Adquisición y circulación de las plumas durante el Posclásico. Las plumas en el imperio mexica, de Ahuítzotl a Moctezuma

Frances Berdan

Las plumas y los objetos emplumados fueron muy apreciados y profusamente utilizados por los mesoamericanos en tiempos antiguos; su importancia y disponibilidad crecieron durante los reinados de Ahuítzotl (1486-1502) y de Moctezuma Xocoyotzin (1502-1520). Fue entonces cuando el imperio mexica alcanzó su máxima extensión geográfica y penetró hasta las ricas tierras bajas del sur y las costas, que eran el hábitat de aves de colorido plumaje. Provenían de estos lugares también la preciosa jadeíta, las pieles de jaguar, el cacao y otros bienes suntuarios muy buscados y de mayor demanda conforme aumentaba la nobleza mexica

Las plumas eran casi por completo privilegio de la elite, y los objetos emplumados más finos fueron del dominio exclusivo de deidades y de la alta nobleza. Las figuras de los dioses se engalanaban con resplandecientes adornos emplumados; el gobernante aparecía en público y en batalla con una indumentaria emplumada altamente simbólica, las capas de pluma de pato, en cambio, fueron parte de su atuendo común. Los objetos emplumados eran los regalos más elaborados, ofrecidos a los visitantes prominentes durante los festejos reales (a Cortés y sus capitanes, por ejemplo). Las plumas aumentaron el atractivo visual en las ceremonias, en la medida en que con ellas se adornaban las figuras, o bien eran ondeadas por los participantes. Se premiaba a los guerreros valientes con trajes, protectores dorsales y escudos emplumados; se enarbolaban estandartes emplumados en las batallas y ceremonias religiosas. Los embajadores y recaudadores de impuestos recorrían altivos las provincias conquistadas y con sus abanicos emplumados presumían su estatus dominante. Aparte de tan elitistas usos, la gente común requería a veces de plumas, como las rojas y ralas que las bailarinas jóvenes se pegaban en brazos y piernas durante la ceremonia de la veintena de tóxcatl en Tenochtitlan.

Se usaba casi cualquier clase de pluma en esas ocasiones y entornos; algunas eran consideradas ordinarias y simples, como las de pato, cuervo, guajolote y aves lacustres migratorias que abundaban en la Cuenca de México. Otras, como las de guacamaya roja, de cotinga azuleja, de espátula rosada, de mielero azul, de varias clases de loros y, sobre todo, del muy preciado quetzal, fueron mucho más estimadas y sólo se encontraban a grandes distancias de Tenochtitlan y de las ciudades vecinas. Otras más, como las de águila o de colibrí se encontraban tanto en la Cuenca de México como fuera de ella.

Adquisición y circulación

Dado su gran valor y su amplia distribución, debemos preguntarnos: ¿cómo se adquirían las plumas, tanto las comunes y corrientes como las brillantes y exóticas? ¿Cómo llegaban a manos de artesanos y usuarios de la Cuenca de México? Las plumas de aves locales no eran problema: se les capturaba fácilmente con redes, trampas o con pegamentos untados a las ramas. Además de este acervo natural, Moctezuma (y tal vez otros gobernantes) tuvo un aviario que albergó un número sorprendente de variedades de aves cautivas, incluyendo águilas, loros, zanates y quetzales, así como de aves menores, incluso colibríes. Los gobernantes de toda la Cuenca de México y otras partes tuvieron palacios de recreo con exquisitos jardines con fuentes que atrajeron a muchas de las aves cuyas plumas eran útiles a la industria plumaria. Además de albergar pájaros tropicales en aviarios del altiplano, Ahuítzotl trajo zanates del Golfo hasta la Cuenca de México, donde se multiplicaron, con lo que brindaron a los artesanos el acceso inmediato a brillantes plumas negras.

La penetración militar de los mexicas en territorios productores de plumas más distantes comenzó con el primer Moctezuma (1440-1468), pero algunos lugares se rebelaban constantemente y otros (entre ellos Xoconochco y Tlachquiauhco) no fueron sometidos sino hasta los momentos finales del imperio. Las conquistas de las tierras bajas cada vez permitían obtener grandes cantidades de plumas como tributo anual. De acuerdo con el Códice Mendoza, hacia finales del imperio seis provincias pagaban su tributo anual con plumas: 2 480 atados de plumas de quetzal; 800 plumas amarillas (tal vez de Montezuma oropendola); 8 800 manojos, respectivamente, de plumas de guacamaya roja, de cotinga azuleja y periquito verde del Pacífico, así como cuatro manojos de plumas amarillas y verdes. La mayoría provenían de las lejanas provincias de Xoconochco y Tochtepec. Xoconochco, además, entregaba 160 pieles de cotinga azuleja. Según el Códice Mendoza, 29 de las 38 provincias tributarias pagaban como parte de sus tributos anuales con un estimado de 665 atuendos de guerreros y escudos emplumados, y otras dos entregaban un tocado de plumas. El rey mexica, al recibir los objetos militares como tributo, los presentaba como premio a sus valientes guerreros para que los usaran e intimidaran a los adversarios en las siguientes batallas. Los tocados eran prerrogativa real, así que lo mas probable era que se añadieran a su propia vestimenta.

 

Frances Berdan. Doctora en antropología por la Universidad de Texas, en Austin. Profesora emérita de la Universidad Estatal de California, sede San Bernardino. Se especializa en cultura, economía e historia mexica.

Berdan, Frances, “Adquisición y circulación de las plumas durante el Posclásico. Las plumas en el imperio mexica, de Ahuítzotl a Moctezuma”, Arqueología Mexicana, núm. 159, pp. 36-41.

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