• sábado, 22 de septiembre de 2018

Conservación de las obras de arte

Si la intervención humana en todos sus aspectos contribuye en gran medida en parte de la destrucción, también debe sumarse para la conservación. Legos  y especialistas estamos comprometidos con la preservación de nuestro patrimonio histórico y arqueológico. Para los pueblos que nos han precedido, las manifestaciones de su pasado estaban imbuidas del espíritu de lo extraordinario: mantenían el contacto del ayer, el hoy y el mañana en manera atemporal y siempre vigente. Se dice que Nezahualcóyotl escribió un poema acerca de la fugacidad de la vida; palabras y conceptos aplicables al arte:

Si es jade, se hace astillas,

si es oro, se destruye;

si es plumaje de quetzal, se rasga.

Y esas justas palabras tuvieron su contraparte -también extensible al arte en un anónimo poeta de Chalco:

Brotan las flores, están frescas , medran,

abren su corola.

De tu interior salen las flores del canto:

tú, oh poeta, las derramas sobre

los demás.

La obra de arte es como esas flores: se derrama sobre los demás. Nos da pautas para nuestra propia comprensión del mundo y nuestro desarrollo al pasar por la existencia. Nos permite afincar y enriquecer nuestra identidad al asegurarnos caminos vitales. No se duda: el arte es expresión inigualable y única de los pueblos. Revela, a través de las formas, la voluntad de permanencia; demuestra un despliegue de energía que sólo pudo haberse aplicado a una finalidad excepcional: hacer algo destinado a durar acaso eternamente; que no se astille, que no se destruya, que no se rasgue. Al preservar imágenes que encierran esa fundamental preocupación, la obra de arte comunica al hombre -materia, espíritu y orden cósmico- con otro hombre de otra época y lugar, que es también materia, espíritu y orden cósmico.

No en vano la obra de arte ha llegado hasta nuestros días con pujanza similar a la que le dio origen. Arroja luz, como las flores del poeta de Chalco, a nuestra identidad. Por eso nuestra obligación fundamental es conservarla. Es la raíz de nuestros vínculos con lo que hemos sido  y podremos seguir siendo.

 

Tomado de Beatriz de la Fuente, “La obra de arte conservar el pasado para fundamentar el presente”, Arqueología Mexicana núm. 74, pp. 18-25.

 

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