• 27-may-2020

Los perros en Tlatilco, estado de México

Roberto García Moll

Los enterramientos de los 24 perros localizados en Tlatilco se presentan en un alto porcentaje respecto de los 214 entierros humanos recuperados, entre primarios y secundarios, de lo que se concluye que junto con los restos de tortuga y venado cola blanca deben haber formado parte de la alimentación de los habitantes del sitio.

 

El proceso cultural del México antiguo se remonta a por lo menos 35000 a.C. La dispersión y evolución cultural de los grupos humanos fue lenta y la experiencia fue acumulándose generación tras generación hasta convertirse en conocimiento sobre el comportamiento de animales y de plantas, de los cuales dependía la alimentación del hombre. La Etapa Lítica se prolongó más de 30 000 años, pero en las etapas siguientes los cambios se sucedieron con rapidez sorprendente.

De manera general, la investigación arqueológica ha ubicado estos cambios en las distintas regiones de México entre 6800 a 2500 a.C. La población continuaba siendo nómada pero con la particularidad de tener campamentos estacionales, de acuerdo con los ciclos de maduración de las plantas que recolectaba y la migración de los animales. Los instrumentos líticos fueron más especializados y mejor tallados, como las puntas de proyectil empleadas en lanzadardos o átlatl, raspadores, raederas, cuchillos y navajas. Durante ese lapso aparecieron los artefactos de piedra pulida, morteros y vasijas, que permitieron transformar los granos en harina; asimismo, se han conservado restos de redes, mantas, cestería y trampas para pequeños animales.

Lo más sobresaliente de ese momento fue el inicio de la domesticación de algunas plantas que resultaron esenciales para el desarrollo de las subsecuentes etapas culturales. Entre las más importantes se cuentan el maíz, la calabaza, el chile, el aguacate, el guaje, el zapote negro y el blanco, el amaranto, el frijol y el algodón. Entre los animales domesticados se encuentran el perro, presente desde el poblamiento mismo del continente, y, más tarde, el guajolote.

Todo esto marcó el inicio de la agricultura, y con ella hubo cambios fundamentales en el comportamiento humano: el principio de la sedentarización y la construcción de aldeas, un importante aumento de la población, la producción masiva de cerámica, el intercambio de materias primas con otras regiones para elaborar herramientas y adornos, así como un rico y complejo sistema funerario que denotaba una división del trabajo y, en consecuencia, una marcada estratificación social (García Moll y Salas Cuesta, 1998, pp. 11-13).

 

Antecedentes

En el centro del actual territorio mexicano se localiza la Cuenca de México, cuya posición y características geográficas privilegiadas la convirtieron en cuna de grandes desarrollos culturales. De éstos, el Preclásico o Formativo, con tres subdivisiones: Temprano, Medio y Tardío, fue uno de los más importantes en lo que a caracterización cultural se refiere, y fue, por otra parte, la base para los futuros desarrollos.

Dicho periodo, con un amplio rango temporal: 2500 a 300 a.C., tuvo variantes regionales con características diferentes, aunque también elementos en común, entre los que se pueden mencionar: vida sedentaria en aldeas con arquitectura homogénea a partir de materiales perecederos, y hacia el final del periodo algunas construcciones se transformaron en estructuras cívico-religiosas; la agricultura como base económica con un importante complemento en la caza y la recolección; significativa producción de cerámica; culto funerario; poca claridad en la división del trabajo, e incipiente intercambio a larga distancia.

Asociado a la agricultura, se dio el desarrollo de diferentes tecnologías, dependiendo de las condiciones naturales de cada región, que fueron desde terrazas de cultivo y represamientos con sus respectivos canales de riego hasta la agricultura en zonas de humedad y de temporal. Las aldeas mantuvieron una economía de autosuficiencia, en la que el mercado estuvo poco desarrollado o bien, ausente, y el intercambio desde regiones distantes se redujo a muy pocos bienes de prestigio, lo cual indica una incipiente división del trabajo, hechos en materiales como obsidiana, concha, caracoles, cinabrio, pirita, piedras verdes de toda clase y ciertas cerámicas. En cuanto a la tecnología, las técnicas de manufactura y decoración en cerámica, lítica y cestería permanecieron prácticamente sin transformación desde finales del Preclásico hasta la llegada de los españoles, en el siglo XVI (García Moll, 2002, pp. 49-50).

