A partir de mediados del siglo XVII el interés por el pasado mesoamericano se adormece, para empezar a despertar de nuevo en el XVIII y desarrollar un renovado y creciente impulso en el XIX. En el caso del Tlachihualtépetl, esa intensificación iría atrayendo no sólo a científicos, exploradores, antropólogos e historiadores, pues el “cerro hecho a mano” se fue posicionando como una “maravilla natural”, de visita obligada en el itinerario de cualquier viajero en México que se preciara de tener un tinte intelectual y/o aventurero.
Las representaciones de tradición indígena del montículo se sustituyen por las decimonónicas de quienes acuden a conocerlo, ya sea para estudiarlo o por curiosidad, además de los que, sin haberlo visto, le incluyen en sus síntesis históricas; varias de ellas son propuestas de cómo habría lucido el edificio en la antigüedad, a menudo influenciadas por modelos europeos o de las antiguas culturas clásicas. Pero por suerte, durante y sobre todo hacia la última parte de lo que en una excelente síntesis Eduardo Matos llama “la época de los viajeros” del siglo XIX (1804-1880), el turismo intelectual formado por dibujantes, pintores, fotógrafos, diplomáticos extranjeros y excursionistas variados, sin ánimos de investigar al monumento sino sólo de hacer constar que lo vieron, proveen diseños más objetivos al reflejar simplemente lo que su mirada captó.
Otro cambio en este periodo es llamar “pirámides” a las plataformas prehispánicas, tomando como referente los monumentos de Guiza, dado el creciente interés generado sobre Egipto y su pasado tras la invasión napoleónica de 1798 a aquel país. Así, el Tlachihualtépetl va adquiriendo el título de “pirámide de Cholula” que, dada su inmensa talla, con el tiempo se formaliza en mayúsculas: Gran Pirámide de Cholula.
Durante las primeras décadas del siglo XIX una gran cantidad de artistas y viajeros europeos se sintieron atraídos a los monumentos antiguos, entre ellos destaca el alemán Carl Nebel o Carlos Nebel, quien residió en México de 1829 a 1834. Nebel fue arquitecto, diseñador y pintor, su obra se enmarca en la corriente del Romanticismo, un movimiento que tuvo su esplendor en Francia.
Para 1836 ya la obra de Carl Nebel había puesto de manifiesto que las antigüedades mexicanas eran un nuevo motivo de interés para las artes plásticas, en el caso de la Gran Pirámide de Cholula el lapso de 1860 a 1880 fue especialmente pródigo en imágenes suyas, vinculadas o no a textos que pretendieran describirla. Al verse representada por circunstancias diversas y por una gama de individuos de distintas nacionalidades y profesiones, su existencia adquiere una espontánea difusión al ojo público.
Tomado de Gabriela Uruñuela y Patricia Plunket Nagoda, “Del preámbulo del siglo XIX al fin de la “época de los viajeros””, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 129, pp. 24-37.


