• 11-nov-2019

Un esbozo del simbolismo del juego de pelota

Si nuestro trabajo se enfoca sobre el patrón arquitectónico y urbanístico del juego de pelota, es necesario mencionar algunos aspectos de su valor simbólico. Todas las interpretaciones actuales coinciden en subrayar su profunda inserción en ritos de fertilidad, más específicamente ritos agrarios. Tanto la morfología de las canchas como su ubicación en los sitios sugieren que el tlachco simboliza el inframundo, el lugar donde mueren las semillas para renacer en la temporada de lluvias. Simultáneamente, el juego está asociado al mundo acuático, tanto en los mitos (el de Huitzilopochtli, por ejemplo) como en las llamadas maquetas que se interpretan con frecuencia como sistemas de circulación del agua. Los sacrificios asociados con el juego privilegian la decapitación (Chichén Itzá, el Tajín, Aparicio, Teúl de González Ortega), un rito sacrificial simbólicamente asociado con la cosecha del maíz.

En numerosos monumentos mayas se representan a los dirigentes vestidos de jugadores, a veces jugando ellos mismos, en Copán, por ejemplo. Eso comprueba su responsabilidad en la perpetuación del ciclo vegetal: jugando, aseguran el éxito de las cosechas y la prosperidad de su pueblo. En la Cuenca de México, el partido disputado en el tlachco entre Axayácatl de Tenochtitlan y Xihuiltémoc de Xochimilco pone en juego el abastecimiento alimenticio de la capital mexica.

El juego de pelota es básicamente un rito dedicado a asegurar el ciclo vegetal, en un enfrentamiento entre las fuerzas del inframundo y los poderes terrestres.

El concepto de enfrentamiento, de conflicto, implica una relación complementaria del juego con la guerra y el tributo, la segunda base de la economía mesoamericana. Los guerreros en posición de parto (como en el Códice Borgia, lám. 40) de los marcadores de la cancha de Tenam Rosario muestran esa ambivalencia guerra-fertilidad. Por lo tanto, sin perder su valor simbólico de rito de fertilidad, el juego queda estrechamente relacionado con la noción de conflicto, de guerra, de conquista, o más sencillamente de competencia entre ciudades enemigas o rivales. La presencia de canchas en pequeños sitios del Preclásico Tardío en la periferia del territorio controlado por Monte Albán, o ubicadas en la frontera entre comarcas del Posclásico de los Altos de Guatemala (como Rabinal, Cubulco) es un indicio complementario de su función guerrera, conflictiva.

Dentro de una misma entidad, el conflicto opone las fuerzas vitales, el dirigente, los hombres, a las fuerzas oscuras de la muerte o del inframundo. Hacia el mundo exterior, el conflicto se desarrolla en términos guerreros, de conquista o de la búsqueda de víctimas para los sacrificios que aseguren la fertilidad agrícola. La presencia de múltiples canchas en Cantona o en Chichén Itzá se podría explicar por su estructura política. Ambas ciudades estaban organizadas en sectores controlados por grupos rivales, pero asociados, en el marco de un poder compartido de tipo aristocrático, sin base dinástica. La multiplicación de canchas es un factor de identidad interna y una posibilidad de resolver posibles conflictos entre distintos grupos.
La preeminencia de Quetzalcóatl en Tula ha sido interpretada como una prueba de la existencia de un poder supremo, capaz de superar las tensiones internas de una sociedad multiétnica. La existencia de tres canchas de juego de pelota podría ser una respuesta destinada a resolver pacíficamente esas tensiones. En los Altos de Guatemala, la ubicación de las canchas en el centro de sitios como Pueblo Viejo Canilla y Utatlán, entre barrios controlados por comunidades distintas, permite interpretarlas como áreas de enfrentamientos, pero simultáneamente de resolución de conflictos, para el beneficio de la ciudad. La cancha sería al mismo tiempo un lugar de transición y de enfrentamiento, tal como es un lugar de tránsito entre las fuerzas opuestas del día y de la noche, de la vida y de la muerte, en los grandes centros ceremoniales. En un contexto urbano diferente, en Yaxuná por ejemplo, pero también en El Tigre Itzamkánac (Campeche), en el sureste del Petén o en Baking Pot (Belice), algunas canchas se encuentran en un sacbé, en la zona de acceso al centro de la ciudad. La cancha simboliza entonces el paso, la transición, entre la ciudad y el mundo exterior.

Sería erróneo interpretar el juego sólo en términos de rito de fertilidad; hay que considerar su larga historia y la enorme diversidad de medio ambientes y de culturas donde se practicó. Cada ciudad, cada cultura, desarrolló preferentemente un aspecto simbólico, agrario, guerrero, conflictivo, conforme con sus preferencias, sus exigencias o sus necesidades. Pero básicamente, en una perspectiva de enfrentamiento entre fuerzas opuestas (luz y sombra, lluvias y secas, paz y guerra), el simbolismo agrario se mantuvo entre todas las culturas que practicaron el juego.

 

Tomado de Eric Taladoire, “Los juegos de pelota en  Mesoamérica”, Arqueología Mexicananúm. 146, pp. 27-34.

 

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