• sábado, 8 de diciembre de 2018

Los orígenes de los mayas del norte Investigaciones en el Grupo E de Yaxuná

Travis W. Stanton, Ryan H. Collins

Las investigaciones recientes en el Grupo E de Yaxuná han revelado nueva información sobre las primeras sociedades mayas, las cuales eran más igualitarias en comparación con las sociedades estatales de periodos posteriores. Los espacios sagrados pasaron de ser públicos a restringidos durante los últimos siglos anteriores a nuestra era, e inició y se desarrolló la época de los reyes divinizados, que aparecen en los textos jeroglíficos del Clásico.

 

Aunque se sabe de la presencia de antecesores de las sociedades de Mesoamérica desde épocas tan tempranas como el Paleoindio y el Arcaico, no es hasta que en los datos arqueológicos se refleja un cierto nivel de jerarquía social que se puede hablar de la identidad étnica que tradicionalmente se asocia con las llamadas “culturas” mesoamericanas. Como en muchas otras partes del mundo, los orígenes de la desigualdad social se asocian con factores como un incremento del sedentarismo, una arquitectura más compleja y el uso de nuevas tecnologías. Lo mismo pasa con la cultura maya a partir de 1200-1000 a.C., fecha de la primera evidencia de arquitectura permanente y cuando se adopta la tecnología en la cerámica. Aunque parece que sus antepasados vivían en la misma zona, en realidad la sociedad maya surge con el aumento de la jerarquización social a principios del primer milenio a.C., lo que llevaría a las organizaciones estatales del Preclásico Tardío (300-250 a.C.).

Entre las preguntas sobre los mayas de la época temprana se encuentran: ¿por qué empezaron el camino hacia la desigualdad social?, ¿cómo fueron cambiando las sociedades mayas para llegar al nivel estatal? En varios sitios del área maya han aparecido en los últimos años datos de esa transición del periodo Arcaico al Preclásico, y apenas tenemos una mejor idea de cómo se fueron dando estos primeros pasos hacia sociedades fundamentalmente jerarquizadas. Yaxuná, en las Tierras Bajas del norte de Yucatán, es uno de los pocos sitios que ha sido investigado de manera intensiva. Situada 18 km al sur de la gran urbe de Chichén Itzá, del Clásico Terminal (ca. 800/850-1100 d.C.), Yaxuná tuvo una ocupación muy larga, que va de alrededor del siglo IX a.C. hasta el siglo X d.C., cuando es remplazada por Chichén Itzá como la capital de esta región. Las excavaciones del “Proyecto de interacción política del centro de Yucatán” en un conjunto de Yaxuná del tipo llamado Grupo E, una clase de monumento calendárico, han revelado una larga secuencia de cambios en el espacio público y ritual que nos da pistas sobre los orígenes de los mayas de la zona y el camino que tomaron para llegar al esplendor del Clásico.

 

 El papel social del tipo Grupo E en la sociedad maya

Identificado en la primera mitad del siglo XX por los arqueólogos del Instituto Carnegie en Uaxactún, Guatemala, el típico complejo arquitectónico conocido como Grupo E está conformado por una pirámide con cuatro escaleras situada en la parte occidental de una gran plaza y frente a una estructura con tres templos encima. Aunque el complejo arquitectónico de Uaxactún estaba orientado para marcar días importantes en el calendario solar (por ejemplo el solsticio), los complejos de otros sitios no tienen la misma orientación, lo que llevó a los investigadores a buscar otras alineaciones celestiales e incluso elementos geográficos como montañas, cenotes y cuevas para entender su ubicación en cada sitio. Sin embargo, el consenso de los arqueólogos que han estudiado este tipo de construcciones es que eran monumentos para celebrar rituales asociados con el calendario.

