• 4-jun-2020

El arte de la Casa en el Agua

Román Piña Chán

Las figurillas de Jaina, obras de arte funerario

Sobre una prolongación de la costa campechana, cortada por el mar y convertida en una pequeña isla, los antiguos mayas de la región vecina se propusieron construir un modesto centro ceremonial, y así, pacientemente, acarrearon toneladas de tierra caliza (sascab) para elevar el nivel del suelo, al igual que piedra para levantar sus edificios religiosos y habitacionales de importancia.

Por su ubicación insular, el centro ceremonial debe haberse llamado Hanal (de ha, “agua”, y , “casa”), lo que significaría “Lugar de la Casa en el Agua”; pero hacia los tiempos de la conquista española se decía Hinal, y muchos años después se adoptó la grafía Ja-i-na (ja, “agua”; il, “lugar”; , “casa”), conociéndosele hoy con ese nombre.

En la isla de Jaina ha de haber existido poca vegetación, por el terreno calizo y arenoso de que está formada, salvo la existencia de popales con cinturones de mangle, al igual que en la costa de enfrente (donde anidaban algunas aves marinas); en ella hay una larga plaza delimitada en sus extremos oriente y poniente por sendos basamentos para templos (llamados el Zacpol y el Sayosal, respectivamente), un juego de pelota y plataformas con cuartos en los lados norte y sur de dicha plaza.

La organización social

Salvo el espacio del centro ceremonial, en todo el resto de la isla debió de haber vivido la población en chozas de bajareque (palos delgados como muros y techos de palma de guano), la cual estaría integrada dentro de una organización jerarquizada que se dedicaba a los asuntos políticos, la guerra y la impartición de justicia, a los asuntos administrativos y religiosos con sus cultos y festividades, lo mismo que al comercio, en tanto que el común del pueblo se dedicaba a la agricultura en las cercanas tierras de la costa, a la caza y pesca, a las artesanías y a otras tareas cotidianas.

Las figurillas: un arte funerario

La existencia de esta sociedad se comprueba en que por todas partes del lugar se encuentran enterramientos acompañados de sus ofrendas para la otra vida; a la vez, esto manifiesta un culto funerario avanzado, con creencias sobre el inframundo (Xibalbá), reencarnación, animismo, tránsito de la tierra al mundo de los muertos, etcétera.

Los enterramientos se hacían directamente en fosas excavadas en el suelo, a distintas profundidades y con diversos tratamientos. A los jóvenes y adultos se les envolvía en telas o petates, se les ataba con cordeles para formar así el “bulto del muerto”, y éste se colocaba en la fosa en posición extendida (en decúbito dorsal, ventral o lateral) o en posición flexionada (feto en útero).

Por su parte, los niños eran colocados en posición flexionada dentro de grandes tinajas tapadas con un plato, acompañándolos con collarcitos de cuentas verdes, silbatos y figurillas de barro que les ponían en los brazos o piernas. En cuanto a los adultos, éstos podían llevar, según el sexo, metates y manos, agujas y punzones de hueso, malacates, vasijas, puntas de proyectil, herramientas de piedra y de caracol marino, ornamentos, y sobre todo una o más figurillas, que son las que le han dado justa fama a Jaina.

Estas figurillas de barro, por su delicadeza, maestría, realismo y minuciosidad en el detalle, han sido consideradas obras de arte menor, comparables a las Tanagras griegas o a los marfiles de China; pero son algo más que eso, pues al mismo tiempo resultan documentos que informan sobre una parte de la sociedad y su cultura.

Rasgos físicos de los habitantes de Jaina

Así, en las figurillas pueden apreciarse algunos rasgos físicos que caracterizaban a los mayas antiguos, entre ellos el pliegue epicántico, que hace a los ojos parecerse a los de los asiáticos; la nariz aguileña; los pómulos algo salientes; el pelo lacio, y la estatura de baja a mediana. También muestran algunas costumbres artificiales para embellecerse, principalmente la deformación del cráneo (a los pocos meses de nacida la criatura) con tablillas atadas fronto-occipitalmente, a efecto de obtener una cabeza alargada hacia atrás.

La deformación “tabular oblicua” de la cabeza hacía que la frente se aplanase hacia atrás, pareciendo que la nariz seguía un plano vertical y la frente un plano oblicuo; esto lo solucionó el artista haciendo desaparecer el quiebre del perfil por la superposición de la nariz sobre la frente (interpretado por algunos como un aditamento sobre la nariz). También acostumbraban perforarse el septum de la nariz y el lóbulo de las orejas para colgarse narigueras y orejeras, se mutilaban e incrustaban los dientes y se escarificaban la cara con diseños tal vez relacionados con el rango.

Vestimenta y vida diaria

Basándonos en las figurillas rescatadas de Jaina, podemos visualizar algunos aspectos de la vida cotidiana del lugar: así, por la larga plaza, el Halach Uinic (Gran Señor) o gobernante se dirige al edificio en que atiende los asuntos de su cargo; allí se sienta sobre un banco circular de madera y adopta una actitud de gran dignidad; su rango resalta por la indumentaria que lleva, consistente en un tocado con cabeza de serpiente y plumas (serpiente preciosa), una especie de pechera-peto, un braguero con ancha faja a la cintura, sandalias con taloneras, orejeras circulares; los brazos, extendidos sobre las rodillas, muestran muñequeras y porta un abanico en la mano izquierda.

Un colaborador del Halach Uinic es el jefe de la guerra, quien realiza conquistas e impone tributos; viste también un casco en forma de cabeza de pájaro con resplandor de plumas; un coselete estofado de algodón, con rodela de plumas por detrás; un faldellín doble; sandalias con taloneras, orejeras circulares, muñequeras en los brazos extendidos hacia el frente y un aditamento atado a la boca, en forma de marco. Todo contribuye a darle una apariencia fiera.

 

Román Piña Chán (1920-2001). Arqueólogo por la ENAH con doctorado en la UNAM. Profesor Investigador Emérito del INAH. Realizó investigaciones arqueológicas en prácticamente toda la república y es autor de una vasta obra sobre las culturas prehispánicas de México. En 1994 recibió el Premio Nacional de Ciencias.

Piña Chán, Román, “Las figurillas de Jaina, obras de arte funerario”, Arqueología Mexicana, núm. 18, pp. 52-59.

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