• viernes, 14 de junio de 2019

Atribuciones principales de los dioses de la lluvia

Las atribuciones esenciales de los dioses de la lluvia mesoamericanos fueron perfectamente sintetizadas por Sahagún en un apartado dedicado a Tláloc: “Tenían que él daba las lluvias, para que regasen la tierra, mediante la cual lluvia se criaban todas las yerbas, árboles y frutas y mantenimientos. También tenían que él enviaba el granizo y los relámpagos y rayos, y las tempestades del agua, y los peligros del río y de la mar”. Es decir, Tláloc y sus correspondientes mesoamericanos encarnan todos los fenómenos meteorológicos relacionados con la lluvia o la tormenta. Son nubes, lluvia, rayos, relámpagos, truenos y corrientes de agua a la vez. Son fertilizadores, guardianes de los campos y proveedores de “todos los mantenimientos necesarios para la vida corporal” cuando su acción es benéfica, pero también pueden ser destructores cuando su acción es nefasta. A veces cuando se reúnen con los remolinos de viento, se convierten en huracanes, confundiéndose o fusionándose así con otros dioses.

Los hacedores de lluvia, los regadores. Desde luego, la primera atribución de esos dioses era la de hacedores de lluvia. No sorprende que algunas de aquellas entidades llevaran un nombre relacionado con su actividad principal. Tláloc, o mejor dicho Tlálloc, según el ya muy conocido análisis de Thelma Sullivan (1972), significa literalmente “el que está hecho de tierra” o “el que encarna la Tierra”, vocablo que remite no sólo a su naturaleza terrosa o telúrica sino también a sus orígenes míticos. Sin embargo, como ya se señaló, tenía otros nombres o epítetos. Quiáhuitl, “Lluvia”, es precisamente otra de sus advocaciones, como señor del día quiáhuitl  y como regente de la séptima trecena del tonalpohualli, ce quiáhuitl, 1 lluvia. Chiconahui Quiáhuitl, “9 Lluvia”, era el nombre que daban al dios de la lluvia en Cholula. Dzahui, el equivalente de Tláloc en la Mixteca, también significa Lluvia. El dios otomí Mu’ye, también es Lluvia. Entre los purépechas, el dios de la lluvia se llama Tirípeme Curicaueri; Tirípeme significa “agua hermosa o divina” o “agua que se descuelga”, es decir, la lluvia. Finalmente, una de las numerosas traducciones propuestas para Chaac, según el Diccionario Cordemex , es “Lluvia” o “Aguacero”. Además, a los chaacob  (plural de Chaac) se les llamaba también ah hoyaob , “regadores”, “rociadores”, “salpicadores” u “orinadores” (Thompson, 1982; Rivera Dorado, 1992). Son muchas las imágenes de los dioses de la lluvia en las que aparecen en la acción de regar. El dios B –según la clasificación de Paul Schellhas; mejor conocido bajo el nombre de Chaac, y a veces asociado con la diosa lunar Ix Chel en el Códice de Dresde y en el Códice Madrid–, el mixteco Dzahui –en el Códice Tonindeye– e incluso el dios de la lluvia de Teotihuacan, aparecen numerosas veces vertiendo agua con jarras o simplemente sosteniendo un recipiente. También en una escultura en bajorrelieve de una caja de piedra que se conserva en el British Museum de Londres, Tláloc riega la tierra con una olla decorada con un chalchíhuitl, símbolo del agua preciosa.

En la lámina 27 del Códice Borgia se representa a Tláloc regando y orinando. Una corriente de agua sale de la mano derecha, con la que sujeta una jarra con su efigie en la acción de regar, y tiene una serpiente en la mano izquierda, de la que sale otro chorro de agua; de entre las piernas del dios mana otra corriente de agua. En el Códice Madrid destacan las representaciones en las que se ve el agua que sale a chorros de los orificios naturales de Chaac y de otras entidades asociadas. Los dioses de la lluvia también eran concebidos como contenedores: eran nubes, cerros, cuevas, pozos naturales, caminos bajo tierra, llenos de agua. Por ello, desde el Preclásico hasta el Posclásico mesoamericano se encuentran recipientes de todo tipo con efigie de los dioses de la lluvia (López Luján, 1997). Es más, según el Códice Florentino (f. 223v), los nahuas decían que los ríos venían de Tlalocan, la morada de Tláloc. Tlalocan se describe también como un cerro hecho de tierra, una olla, un contenedor de agua. Tlalocan es más que la morada del dios, es el mismo dios. Las aguas son propiedad de Chalchiuhtlicue, “brotan desde el interior del cerro; Chalchihuitlicue las deja escapar de sus manos”. Así salen también las aguas del interior de la diosa Ix Chel en los códices mayas.

