• 21-nov-2019

La ciudad de Quetzalcóatl

Un aspecto clave en la historia de Tollan según las crónicas es su identidad como la ciudad del rey-sacerdote Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, el héroe cultural más sobresaliente de Mesoamérica. Los ciclos épicos de Quetzalcóatl tenían para los antiguos mexicanos tanta importancia como la tuvieron las obras de Homero para los griegos clásicos. La versión más común de la historia de Topiltzin Quetzalcóatl ubica su nacimiento alrededor de los siglos IX o X d.C., en un lugar cerca de Xochicalco, en el actual estado de Morelos, donde vivió su infancia. Ya adulto, se vengó del asesinato de su padre y tomó posesión de su herencia como rey de los toltecas, fundó Tollan y empezó así un gran periodo de florecimiento para los toltecas. Después de varias décadas, hubo una serie de conflictos en Tollan entre los seguidores del rey Quetzalcóatl y un grupo leal a Tezcatlipoca, dios de la guerra y el sacrificio humano. Los seguidores de Tezcatlipoca resultan vencedores, y Quetzalcóatl y sus súbditos son expulsados de Tollan, de donde migran al oriente, hacia la costa del Golfo, y tal vez después a Yucatán y Chichén Itzá.

Luego de las extensas investigaciones de Jorge Acosta y Hugo Moedano en los cuarenta, en las que se rescataron centenares de esculturas de personajes de la elite, los estudiosos han intentado identificar probables retratos del rey Topiltzin Quetzalcóatl en la iconografía de Tula. En las pilastras de la Pirámide B, en los bancos y patios del Palacio Quemado y en los altares y relieves de los vestíbulos, se ven personajes portando vestimentas muy lujosas y con collares y orejeras de jade, coronas o cascos en forma de xihuitzolli (que después fueron los tocados de los reyes mexicas), y a veces con finas armaduras de algodón decoradas con placas de concha. Un gran número de estos señores están acompañados de o envueltos con serpientes emplumadas, símbolo que probablemente indica que son representaciones de los reyes de Tula. Las esculturas que con más frecuencia se han interpretado como retratos de reyes (por Acosta, Moedano, Cynthia Kristan-Graham, Elizabeth Jiménez García y otros especialistas) son los personajes de las pilastras en la cima de la Pirámide B, y las figuras recostadas que decoraban los techos de los patios en el Palacio Quemado. De estas representaciones, Acosta y otros sólo identificaron a un señor con barba y un glifo en forma de serpiente emplumada, esculpido en la Pilastra 3 de la Pirámide B, como el rey Topiltzin Quetzalcóatl (Jiménez, 1998, fig. 49). Es posible que Topiltzin también esté retratado en una lápida que Acosta encontró en la sala 1 del Palacio Quemado (Jiménez, 1998, fig. 55). En Tula es tan extensa la destrucción por saqueos e incendios prehispánicos, que es probable que otros retratos de Topiltzin Quetzalcóatl desaparecieran después de la caída de la ciudad. De cualquier manera, un hallazgo reciente es evidencia de la correlación de Tollan con el ciclo heroico de Topiltzin Quetzalcóatl.

En la década de los ochenta, gracias a un proyecto de conservación en Tula dirigido por Roberto Gallegos, se recuperó un fragmento de pilastra en el lado norte de la Pirámide B, cerca de la cala prehispánica donde Acosta descubrió, en 1941, la mayoría de los Atlantes y pilastras esculpidas. Por varios años, el fragmento de pilastra no fue analizado en detalle, pero a finales de los noventa realizamos estudios comparativos de las esculturas de la Pirámide B, y nos dimos cuenta de que el fragmento constituía la sección superior de la Pilastra 3, que tiene la figura de Quetzalcóatl. Las dimensiones de las secciones de la pilastra son idénticas, y los pies y sandalias de los dos personajes en el fragmento están representados en el límite superior de la Pilastra 3. La identidad de los personajes del fragmento son fascinantes. Una figura tiene anteojeras y otros atributos del dios Tláloc, y está armada con un átlatl (lanzadardos) que Karl Taube interpreta como una reminiscencia del culto teotihuacano al Tláloc guerrero, que se ha relacionado con las ofrendas en el Palacio Quemado de Tula. La otra figura es la única representación del dios Tezcatlipoca en Tula y la escultura más antigua de esta deidad en el Altiplano Central. Tiene una pierna descarnada que termina en el espejo humeante (símbolo clave de este dios) y lleva el vestuario de un guerrero tolteca: armadura de algodón, pechera en forma de mariposa, espejo de turquesa (tezcacuitlapilli) en la espalda, lanzadardos y cuchillo.

La representación de Topiltzin Quetzalcóatl y el dios Tezcatlipoca en la misma pilastra es muy significativa. Su ubicación en uno de los edificios más sagrados de Tula indica que en el arte público de Tula fueron representados elementos que aparecen en las crónicas indígenas sobre la antigua Tollan. Sea lo que fuere, si estos elementos son en verdad históricos o esencialmente legendarios, el conjunto escultural de la Pirámide B sugiere la coexistencia de Topiltzin Quetzalcóatl con el culto a Tezcatlipoca en Tula, y apoya la posibilidad de que el conflicto entre este rey y los seguidores de Tezcatlipoca fueran reales. Es probable que la Pilastra 3 sea un monumento conmemorativo de sucesos ocurridos décadas o siglos atrás. En otro artículo de este número sobre las excavaciones en Tula Chico, centro fundador de la ciudad, se retoma el problema de los posibles conflictos entre reyes y otros grupos de la elite en Tollan.

 

Tomado de Robert H. Cobean y Alba Guadalupe Mastache Flores, “Tollan en Hidalgo. La Tollan histórica”, Arqueología Mexicana núm. 85, pp. 30-35.

 

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