• 26-may-2020

De Aztlan a Colhuacan

Patrick Johansson K.

 

La Tira de la Peregrinación. Lámina I

La travesía. Entre la isla de Aztlan y el glifo calendárico 1 pedernal se observa un personaje de pie en una canoa. Por el pelo largo (papahua) y el cuerpo ungido de negro se colige que se trata de un sacerdote. Expresa la(s) travesía(s) que efectuaban los sacerdotes mexicas, en el año 1 pedernal, antes de su salida definitiva, a la cueva Quinehuayan Óztotl, situada en el monte Colhuacan. Algunas fuentes señalan que lo hicieron cuatro veces (Manuscrito 40), lo que podría haber sido expresado aquí mediante las cuatro huellas antes de la partida. Expresa también, en términos generales, la salida definitiva de Aztlan en ese mismo año.

En algunas fuentes verbales e iconográficas, el monte Colhuacan está situado en la isla misma, en el centro, por lo que la variante aquí analizada ofrece un esquema de acción mítico-narrativo suplementario. La isla y la cueva del monte, así como sus respectivos contenidos, se ven reunidos mediante el paradigma simbólico “travesía del agua” y los componentes de la fecha 1 pedernal.

En términos generales podemos decir que de la unión hierogámica entre Chimalman y el personaje sentado, de la unión del agua y del fuego (arriba del templo), nace el elemento que se encuentra en la cueva matricial del monte.

El glifo calendárico. Este glifo ostenta la fecha 1 técpatl, 1 pedernal, fecha cosmogónica por excelencia en los mitos nahuas. El 1 manifiesta el comienzo (y el fin) mientras que el pedernal, además de su valor como exponente temporal y sacrificial, por su forma fálica, tiene un valor de penetración sexual. Basta con recordar que fue de la penetración de un pedernal, lanzado por los dioses Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl en una cueva, que nacieron 400 dioses, mimixcoas.

Las huellas: xocpalli. Las huellas de pies, xocpalli, que parten de la proa de la canoa, atraviesan la cueva y llegan al glifo de los aztecas, expresan aquí, como en otros contextos iconográficos nahuas, un avance espacio- temporal. Son siete huellas (cuatro antes y tres después de la imagen del personaje que figura dentro de la cueva), lo cual podría ser significativo en este contexto específico, ya que el exponente 7 remite a la fecundación en la simbología náhuatl prehispánica. Si recordamos que también son 7 los peldaños del templo que culminan con la unión del fuego y del agua en lo alto de la templo de Aztlan, podemos establecer la pertinencia mitológica del 7, y el valor de fecundación que expresa.

El monte Colhuacan. Situado a la derecha de la lámina, el monte Colhuacan, en términos de consecución (y consecuencia) narrativa, pertenece también a la secuencia contenida en la lámina II por su valor axial. Su nombre Colhuacan es referido pictográficamente mediante una “curvatura” (coltic) de la parte superior del monte. Sin embargo, en el contexto iconográfico aquí aludido, este significante pictórico no remite a un monte que hubiese tenido realmente este aspecto (aunque pudiera haber sido así), sino que expresa visualmente el formema “espiral”, que remite a su vez a la fertilidad y a la fecundación.

Por otra parte, el significado de Colhuacan es “lugar de abuelos” (o antepasados), por lo que establece una relación manifiesta entre la gestación del dios y el mundo de los antepasados. En términos pictográficos, además de la cima en forma de espiral, las laderas del monte ostentan parte del glifo tetl, “piedra”, para remitir a té-petl, “monte”, y se observa en la base la presencia de agua, atl, lo cual remite a su vez al binomio in atl, in tépetl, “agua, cerro”, es decir, la nación (altépetl). Anticipamos que lo que se “gesta” en esta narración pictográfica es no sólo el nacimiento del dios mexica, sino también del templo mexica, del pueblo mexica, del mundo mexica.

La cueva dentro del monte. En el monte Colhuacan está una cueva, óztotl, dentro de la cual figuran tres ramas de abeto, acxóyatl, que configuran un “contenedor” abierto hacia la parte derecha. Dentro de este contenedor se encuentra la cabeza de un personaje (Huitzilopochtli) que está a su vez dentro del pico de un colibrí. Nueve volutas se elevan hacia el cielo. Seis volutas están orientadas a la izquierda (¿el norte?), tres a la derecha (¿el sur?). Esta cueva del monte es Quinehuayan Óztotl, “la cueva de la salida inminente”, la cual corresponde a Chicomóztoc –7 cueva(s)– en otros contextos narrativos.

Tanto la espiral como los distintos contenedores cueva-acxóyatl-pico de colibrí expresan visualmente el carácter matricial de la gestación del pueblo mexica en esta primera fase.

Las nueve volutas que se elevan (ehua) remiten, por lo menos fonéticamente, al verbo ehua de Quinehuayan y enlazan la primera lámina con la segunda. En efecto, a partir de este momento la peregrinación que comienza se realizará en los páramos inhóspitos del inframundo. Recordemos que el número 9 está vinculado con la parte ácuea más profunda del inframundo, Chicnauhapan, y más generalmente con el Mictlan, que los aztecas tendrán que atravesar de manera iniciática para llegar al umbral de la existencia manifiesta.

 

Patrick Johansson K. Doctor en letras por la Universidad de París (Sorbona). Investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas y profesor de literatura náhuatl en la Facultad de Filosofía y Letras, ambos en la UNAM.

Johansson K., Patrick, “De Aztlan a Colhuacan. Lámina I”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 26, pp. 18-21.

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