueño Miguel Cabrera. La imagen se desdobló en icono. Está en estampas, billetes, tarjetas postales, catálogos de exposiciones, portadas de libros…
Es menos probable que se haya puesto atención a sus detalles. Cabrera lo pintó cincuenta años después del fallecimiento de la monja jerónima, así que es muy posible que haya recurrido a la memoria de monjas ancianas que la conocieron para delinear su rostro. El entorno posiblemente también sea fantasioso; de cualquier manera, ha desaparecido.
Cabrera jugó con el tiempo: no sólo retrató al personaje más inteligente de la Nueva España barroca —y creo que destacadamente de la historia universal de las letras—, sino que la rodeó de señales que permitieran comprender la pintura no simplemente mirándola sino leyéndola.
Hagamos el ejercicio. En el centro del retrato, sobre el pecho de la monja, el medallón con la escena de la Anunciación; el arcángel Gabriel sorprende a la joven María, quien tiene un libro enfrente. La doncella (pues tal sería la palabra que la describe y que al pasar al griego y al latín la tradujeron como “virgen”, según nos informa Carlo Ginzburg en su ensayo Ecce Homo) estaría concentrada; leía, con seguridad, a Isaías, quien profetizara su futuro como madre del Mesías, y tal era la intención de Cabrera. El pasaje del evangelista Lucas resuelve el enigma: María se declara en ese momento sierva de Dios. La escena indica la profesión de clausura definitiva en el convento de San Jerónimo: Sor Juana aceptaba servir a Dios separándose del mundo. Cabrera pintó otros elementos en su alegoría de los tiempos, imaginarios imposibles en la realidad pero legibles en la tela de clave barroca y que plasma en un solo espacio: el sol en el amanecer y en el ocaso; completo y sonriente en el cenit.
Este retrato de Sor Juana se exhibe con otros óleos de rostros femeninos en la sala 3 del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec. Y reproduce, para los ojos atentos, el mecanismo mismo de un museo de historia, esto es, el de sintetizar los tiempos a través de la lectura de los objetos a la vista y en vecindades lejanas a la realidad cotidiana. Una ingeniería similar, la de la alegoría, reproduce este libro –esto es, avecindar objetos de distinta naturaleza para significar relatos en un todo coherente: literalmente la aristotélica metáfora, relación cercana de cosas de distinta naturaleza para crear una imagen del mundo.
Salvador Rueda Smithers. Historiador del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Director del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.
Tomado de Salvador Rueda Smithers, “Notas para la presentación del libro 80 años, 80 piezas (1944-2024). En los 80 años del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec”, Arqueología Mexicana, núm. 198, pp. 88-93.





