Los hijos de Adán y Eva

Alfredo López Austin

La verdad se ha oficializado. Los relatos de los evangelizadores debieron ser aceptados por los neófitos, y éstos los incorporaron al acervo de su vieja herencia milenaria. Al oír que aquellos héroes y proezas pertenecían a la esfera de lo sagrado, los ubicaron entre los sucesos anteriores a la creación del mundo. Las historias de los cristianos, abreviadas por la superficialidad de la catequesis y descontextualizadas por su exotismo de origen, se asimilaron a un complejo de creencias no abandonado. Fue un ensamble difícil, pero posible, y hoy los personajes y sus aventuras son propios de la tradición indígena; algunos tan propios que serían irreconocibles para quienes los trajeron de oriente.

En el invierno de 1933, Margaret Park Red-field recogió diversos textos orales de los pobladores de Dzitás, Yucatán. Uno de ellos lleva por título “La historia de la creación” (pp. 8-11). Cuenta que Jesucristo hizo un jardín muy bello en el que puso como guardián a un hombre llamado San José. Con el cargo, Jesucristo le dio nuevo nombre: Adán. Adán vio que dos tórtolas gorjeaban juntas y se sintió solo. Al día siguiente, al amanecer, se dio cuenta que tenía una joven a su lado. Eva le contó que, gracias a una bendición de Jesucristo, había sido hecha de la costilla de un perro y le había ordenado que lo acompañara. A partir de entonces Adán y Eva vivieron juntos como santos, sin pecar. Jesucristo había dado un pequeño libro a Adán con las indicaciones de cuál sería su comida en aquel bello lugar. Mientras Adán leía, Eva cuidaba el jardín. Un día llegó Judío, quien incitó a Eva a comer manzanas. Ella se negó; pero Judío le restregó los labios con la fruta y le puso un pedazo en la boca. Eva no tragó el pedazo de fruta, por lo que pudo negar ante Adán haber comido la manzana; pero a la mañana siguiente amaneció con los órganos sexuales desarrollados y el vientre preñado. Así, se llenó de vergüenza por vez primera. Al enterarse Jesucristo de los hechos, envió a Adán y a Eva al mundo con el librito, un rebaño de chivos y algunas ropas. En el mundo, Adán volvió a toparse con Judío, que era el Diablo, y éste le robó el libro y los chivos. Adán se quejó con Jesucristo; pero Jesucristo, molesto porque no había cuidado bien sus dones, le dio otro libro que, en vez de bendiciones, tenía brujerías y malas palabras, que desde entonces comenzaron a existir en el mundo.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia. Investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.

López Austin, Alfredo, “Los hijos de Adán y Eva”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 92, pp. 39-42.