• 22-ago-2019

Hernán Cortés y los religiosos

Antonio Rubial García

Además de tener los valores de un guerrero de su época, Hernán Cortés era al mismo tiempo un varón piadoso y un ferviente católico, es decir, en él la guerra y la religión estaban íntimamente unidas. Esta actitud explica la relación tan cercana que tuvo con los religiosos, así como la visión que éstos dejaron de él en sus crónicas.

 

Parecería contradictorio que un hombre de armas como Hernán Cortés, imbuido de los valores guerreros como el arrojo, la valentía, el gusto por el fragor de la batalla y por derramar sangre, fuera al mismo tiempo un varón piadoso y un ferviente católico preocupado por la salvación de su alma y por la de sus semejantes. Pero esto no era raro en una sociedad como la medieval y mucho menos en Castilla, donde varios siglos de lucha contra los musulmanes habían generado una ideología en la cual la guerra y la religión estaban íntimamente unidas. El triunfo final sobre los infieles con la toma de Granada en 1492, el mismo año que Colón llegaba a América, era considerado como un hecho providencial; Dios premiaba a los castellanos con un continente lleno de riquezas por haber luchado contra los enemigos de la fe, pero el premio traía consigo la obligación de convertir a las almas de los indios al cristianismo.

Esta actitud se puede ver a lo largo de la vida del conquistador quien, según sus propios testimonios y los de sus contemporáneos, al llegar a un poblado indígena les hacía una predicación acerca de la fe por medio de un intérprete, quitaba al ídolo del templo y ponía en su lugar una imagen de la Virgen María o una cruz. Esa misma actitud explica la relación tan cercana que tuvo con los religiosos, así como la visión que éstos dejaron de él en sus crónicas. Los primeros hombres de Iglesia que aparecen en los relatos de la conquista fueron el fraile mercedario fray Bartolomé de Olmedo y el clérigo secular Juan Díaz, ambos elegidos por Cortés como curas castrenses que atenderían las necesidades espirituales de sus huestes, algo muy común en todas las expediciones. Estos religiosos no tenían como finalidad la evangelización de los naturales, aunque muchas veces administraron el bautismo a las mujeres indígenas que los españoles recibían como regalo a lo largo de su travesía. En épocas posteriores también se atribuyó a Olmedo el bautizo de los primeros señores que se convirtieron al cristianismo (el de Tlaxcala, el de Texcoco e incluso el vencido Cuauhtémoc) y en muchas pinturas aparecerá Cortés apadrinándolos. Las escenas de esos bautizos de los caciques fue para sus descendientes una prueba de su temprana conversión y la de sus pueblos y la presencia de Cortés, quien tuvo una gran influencia en ello, avalaba su alianza con los españoles.

Fray Bartolomé de Olmedo fue el religioso más representado al lado de Cortés en las imágenes de los siglos xvii y xviii. Esto se debió a que los mercedarios metieron mucha información sobre él cuando publicaron en 1632 la obra de Bernal Díaz del Castillo, quien apenas lo mencionaba en el manuscrito original. En esos agregados su hermano de hábito era descrito como el primer evangelizador de Nueva España, colaborador y consejero de Cortés y predicador de la fe cristiana a los indios. El hecho real de la participación de Olmedo en la gesta conquistadora, apenas esbozado en los cronistas, tomaba en la versión mercedaria de Bernal un tono heroico y unas dimensiones exorbitantes que lo equiparaban al mismo Cortés. Eso influyó en las representaciones de la conquista que se hicieron a partir de entonces.

 

Franciscanos y dominicos

Unos meses antes de la toma de Tenochtitlan, en febrero de 1521, llegaba a México el franciscano fray Pedro Malgarejo para vender bulas de cruzada entre los conquistadores. También en ese año llegaron el mercedario Juan de Varillas y otro franciscano, fray Diego Altamirano, primo de Cortés. Los tres presenciaron la toma de Tenochtitlan pero partieron de Nueva España al poco tiempo. De esos religiosos, dos tuvieron un papel importante durante la conquista como emisarios y espías de Cortés. Olmedo fue enviado por el conquistador a entrevistarse en Veracruz con Pánfilo de Narváez, quien venía en nombre del gobernador de Cuba Diego Velázquez para apresarlo. Esto sucedía antes de la Noche Triste. Melgarejo también fue emisario de Cortés, pero ahora frente a Cristóbal de Tapia, quien traía el cargo de gobernador de Nueva España después de la toma de Tenochtitlan y quien pretendía también desplazar a Cortés, como parte de los tejemanejes de Velázquez. Melgarejo sería después de gran ayuda para don Hernán en la corte imperial.

