• 13-sep-2019

La tumba del canónigo Miguel de Palomares. Miembro del primer Cabildo eclesiástico de México

Raúl Barrera Rodríguez, José María García Guerrero, Ximena Chávez Balderas, Lorena Medina Martínez

Los análisis a los restos óseos del canónigo Miguel de Palomares se complementarán con la aplicación de novedosas técnicas procedentes de otras disciplinas, como la radiología digital, el análisis de proteínas y microrrestos en el cálculo dental y estudios de ADN. Con ello el Programa de Arqueología Urbana espera poder corroborar la identidad del canónigo Miguel de Palomares, y conocer más sobre la vida de este importante personaje y su papel en los inicios de la Iglesia en Nueva España.

 

A principios de 2016 el gobierno de la Ciudad de México, a través del Fideicomiso del Centro Histórico, hizo llegar a la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH un oficio en el que se solicitaba la intervención del personal de arqueología para supervisar los trabajos de colocación de unas luminarias en el andador peatonal ubicado frente a la Catedral Metropolitana, entre el límite sur del atrio y el arroyo vehicular que delimita al Zócalo por el lado norte.

Después de realizarse los trámites ante el Consejo de Arqueología del INAH, dicha solicitud fue canalizada al Programa de Arqueología Urbana (PAU) del Museo del Templo Mayor, por encontrarse dentro de su perímetro de estudio. Una vez que contamos con la autorización correspondiente pudimos intervenir en el lugar e hicimos un seguimiento de la excavación de 8 pozos de 1.60 m por 1.20 m de profundidad, así como de algunas calas para la introducción de cableado eléctrico. El Fideicomiso del Centro Histórico encomendó estos trabajos a una empresa contratista, la cual inició sus actividades el 22 de febrero. Ante el hallazgo de una lápida mortuoria con un epitafio alusivo al canónigo Miguel de Palomares y la posibilidad de localizar sus restos, las actividades arqueológicas se prolongaron hasta el 30 de mayo de 2016.

 

Vestigios de la Iglesia Mayor y hallazgo de la lápida de Miguel de Palomares

La Iglesia Mayor o primera Catedral fue construida en 1524 por órdenes de Hernán Cortés. Se había sugerido su ubicación hacia el ángulo exterior suroeste de la actual Catedral Metropolitana, según los estudios de Joaquín García Icazbalceta en documentos históricos. Sin embargo, sabemos que la primera excavación que arrojó restos de esta antigua Catedral fue realizada en 1881 por Antonio García Cubas; trabajos que fueron retomados por José María Marroqui, quien hizo una detallada descripción de los elementos arquitectónicos descubiertos. En 1982, el arqueólogo Roberto García Moll y la antropóloga física Marcela Salas Cuesta, con motivo de la realización de una obra de nivelación en la parte frontal del atrio, realizaron excavaciones que dieron como resultado la detección de cuartos y un altar, además de entierros que cronológicamente son posteriores a la antigua Catedral (García Moll y Salas Cuesta, 2011). En el 2005 se llevó a cabo una intervención de menor alcance por parte del PAU en el citado lugar. Más tarde, en 2016, se realizó un proyecto de iluminación de la fachada sur de la Catedral Metropolitana colindante con la Plaza de la Constitución, supervisado por el PAU.

En seis de los ocho pozos de sondeo se detectaron los restos de un muro de cimentación de piedra basáltica, tezontle y toba volcánica, con argamasa de cal y arena, y con una orientación de oriente a poniente. Es posible que dicho mamposteo tenga relación con el muro almenado construido hacia la segunda mitad del siglo XVII y que servía de límite al atrio de la Catedral Metropolitana. En el pozo número 2, ubicado cerca del límite oeste de la nave de la Iglesia Mayor o primera Catedral, la pasante en arqueología Mariel de Lourdes Mera Cázares excavó dos entierros del periodo virreinal temprano (Barrera y García, 2016, p. 8). Asimismo, durante las excavaciones se localizaron los restos de un muro de aproximadamente 80 cm de espesor, que corre de norte a sur y que al parecer era el límite este de la primera Catedral. Además se encontraron restos de pisos de cal y aplanados de argamasa con pigmento rojo.

El hallazgo de la lápida ocurrió el 17 de marzo del 2016. En el pozo número 3, a una profundidad de 1.25 m, se localizó una lápida de toba volcánica de color verde, de 1.87 m de longitud por 90 cm de ancho y cerca de 30 cm de espesor. Dicha lápida, que presenta una orientación este-oeste, en el margen superior y por los cuatro lados contiene grabado un epitafio en castellano antiguo que dice: “Aquí yace el canónigo Miguel de Palomares, canónigo que + fue de los primeros en esta santa iglesia”; además, aparecen dos fechas al parecer relacionadas con su nacimiento y su muerte. Al centro de la lápida se encuentra un escudo parcialmente destruido, que enmarcan tres flores de lis. El bloque, de aproximadamente 1 400 kilos de peso, estaba fragmentado en dos partes a causa de un orificio de 20 cm de diámetro. Desconocemos la época en la que fue realizado el orificio pero es probable que se hiciera algunos años después, con el propósito de colocar una cruz de madera asociada a un primer peldaño de lo que al parecer es un altar orientado hacia el oeste.

