• 12-abr-2021

Cantona. Investigaciones arqueológicas

Ángel García Cook

Aun cuando Enrique Juan Palacios (1922), asienta que Cantona es mencionada en la Gazeta de Alzate de 1790 –lo cual no ha podido corroborarse–, es de Henri de Saussure (1858) de quien contamos con un texto relacionado con este asentamiento prehispánico. Saussure visitó Cantona en 1855 y lo describió y ubicó con detalle:

Una prodigiosa masa de lava, después de ser vomitada a través de amplios orificios abiertos, se extendió en forma de manto a una inmensa distancia y recubrió la zona de un verdadero mar de basalto cuyos bordes, ramificados y recortados de mil maneras, dibujan en el llano como otros tantos golfos y promontorios rocallosos hasta los últimos límites que la vista pueda abarcar. […]

El aspecto inhóspito y desolado de esos mantos de basalto les ha valido el nombre de malpaís, que el señor Humboldt les conservó y su estructura exclusivamente pedregosa hizo (también) que les dieran el nombre de pedregal que expresa mejor aún su naturaleza… (Saussure, 1858, pp. 282-283)

Sobre el nombre del asentamiento, Saussure apunta: “…los indios de los alrededores le llaman la ciudad de o del Cantón; mas no hay en la comarca circunvecina ningún lugar que lleve el nombre de Cantón del cual las ruinas hubieron podido tomarlo” (Saussure, 1858, p. 289). Saussure, además de resaltar el hecho del no uso de cementante para unir las piedras de las construcciones, habla también sobre las vías de circulación:

…las calles no son anchas ni alineadas, de tal forma que se corten en ángulo. Son al contrario estrechas a la manera de los callejones de las ciudades antiguas de Europa. No se habría por cierto encontrado la forma de establecerlos de otra manera sobre un suelo tan tortuoso, había que seguir la curvatura de las violentas ondulaciones del terreno y apenas era posible encontrar el espacio necesario para circular […] las calles están pavimentadas con pedazos de lava, rotas para este efecto y toscamente ensambladas (Saussure, 1858, p. 264).

Es hasta principios del siglo pasado cuando Nicolás León (1903) trata nuevamente, en un semanario de la época, sobre “Los monumentos arqueológicos en Cantona”. Poco después, Enrique Juan Palacios (1922, 1923 y 1939) es quién vuelve a escribir sobre Cantona y le otorga cierta temporalidad, situándola en el Arcaico (Preclásico).

En un artículo intitulado “Hueyaltépetl”, publicado en 1922, Palacios asienta: “Por los datos consignados en las gacetas de Alzate (primera e interesante referencia de Cantona), sábese de una masa monolítica en piedra muy dura y fina, la cual estaba pulimentada en forma exquisita...” (Palacios, 1922, p. 191). Pero esta referencia no ha sido corroborada a pesar de los esfuerzos realizados para verificarla. Un análisis minucioso realizado por Peter Tschohl y Herbert Nickel (1972) llega a la conclusión de que esta referencia podría estar escrita en la Gazeta de Literatura de México , que se publicaba mensualmente y en la que Cantona debe aparecer mencionada en la segunda serie del tomo I o al principio del tomo II, publicados en 1790.

Palacios dedica varios párrafos a hablar sobre Cantona y anota, entre otras cosas, que: “Saussure mismo declaraba, hace ya setenta años, que el descubrimiento de una ciudad en la altiplanicie era prácticamente una quimera y el encuentro de Cantona, hecho por el ilustre sabio, pareció cerrar el ciclo de los grandes hallazgos arqueológicos, en esta parte de la Republica” (Palacios, 1922, p. 180).

En un subcapítulo insertado en el mismo texto, llamado “Hueyaltépetl y Cantona”, anota:

Cantona es una ciudad enorme, erigida en el más sorprendente de los sitios: un océano de lava, la más áspera, más salvaje e inabordable de cuantos hemos visto en los malpaís mexicanos. Mientras el Pedregal de San Ángel, escabroso en grado sumo, alcanza seis y ocho metros de espesor, el vómito de la erupción en las faldas del Vigía Alto tiene pasajes en que mide quince y veinte metros, y todavía a esa altura se proyectan riscos y bloques enormes, que antójanse masas de espuma petrificada en el instante mismo de saltar al espacio…

Apenas se ha puesto el pie en el pedregal, eludiendo, con trabajo, los amagos de las feroces espinas de los terribles cactus únicos representantes de la familia vegetal capaces de mediar en estos terrenos, comienzan a reconocerse cercas de piedra en bruto, toscamente amontonadas, las cuales determinan lo que con dificultades se decide uno a considerar como angostos y zigzagueantes callejones. Pero, poco a poco, el viajero se resuelve a admitir que las bardas ilustran espacios interiores con apariencia de regularidad, y que, dentro, existen otros muros que parecen cimientos, plantas, o mejor dicho, restos de viviendas ruinosas y sin techo, en las que preciso es reconocer lo que ha quedado de antiquísimos y primitivos albergues. […] Cantona es sin duda, la ciudad más extraña del mundo. […]

En muchos aspectos Cantona nos parece más antigua que Hueyaltépetl, antiquísima a no dudarlo; en cambio, ciertos datos deducidos especialmente de su tiesteria, se antojan como significativos de mayor refinamiento. Si Cantona nos parece ante todo atrincheramiento, Hueyaltépetl sugiere a la vez un santuario (Palacios, 1922, pp. 189-191).

 Asimismo, Miguel Sarmiento (1930, 1934, 1938 y 1939), quien en la década de los treinta del siglo XX  visitó en diversas ocasiones la zona arqueológica, elaboró un croquis del sitio, tomó fotografías, realizó diversos informes para sus superiores y publicó una carta en un diario de Puebla. También en los treinta, Paul Gendrop (1938) visitó Cantona y entregó un informe al Departamento de Arqueología. Por su parte, Ignacio Marquina incluyó a Cantona en el Atlas Arqueológico de la República Mexicana  de 1939.

 

Ángel García Cook (1937-2017). Arqueólogo por la ENAH. Fue investigador del INAH.

 

García Cook, Ángel, “Investigaciones arqueológicas”, Arqueología Mexicana, Especial 73, pp. 10-15.