Hay cientos de complejos de este tipo, sobre todo en el Departamento del Petén en Guatemala y en Belice. Las investigaciones en varios de ellos han revelado secuencias de ocupación que comenzaron durante la transición al Preclásico, cuando los mayas empezaban a ser más sedentarios. A pesar de la frecuencia con que aparecen estos complejos en grandes áreas de las Tierras Bajas, hay muy poca evidencia de este tipo de arquitectura en el norte de la península. Sólo hay dos ejemplos claros: uno en Yaxuná y el otro en San Antonio Chel, aunque es posible que también los haya en Acanceh, Kabah y Santa Rosa Xtampak. Hay otra arquitectura bastante temprana en el norte, pero no tiene las mismas formas que han sido reportadas en el sur como la forma de arquitectura pública más temprana. En un estudio fundamental, Takeshi Inomata y sus colegas han argumentado que la construcción temprana de un Grupo E en el sitio de Ceibal, Guatemala, en los inicios del primer milenio a.C., indica que los mayas construían espacios públicos durante la transición a la vida sedentaria. La construcción de estos espacios, algunos monumentales, es un fenómeno documentado en otras áreas del mundo antiguo para sociedades nómadas. Los sitios de Poverty Point (Estados Unidos) y Göbekli Tepe (Turquía) son buenos ejemplos de lugares donde varios grupos nómadas se reunieron en gran número, en fechas específicas, para realizar actividades rituales. Lo más probable es que durante esas reuniones se realizaran otras muchas actividades, como transacciones económicas, matrimonios intergrupales y otras actividades sociales.

Se cree que lo mismo sucedió con los mayas con la construcción y uso del tipo llamado Grupo E. Estos complejos probablemente fueron construidos por la comunidad para la comunidad. Eran lugares de reunión de grupos aun con un alto nivel de movilidad, pero en transición hacia una vida agrícola basada en el maíz. Hay evidencias de polen de maíz en una fecha tan temprana como 1500 a.C., pero no es hasta 800 a.C. que se nota un incremento real en el consumo de ese grano, lo que llevó a que los mayas adoptaran una vida agrícola sedentaria. Dentro de este marco de cambios sociales y alimenticios, el llamado Grupo E aparece como un nexo entre los grupos en transición.

Al inicio de la construcción de los llamados grupos E, entre 1000-800 a.C., no hay mucha evidencia de desigualdad social en el área maya, aunque sí la hay, incluso antes de aquella fecha, entre otras culturas mesoamericanas relacionadas con el fenómeno olmeca. En ellas aparecen figuras que representan chamanes, especialistas en rituales que incluyen la transformación en naguales (wayob en la cultura maya) que se comunican con seres sobrenaturales probablemente con varios propósitos, entre ellos tener algún tipo de influencia sobre el mundo natural, por ejemplo sobre la lluvia. Es probable que entre los mayas de las épocas tempranas hubiera especialistas en rituales similares, que llevaron a cabo las ceremonias en los grupos E y empezaron a tener un control sobre el conocimiento sobrenatural y calendárico. Con un incremento en la dependencia de la agricultura y el paso al sedentarismo, estos especialistas empezaron a adquirir más poder, lo que dio como resultado la llegada de los reyes divinizados, que se ven en la iconografía del Preclásico Tardío y el Clásico. Este tipo de jerarquía social tiene su origen en los mismos procesos que dieron lugar a los conjuntos tipo Grupo E, los que al final de cuentas constituyen el núcleo de muchos sitios tempranos, que se convertirían en zonas urbanas. Estos complejos, aunque algunos abandonados por siglos, formaban parte de la identidad de estas comunidades. Lo interesante es ver cómo fueron modificados a lo largo del tiempo y cómo se relacionan estos cambios con las transformaciones sociales.

 

Travis W. Stanton. Doctor en antropología por la Universidad Metodista del Sur. Estudioso de las culturas prehispánicas de Mesoamérica, en especial de los mayas. Profesor asociado en el Departamento de Antropología de la Universidad de California, Riverside.

Ryan H. Collins. Maestro en antropología por la Universidad de Brandeis. Estudioso de las culturas prehispánicas de Mesoamérica, en especial de los mayas. Estudia el doctorado en el Departamento de Antropología de la Universidad de Brandeis.

 

Stanton, Travis W., Ryan H. Collins, “Los orígenes de los mayas del norte Investigaciones en el Grupo E de Yaxuná”, Arqueología Mexicana núm. 145, pp. 32-37.

 

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