Dioses del rayo, del relámpago y del trueno. Estas entidades no deben ser consideradas exclusivamente vinculadas al elemento acuático, también están fuertemente relacionadas con el elemento ígneo. El rayo, el relámpago, el trueno y, como dioses de todos los cerros, quizás también las erupciones volcánicas, son atribuciones naturales de los dioses de la lluvia. Tláloc fue el regente del Sol de Lluvia de Fuego y fray Diego Durán incluso lo comparaba con el dios supremo de la antigüedad clásica: “Tláloc, dios de los truenos y relámpagos […] era como Júpiter entre los romanos”. Cociyo, el nombre del dios zapoteco de la lluvia, significa “Rayo” y Tajín, el totonaco, quiere decir “Trueno”. El sentido inicial de Chaac también es “Rayo”. Hoy en día, entre los tzotziles, el nombre del dios de la lluvia: Chauc,  significa “rayo”, “relámpago” o “trueno”. En su calidad de dioses del rayo, se les solía representar blandiendo palos ondulados, serpientes y hachas en las mano.

Cuadruplicidad y quintuplicidad espacio-temporales de los dioses de la lluvia. Los dioses mesoamericanos, y por lo tanto los de la lluvia, son conceptos complejos que incluyen el espacio-tiempo. Para llevar a cabo la inmensa labor de proveedores y guardianes de la milpa, su acción benéfica o nefasta, su protagonismo era pluridireccional. Esto se puede comprobar en fuentes como la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas, en la que se describe la morada de Tláloc como un aposento cuatripartita de donde el dios, con un sinnúmero de ayudantes, mandaba todas las clases de lluvias benéficas o nefastas, según los casos: “Cuando el dios de la lluvia les manda que vayan a regar algunos términos, toman sus alcancías con los palos, y cuando viene un rayo es de lo que tenían dentro, o parte de la alcancía”.

Es decir, el dios de la lluvia mesoamericano era uno, cuatro, cinco y múltiple a la vez. Su cuadruplicidad le valía a Tláloc el nombre de Nappatecuhtli (Cuatro Veces Señor), el dios de las cuatro direcciones. El aspecto cuádruple o más bien quíntuple de Tláloc se plasmó en numerosas representaciones, como en la caja de piedra pintada de Tizapán o en las ya citadas láminas 27 y 28 del  Códice Borgia. En el  Códice Vaticano A (f. 20r) se dice que Tláloc es “compañero de los cuatro vientos y de los cuatro tiempos del año”. Para los mayas, los dioses del viento cuádruples, los  pauahtunes, también son aliados de Chaac. Como lo explica acertadamente Karl Taube (1992, p. 17), Chaac está claramente relacionado con los cuatro rumbos y colores, pero también con el centro en el  Códice de Dresde, ya que su nombre puede venir precedido por el signo  yax, vinculado a la vez con el centro y el color verde, lo que sugiere que no había cuatro sino cinco Chaac, uno para cada punto cardinal y uno para el centro. Recordemos que Xoxouhqui, “el verde, el crudo”, era una de las advocaciones de Tláloc, y que también sería dios del centro. Tláloc y Chaac, bajo su aspecto cuádruple, representan los cuatro pilares que sostienen el mundo. En este sentido, se parecen a los cuatro bacabes. Es más, Bacab significa: “el que vierte agua con un vaso a boca estrecha”, nombre que, como lo hemos visto, conviene perfectamente a los dioses regadores. En la página 31 del  Códice Madrid aparece Chaac enmarcado por cuatro ranas de cuyas bocas mana agua a borbotones. Según Miguel Rivera Dorado (1992, p. 182) los  chaacob tienen rasgos comunes con los  balamob, “jaguares”, como protectores de milpas, pueblos y hombres. También están muy bien documentados los vínculos estrechos que unen a Tláloc con el jaguar. Éste, en su advocación de Tepeyólotl, es el corazón del gran cerro Tláloc-Tlalocan. Él es quien guarda el agua preciosa petrificada en sus fauces, es el eco de la montaña, el trueno, y también compañero de los dioses de la lluvia (Olivier, 1997).

Cocijo, el antiguo y poderoso dios zapoteca, tenía cuatro compañeros: Zaa , “Nubes”; Niça Quiye, “Lluvia”; Pèe , “Viento”, y Quiezabi, “Granizo”. Este aspecto cuatripartita se plasma en una escultura de cerámica que representa al dios zapoteco con cuatro recipientes  Cocijo era además el nombre que se daba a una de las divisiones del  piye, calendario adivinatorio de 260 días. Un  piye estaba dividido en 4  cociyo, es decir, cuatro periodos de 65 días. A su vez, lo 4  cociyo estaban divididos en 5  cocii, esto es, 5 periodos de 13 días, de manera semejante a la trecena del tonalpohualli (Marcus y Flannery, 1996, p. 19). En la lámina 55v del  Códice Vaticano A se describe una ceremonia de petición de lluvia dedicada al dios Cocijo, que parece estar relacionada con la ceremonia del Volador, rito relacionado también con los puntos cardinales, el calendario y el ciclo indígena de 52 años”.

 

Tomado de José Contel, “Los dioses de la lluvia en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana núm. 96, pp. 20-25.

 

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