En síntesis, desde esos tempranos momentos del desarrollo aldeano aparecieron con claridad gran parte de los rasgos que más tarde caracterizarían a la súper área llamada Mesoamérica.

 

Tlatilco

Este sitio arqueológico se localiza en el extremo occidental de la Cuenca de México –en el actual municipio de San Bartolo Naucalpan, estado de México–, sobre un fértil abanico aluvial formado por los ríos Los Cuartos, Hondo y Totolica, que bajan de la vertiente oriental de la Sierra de las Cruces hacia los grandes lagos. Las terrazas fluviales formadas por estos ríos representaron un medio propicio para el desarrollo de la agricultura en una época en que, además, la región estaba seguramente sujeta a un clima más cálido y húmedo que en la actualidad. Desde las partes altas de la Sierra de las Cruces hasta las orillas de los lagos se extendían bosques y una variedad de nichos ecológicos que permitieron la explotación agrícola y proporcionaron una amplia reserva de animales y frutos silvestres.

Hoy en día el área forma parte de la zona metropolitana de la ciudad de México. El sitio fue objeto de destrucción sistemática a principios de los cuarenta del siglo pasado, primero por la explotación de arcilla para la elaboración de ladrillos y finalmente por el avance urbano y la instalación de industrias.

Los trabajos arqueológicos en el sitio se iniciaron en 1942, promovidos por Miguel Covarrubias, y se realizaron tres temporadas de campo, que concluyeron en 1969, todas ellas con distintos enfoques metodológicos (García Moll et al., 1991).

Durante la IV y última temporada se recuperaron restos de flora y fauna en varios tipos de contextos, cuyo análisis arrojó el siguiente inventario: maíz; tortuga de charco, jicotea, gavilán, tecolote cornudo, varias especies no identificadas de patos y gansos, guajolote, pelícano, gallareta, grulla, liebre, conejo común, zacatuche, ardilla de tierra, tuza, rata de casa, zorra gris, mapache, zorrillo, tlalcoyote, puma, venado cola blanca, berrendo, jabalí y perro. De lo anterior se puede inferir una dieta de alto valor proteínico para la población de Tlatilco por la abundancia de ciertas especies, como venado cola blanca, berrendo, conejos, patos, tortugas y perros. Esa dieta se complementaba con los productos cultivados y los recolectados.

El sitio de Tlatilco era una gran aldea, cuyo espacio estaba delimitado por los ríos antes mencionados. Su cronología interna fluctúa entre 1300 y 1000 a.C., lo cual lo define como un sitio del Preclásico Medio. Estuvo habitado por una numerosa población durante más de 300 años.

Desde el punto de vista cultural, su población mantuvo relaciones con grupos del Occidente de México, la costa del Golfo, Oaxaca y la región de Querétaro, como se deduce de las formas cerámicas y figurillas localizadas en el sitio. Asimismo, obtuvo ciertos materiales de prestigio de regiones distantes por medio de intercambio, y de su variado entorno obtuvo el sustento, tanto de la agricultura como de la caza, la pesca y la recolección. Por otra parte, sociedades tan sofisticadas como Tlatilco generaron en épocas posteriores las bases para desarrollos superiores en la Cuenca de México (García Moll y Salas Cuesta, 1998, pp. 18-19).

 

Roberto García Moll. Arqueólogo. Investigador de la Dirección de Estudios Arqueológicos del INAH. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista.

 

García Moll, Roberto, “Los perros en Tlatilco, estado de México”, Arqueología Mexicana núm. 125, pp. 44-47.

 

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