• sábado, 22 de septiembre de 2018

Reino y reyes tarascas

Dominique Michelet

En los tiempos anteriores a la Conquista española, dentro del territorio de lo que ahora es Michoacán, se desarrolló la que fue -con excepción del imperio mexica- la única entidad política de la Mesoamérica de aquella época que superaba el nivel de señorío o ciudad-Estado. Poseedor de una estructura política en la que participaban diversos grupos con variados rangos y funciones, el Estado tarasco no sólo controlaba con particular eficacia u territorio, sino que fue capaz  de enfrentar con éxito los afanes hegemónicos de lo mexicas.

 

En los últimos capítulos de la Relación de Michoacán  (Relación de las ceremonias y ritos y población y gobierno de los indios de la provincia de Michoacán), cuando los mexicas piden auxilio a los tarascos para luchar contra los conquistadores españoles, se le adjudica tanto al cazonci Zuangua como a Moctezuma una misma expresión, la cual muestra sin duda una concepción geopolítica compartida por ambos: "Dos reinos son nombrados: México y Michoacán", dice uno de ellos, mientras que el otro afirma como en eco: "Estos dos reinos eran nombrados, y en estos dos miraban los dioses desde el cielo y el Sol".

De hecho, en tiempo de la Conquista, el territorio que grosso modo conforma hoy en día Michoacán estaba dominado por un aparato estatal -encabezado por un soberano poderoso- que era la única entidad política de la Mesoamérica de aquella época, si se exceptúa el imperio mexica, que superaba el nivel de señorío o ciudad-Estado. Por otra parte, la resistencia que los tarascos (y sus aliados) opusieron en repetidas ocasiones a las tentativas de conquista de la Triple Alianza, no deja de ser sorprendente. ¿Pero son suficientes estas consideraciones para poder asegurar, junto con algunos autores como Donald D. Brand, que los tarascos desarrollaron el sistema político autóctono más eficiente de todos, incluso más eficiente que el gobierno mexica? En realidad, las modalidades de la construcción del Estado tarasco, así como varios detalles de su funcionamiento, permanecen aún bastante oscuros, y, de todas formas, por lo menos según la Relación de Michoacán, es probable que la concentración del poder en las manos de un solo rey y la elección de Tzintzuntzan como capital sólo se hayan logrado dos generaciones antes de la llegada de Cortés a las costas de Veracruz.

 

Fuentes de información disponibles

La gran mayoría de los datos que podemos consultar acerca del reino tarasco del siglo XVI y de la cronología de su constitución proceden de una sola fuente, la famosa Relación de Michoacán ya mencionada. Recordemos que la segunda parte de este texto reproduce el relato oficial de la toma del poder en el corazón de Michoacán (la cuenca de Pátzcuaro) por los ancestros del cazonci, y sobre la forma en que, partiendo de este núcleo, creció en un plazo muy breve el territorio controlado por ellos. En cuanto a la tercera parte, describe, entre otras cosas, las estructuras del Estado, detallando incluso su funcionamiento en algunas circunstancias particulares: existe, por ejemplo, un capítulo titulado "Cómo lo hacían otro señor y los parlamentos que hacían".

A pesar de la riqueza excepcional de la Relación, y no obstante el hecho inestimable de que sin lugar a dudas transcribe testimonios indígenas recopilados pocos años después de la Conquista, testimonios al parecer apenas modificados por el fraile-escriba, apoyarse casi exclusivamente en este texto plantea ciertos problemas.

En primer Jugar, Jo que se ha consignado por escrito allí es la visión de un grupo particular: los descendientes de los antiguos dirigentes tarascos, y, más específicamente, algunos miembros de la familia real. Por lo tanto, no se puede considerar como enteramente verídica la historia que ellos nos han dejado acerca de la génesis del Irechequa Tzintzuntzan; dicha génesis toma precisamente la forma de la epopeya, enriquecida por episodios altamente simbólicos sobre los jefes de un linaje selecto, los uanacaze. Puesto que no existen más documentos sobre este asunto, la confrontación de las fuentes, fundamento de todo trabajo histórico, se vuelve imposible.

Pero la casi unicidad de la Relación en el renglón de la etnohistoria tarasca tiene otro inconveniente: algunos aspectos de la organización política del reino tarasco no están tratados en sus líneas, y por consiguiente resulta difícil formarse una opinión sobre ellos.

Sin embargo, en lo que toca a la jerarquización administrativa del territorio, se pueden sacar datos de otro documento, muy incompleto por cierto, pero interesantísimo, dados los años de su elaboración: 1523- 1524, cuando las realidades indígenas todavía no habían sido trastomadas por la imposición del orden colonial. Se trata de un informe sobre una inspección realizada en Michoacán que Cortés le había encargado a Antonio de Caravajal como etapa previa a la atribución de encomiendas. Caravajal visita el territorio, hace un recuento de los lugares habitados y toma nota de las relaciones de dependencia entre los mismos.

Fuera de estas dos fuentes mayores, por supuesto muy desiguales en cuanto a la amplitud de sus contenidos respectivos, es preciso añadir que se puede recoger alguna información en otros documentos: principalmente el llamado Códice Planearte, la Tasación Ortega de 1528 y las Relaciones geográficas de los años 1579-1580.

Al lado de las fuentes etnohistóricas, uno podría suponer que la arqueología nos habría proporcionado datos concretos sobre la organización del poder, tanto en la última capital del reino o en los centros rectores más antiguos -Ihuatzio y Pátzcuaro, notablemente- como a nivel del territorio en su conjunto. Desafortunadamente, los trabajos arqueológicos llevados a cabo hasta la fecha en Michoacán casi no se han interesado en esta cuestión y, por consecuencia, nos dicen muy poco al respecto.

Así, no sabemos por ejemplo prácticamente nada sobre la residencia del cazonci o sobre las estancias de los numerosos miembros de su corte. La Estructura B de Tzintzuntzan, al noreste de la Gran Plataforma de las Cinco Yácatas, ¿puede haber sido el palacio real como lo pretenden algunos investigadores? O bien, siguiendo a Heleo P. Pollard, quien ve en este edificio la residencia de uno o de varios sacerdotes, ¿estaría el palacio en otra zona de la ciudad, poco explorada, más precisamente en el sector conocido con el nombre de Santa Ana? Escasean, pues, por el momento, los aportes de la arqueología a la comprensión de la realidad política tarasca.

A modo de excepciones, y para dar constancia de que esta disciplina puede contribuir a la ampliación de nuestros conocimientos en este campo, citaremos dos casos de trabajos arqueológicos: la excavación en 1977-1978, bajo la dirección de Rubén Cabrera C., de la Estructura E de Tzintzuntzan, al sur de la Yácata 4, y que este autor interpretó de manera convincente como un lugar de almacenamiento en relación probable con los templos; y, por otra parte, el estudio de Shirley Gorenstein y su equipo cerca de Acámbaro, sitio fronterizo al noreste del reino michoacano.

 

Dominique Michelet. Arqueólogo. Doctor en etnología prehistórica por la Universidad de París I. Investigador del Centre National de la Recherche Scientifique de Francia.

 

Michelet, Dominique, “Reino y reyes tarascas”, Arqueología Mexicana núm. 32, pp. 50-57.

 

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