A pesar de la presencia de dos mercedarios en sus huestes, Cortés nunca pensó en esta orden para encargarle la evangelización de los indígenas; en cambio, en su cuarta Carta de Relación solicitaba expresamente el envío de franciscanos y dominicos para llevar a cabo tal empresa. Esta solicitud parece extraña pues cuando la carta se escribía (octubre de 1524) ya vivían en Nueva España 15 religiosos de San Francisco. Por otras fuentes sabemos que en 1523 llegaron tres frailes de Flandes, la tierra de Carlos V, enviados directamente por el emperador: fray Peter de Moore (o de Gante), que era hermano lego, fray Johann de Auwera (o Ayora) y fray Johann Dekkers (o Tecto). Un año después arribaron otros 12 religiosos procedentes de Castilla, enviados por el general de los franciscanos y bajo el mando de fray Martín de Valencia. Bernal Díaz del Castillo relata el recibimiento que dio Cortés a estos religiosos en junio de 1524, cómo se arrodilló ante ellos y mandó a los caciques indígenas, encabezados por Cuauhtémoc, que hicieran lo mismo. El cronista da a entender que este acto dio a los religiosos, que venían descalzos y pobremente vestidos, una gran autoridad moral ante los indios y en la crónica franciscana posterior tal gesto se convirtió en un motivo de exaltación hacia la figura de Cortés. A pesar de que éste omitió tales hechos en su cuarta carta, la presencia franciscana es notable en ella pues el capitán parece tomar conciencia de su intermediación como agente de Dios en la conversión de los naturales, muy posiblemente después de un año de trato con fray Juan de Ayora, ilustre teólogo y confesor de Carlos V.

 

La labor de los franciscanos

En los tres meses que siguieron a su llegada, los franciscanos, con el apoyo del capitán, entraron en contacto con los dirigentes indígenas de los pueblos aliados. Muy posiblemente en esas fechas Ixtlilxóchitl, el señor de Tetzcoco, los invitó para fundar un convento en su ciudad. Quizás también entonces Maxicatzin, uno de los señores de Tlaxcala, los llamaría a sus territorios y los albergaría en su palacio en Ocotelulco. El cazonci de Michoacán, Tangaxuan, también llegó a México por esas fechas y Cortés le recomendó que enviara a algunos niños nobles de su reino para que se educaran con los franciscanos. Al año siguiente solicitaría también religiosos de esa orden para iniciar la evangelización en sus tierras y los hospedaría en su palacio de Tzintzuntzan. El nombre cristiano que tomó, Francisco, puede ser un dato para aseverar que también fueron los frailes menores quienes lo bautizaron.

Cuando llegaron los franciscanos, la ciudad de México estaba ya trazada y varios solares habían sido repartidos entre los conquistadores. Pero aún había espacios sin dueño y Cortés les dio un lugar privilegiado para que comenzaran a hacer su convento, a un costado del derruido templo mayor de Tenochtitlan, aunque no permanecieron ahí por mucho tiempo. Este primer contacto con los 12 misioneros castellanos fue muy corto pues a tres meses de su llegada Cortés partió a la expedición de Las Hibueras (hoy Honduras) para someter al rebelde Cristóbal de Olid (octubre de 1524). Bernal Díaz, quien estuvo en esa expedición, narra que en ella Cortés llevó a dos de los religiosos flamencos que habían llegado con Gante, fray Juan de Tecto y fray Juan de Ayora, lo que muestra de nuevo su interés porque la empresa tuviera el aval y protección divinas y sus hombres, tanto indígenas como españoles, los auxilios espirituales necesarios. Ambos religiosos morirían ahogados en el mar a su regreso de la nefasta expedición, en la que también Cuauhtémoc fue ahorcado por orden de Cortés.

Bernal nos deja igualmente otro dato interesante sobre los inicios de esta aventura; Cortés “encomendó a un fray Toribio Motolinia, de la orden del Señor San Francisco, y a otros buenos religiosos, que mirasen no se alzase México ni otras provincias”. Fray Toribio de Benavente, llamado por su pobreza Motolinía por los indios, era uno de los 12 frailes llegados en el contingente de Valencia. ¿Por qué lo dejó al mando y no a fray Martín? Es muy claro que Cortés sabía muy bien descubrir la personalidad de aquellos con quienes trataba. Valencia era un místico, no un hombre de acción, de hecho no se interesó por la labor misional, nunca aprendió una lengua indígena y los últimos años de su vida los pasó como ermitaño en un cerro vecino al Iztaccíhuatl. Motolinía, en cambio, se mostró en el futuro como un activo misionero, viajó a Guatemala varias veces, participó en la fundación de Puebla, aprendió náhuatl. En los pocos meses que lo trató Cortés antes de salir a Las Hibueras, pudo percibir su potencial organizador y por eso lo dejó a cargo de la ciudad. Gracias a este poder delegado es que en ese periodo de ausencia de Cortés, entre fines de 1524 y 1526, los franciscanos se expandieron y fundaron conventos en Huejotzingo y Cuernavaca, que eran encomiendas de Cortés, y en Texcoco, Tlaxcala y Tzintzuntzan, donde gobernaban sus aliados indígenas.

 

Antonio Rubial García. Doctor en historia por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, donde es profesor titular.

 

Rubial García, Antonio, “Hernán Cortés y los religiosos”, Arqueología Mexicana núm. 127, pp. 26-36.

 

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