• miércoles, 19 de junio de 2019

Paleografía y documentos coloniales. Estudiando historia

Bernardo García Martínez

 

El uso del castellano fue una de las novedades aportadas por la conquista. El hecho en sí no planteó gran reto para un mundo tan ricamente políglota como el mesoamericano. Para quien hablaba náhuatl, otomí, tarasco y algún otro idioma mas no debió ser demasiado difícil adquirir el dominio de la lengua de Berceo (Cervantes aún no entraba en escena). Los españoles, por su parte, tuvieron que aprender por lo menos náhuatl o maya, y así, en pocos años, Mesoamérica vivió una notable experiencia lingüística. Entre sus consecuencias cabe señalar la gradual conformación del castellano de México y la adopción de formas y expresiones nuevas en las lenguas amerindias. Naturalmente el castellano fue ganando preeminencia, aunque debe notarse que las condiciones de la saciedad colonial favorecieron la consolidación del náhuatl como segunda lengua de uso general-incluso entre españoles. La experiencia lingüística, a fin de cuentas, produjo una revolución.

La naturaleza políglota de la cultura colonial es un tema que merece reflexión y estudio, pero queda para otra ocasión. Aquí nos limitaremos a comentar un aspecto relativamente marginal mas no por ello menos importante: la escritura. En este terreno la innovación aportada por la conquista fue mucho mayor, pues no implicó sólo el enriquecimiento de una variedad sino la incorporación de sistemas y recursos de los que no había antecedente alguno: un alfabeto fonético, el papel, la tinta y las plumas (en lugar de pinturas y pinceles) y, en general, el uso extendido (y no sólo con propósitos políticos o rituales) del lenguaje escrito. Desde luego la mayor parte de lo que se escribió fue en castellano, pero en breve tiempo se echó mano de las letras del alfabeto latino para plasmar textos en las lenguas amerindias más difundidas. Combinando tradiciones, a muchos documentos pictóricos de raigambre prehispánica pero elaboración colonial se les añadió glosas y anotaciones con letras latinas. Hay que destacar que tanto la administración como el sistema jurídico españoles se apoyaban en gran medida en testimonios escritos de diversa índole, desde mandamientos e informes hasta testimonios y testamentos. De ello se derivó la generación de montañas de documentos, mismos que con el tiempo se han convertido en tesoros para la investigación histórica.

La escritura en sí no era como hoy. Se le distingue de la moderna con el nombre de paleografía, que también es el nombre que se le da al trabajo de leerla y entenderla, que no siempre es fácil. Hay que pensar en esos trazos antiguos como si se tratara de letras dibujadas. Surgida de la tradición de los copistas medievales, la escritura del siglo XVI era un arte que mantenía estilos y rasgos heredados de los monasterios y cortes donde se había originado.

Había una letra castellana característica, distinta de la francesa o italiana, y ciertos rasgos o abreviaturas eran propios de un determinado tipo de documento, pero no de otro. Las normas documentales eran estrictas, en particular las que regulaban el uso de signos de validación -los sellos, por ejemplo-, salutaciones, preámbulos y demás (de los cuates, estimado señor, derivan las fórmulas que aun hoy se usan).

Ciertos escribanos tenían la mano más suelta que otros o ejecutaban sus trazos con mayor o menor maestría, pero en general la letra del siglo XVI era fina, pareja y legible, redondeada o a veces angulosa, aunque sin acentos y con puntuación anárquica, se le conoce como procesal. Su estilo varió un poco con el paso del tiempo, sin perder los rasgos básicos. Pero ya para finales del siglo fue frecuente que las normas se olvidaran, de manera que surgieron documentos con letra burda e irregular, descuidada, a veces sin separación entre las palabras, excesivamente grande o excesivamente chica. Poco a poco surgió una escritura liberada de exigencias oficiales, ajenas a las tradiciones de su origen, tan variada como las personas mismas que escribían.

 

Bernardo García Martínez. Doctor en historia. Profesor de El Colegio de México. Autor de obras sobre pueblos de indios, sociedad rural, historia ambiental, y geografía histórica. Miembro del Consejo Científico-Editorial de esta revista.

 

García Martínez, Bernardo, “Paleografía y documentos coloniales. Estudiando historia”, Arqueología Mexicana núm. 70, pp. 52-53.

 

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