Dada la importancia del personaje, los restos óseos y la lápida debieron haber estado sepultados en lo que fuera el interior de la nave de la antigua Catedral. Durante la excavación nos percatamos que para la colocación de la lápida se hizo una fosa rompiendo un piso del periodo virreinal temprano, que presenta un núcleo elaborado con adobes. Después sigue un firme de argamasa, al parecer de una superficie de una plataforma prehispánica. Consideramos que la antigua Catedral fue construida aprovechando como cimiento el límite sur del recinto sagrado de Tenochtitlan.

Los fragmentos de la lápida fueron trasladados al Museo del Templo Mayor, donde la restauradora Diana Medellín y su equipo de colabora- dores realizaron su limpieza y conservación.

 

Excavación de la sepultura

Después de haber removido la lápida del canónigo, el equipo de investigación del PAU procedió a realizar una excavación minuciosa del contexto. El primer paso fue definir la fosa, la cual nos sorprendió por su pequeño tamaño. En efecto, era evidente que dentro de ella no podía encontrarse un esqueleto extendido, acomodado a la usanza española.

A pocos centímetros de la superficie, comenzaron a aparecer huesos desarticulados. Para su registro decidimos emplear la metodología conocida como osteoarqueología de campo, que consiste en realizar una descripción pormenorizada de las relaciones anatómicas que guardan los restos óseos dentro de un contexto. Este trabajo fue dirigido por Raúl Barrera Rodríguez y coordinado en campo por los arqueólogos Ximena Chávez Balderas, José María García Guerrero y Mariel de Lourdes Mera Cázares, con la colaboración de Lorena Medina Martínez, Karina López Hernández y Jacqueline Castro Irineo. Gracias a este registro fue posible corroborar que el entierro de este personaje se llevó a cabo en dos tiempos.

En un primer momento su cuerpo habría sido sepultado en un “pudridero”, un sitio donde sucedió la descomposición natural, reduciendo el cadáver a huesos. Esta práctica aún es realizada en el ámbito eclesiástico, para las exequias de importantes miembros de la Iglesia. Cuando los restos de este personaje fueron exhumados todavía conservaban algunas articulaciones, es decir, el proceso de convertirse en esqueleto aún no estaba completo. Esto implicaría que pasaron tan sólo meses o a lo sumo un par de años entre su muerte y su depósito bajo la lápida funeraria.

Sus restos fueron colocados en una fosa muy somera e irregular que medía un metro de largo, 55 cm de ancho y 35 cm de profundidad. Los huesos fueron acomodados con gran cuidado y algunos de ellos en posición anatómica, por lo que daba la impresión de que se trataba de un entierro primario. Sin embargo, el cuidadoso registro anatómico nos permitió saber que los únicos huesos que se depositaron articulados fueron la pelvis, el sacro y el fémur derecho, así como las vértebras lumbares. Además, el codo izquierdo se encontró parcialmente articulado. Los huesos largos fueron dispuestos en relación anatómica y tomando en cuenta su lateralidad. En cambio, los pies, las manos y las vértebras cervicales estaban dispersos por todo el depósito.

Desde el momento de la excavación llamaron nuestra atención dos fracturas en las piernas, de naturaleza póstuma y asociadas con su enterramiento. Ambas extremidades estaban articuladas al momento del depósito, por lo que era necesario reducir su tamaño para que cupieran en la fosa. La fuerza aplicada no las desarticuló, sino que las fracturó. Así, la epífisis proximal de la tibia siguió unida al fémur izquierdo, en tanto la epífisis distal del fémur derecho continúo articulada a la tibia de ese lado. Además, esta acción permitió retirar la parte restante del fémur, posiblemente para conservarlo como una reliquia, por lo que no fue depositado en la tumba. Desde la excavación también nos percatamos que las condiciones de salud de este individuo no eran óptimas al momento de su muerte. Algunos huesos presentaban periostitis y además tenía una lesión antigua en la cadera, del lado izquierdo, la cual le ocasionaba problemas para caminar.

El registro de los huesos se realizó en cinco niveles, con el fin de poder conocer la ubicación precisa de cada uno de los elementos óseos y objetos asociados. Estos últimos correspondían en su totalidad a fragmentos de madera, clavos y otros elementos de metal corroído, posiblemente del ataúd donde se descompuso el cuerpo. Para el levantamiento de todos los restos y objetos contamos con el apoyo del Departamento de Restauración del Museo del Templo Mayor, lugar a donde se trasladaron dichos materiales para llevar a cabo la limpieza, el muestreo y el tratamiento de los huesos que lo requerían.

 

Raúl Barrera Rodríguez. Arqueólogo por la ENAH, investigador de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH. Responsable del Programa de Arqueología Urbana.


José María García Guerrero. Pasante por la ENAH. Investigador del Programa de Arqueología Urbana.

Ximena Chávez Balderas. Licenciada en arqueología por la ENAH. Maestra en antropología por la UNAM. Bioarqueóloga del Proyecto Templo Mayor.


Lorena Medina Martínez Arqueóloga por la ENAH. Pasante de la maestría por la University of Alaska, Anchorage.

 

Barrera Rodríguez, Raúl, José María García Guerrero, Ximena Chávez Balderas, Lorena Medina Martínez, “La tumba del canónigo Miguel de Palomares. Miembro del primer Cabildo eclesiástico de México”, Arqueología Mexicana núm. 143, pp. 66-70.

 

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