En las fauces de Leviatán

Alfredo López Austin, Juan B. Artigas

Al sureste de Metztitlán, en el colindante municipio de Metzquititlán, se localiza un pequeño poblado que lleva por nombre Santa María Xoxoteco. Destaca en él una iglesia blanca, de fachada simple y lisa, rematada por una espadaña. Fue construida a mediados del siglo XVI como visita del Convento de los Santos Reyes, que en aquel tiempo era centro evangelizador de la Sierra Alta. Inicialmente la iglesia de Xoxoteco fue capilla abierta, como eran comunes las destinadas a los indígenas; pero después se cerró la enorme puerta para darle su actual apariencia.

En los primeros meses de 1975, los habitantes de Xoxoteco acordaron remozar el edificio. Al desprender la cal que cubría muros y bóveda, descubrieron la existencia de profusas escenas demoniacas. El impacto de aquellas pinturas fue tan fuerte, que se cuenta que las mujeres, al verlas, huían despavoridas. El descubrimiento fue conocido en 1975 por el arquitecto Juan Benito Artigas Hernández, quien recorría en viaje de investigación edificios religiosos de la región de Metztitlán en el estado de Hidalgo. Su asombro dio por resultado la noticia publicada en un diario de la capital y la posterior aparición de su estudio La piel de la arquitectura. Murales de Santa María Xoxoteco, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1979. La atención de Artigas en la indumentaria de los personajes humanos representados en los muros lo llevó a fechar la obra pictórica a partir de 1550 y 1556.

Siguió a éste otro sorprendente descubrimiento a muy pocos kilómetros al oeste de Xoxoteco, en el Valle del Mezquital. Ocurrió en el formidable edificio agustino de la iglesia y convento de San Nicolás Tolentino, en Actopan. Había sido erigido en 1550 y siempre fue muy famoso por sus impresionantes pinturas. Pese a lo anterior, la magnífica capilla abierta había mantenido encaladas sus paredes. Entre 1977 y 1979, tras ser removidas las capas de cal, aparecieron pinturas extraordinarias en sus muros, de temática muy semejante a las de Xoxoteco, aunque en su caso con un desarrollo mayor del programa dadas las proporciones del edificio. El estilo es parecido, pero fueron realizadas por otras manos, y Artigas sostiene que las de Xoxoteco son de una ejecución superior. Debe pensarse en la itinerancia de pintores al servicio de los agustinos. Rubial García, distinguido estudioso de la orden, afirma que para mediados del siglo XVI existían conventos agustinos dedicados a la enseñanza de las artes, mismos que posiblemente puedan ubicarse en Actopan, Yuririapúndaro y Tiripitío (1989: 138). No podían faltar estas escuelas en una obra de evangelización que pretendía avanzar sobre sociedades de muy distinta cultura, con las que la comunicación verbal presentaba serias dificultades de comprensión conceptual. La imagen visual era indispensable.

El Demonio y sus demonios

Fueron el Demonio y sus demonios seres protagónicos en la implantación del cristianismo en el continente americano. Los primeros evangelizadores atribuyeron al Demonio la invención de las religiones indígenas, y explicaron la contumacia de sus fieles con la existencia del patronazgo y protección del Demonio a los habitantes del continente. Paradójicamente, el Demonio y el Infierno eran aquí conceptos muy lejanos a las cosmovisiones indígenas, pues difícilmente se podía dar cabida a la existencia de un dios absolutamente malo y, mucho menos, a que las obras realizadas en la breve vida de un ser humano lo condujesen a un futuro eterno de tormentos horripilantes.

Sin embargo, los evangelizadores perseveraron en su intento de aterrorizar a los novicios con estos maléficos seres, identificándolos con divinidades indígenas, lo que resultó, a la larga, un útil instrumento de conversión. La sustitución puede ejemplificarse –como lo ha explicado detalladamente Alcántara Rojas– con la transformación de las divinidades nahuas tzitzimime y coleletin en diablos, la ubicación del Infierno en el sitio de la muerte o Mictlan, y la adjudicación al Diablo del nombre náhuatl de una clase de hechiceros: Tlacatecólotl.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM. Investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.

Esta publicación puede ser citada completa o en partes, siempre y cuando se consigne la fuente de la forma siguiente:

López Austin, Alfredo, “En las fauces de Leviatán”, Arqueología Mexicana, núm. 157, pp. 18-27.

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